

Había una vez un rey en Erín que tenía un montón de hijos. Juan era el nombre del más joven y se decía que no era muy astuto. Y este rey bueno y mundano perdió la vista de sus ojos y la fuerza de sus pies. Los dos hermanos mayores dijeron que irían a buscar tres botellas del agua de la isla verde, que estaba sobre los montones del abismo, para sanar a su padre. Y así fue que estos dos hermanos se fueron. Ahora, el necio dijo que no creía en esto, pero que él también iría. Y en la primera gran ciudad que llegó del reino de su padre, allí ve a sus dos hermanos, los canallas.
—¡Oh! Mis hermanos—, dice el joven, —¿aquí estáis?
—Hermano, regresa rápido a casa—, dijeron, — o te quitaremos la vida.
—No tengan miedo, hermanos. No me quedaré con vosotros.
Y Juan prosiguió su viaje hasta que llegó a un gran bosque desierto. “¡Hoo, hoo!” se dice John a sí mismo, “no es astuto para mí caminar solo por este bosque.” La noche ya se acercaba y se estaba volviendo bastante oscura. Juan ató el caballo blanco a la raíz de un árbol y él mismo subió a la cima. Llevaba poco tiempo en la copa del árbol, cuando vio venir un oso gruñendo desde lejos.
—Baja, hijo del rey de Erín—, dice.
—De hecho, no pienso bajar. Creo que estoy más seguro donde estoy.
—Si tú no bajas, yo subiré—, dijo el oso.
—¿Tú también me estás tomando por tonto?— dije Juan. —Una criatura enorme, peluda y torpe como tú, trepando a un árbol.
—Pero si tú no bajas, yo subiré—, dice el oso, mientras se le escapa la posibilidad de trepar al árbol.
—¡Caballero! ¡Tú puedes hacer lo mismo!— dijo John; —Aléjate entonces de las raíces del árbol, y bajaré a hablar contigo.
Y cuando el hijo del rey de Erin bajó, se pusieron a charlar. El oso le preguntó si tenía hambre.
—Bien, con tu permiso—, dijo Juan, —tengo un poco de hambre, aceptaré de buen grado tu comida.
El oso rápidamente atrapó un corzo.
—Ahora, hijo del rey de Erín—, dice el oso, —¿quieres tu parte del ciervo hervido o crudo?
—El tipo de carne que solía comer era algo así como hervida—, dijo Juan. Y así pasó, y asaron la parte de Juan.
—Ahora—, dijo el oso después de que hubieran comido, —acuéstate entre mis patas y no tendrás motivo para temer el frío ni el hambre hasta la mañana.
Juan se acurrucó entre las grandes patas del oso y no pasó frio esa noche. Temprano en la mañana, el oso preguntó:
—¿Estás dormido, hijo del rey de Erín?
—Ya desperté—, dijo.
—Entonces es hora de que te pongas de pie. Tu viaje es largo: doscientas millas. ¿Pero eres buen jinete, Juan?
—A veces hay peores que yo—, dijo.
—Entonces será mejor que te pongas encima de mí.
Así lo hizo, y en el primer salto Juan cayó a la tierra.
Lo volvió a intentar y consiguió agarrarse con fuerza al oso. Y agarrado con uñas y dientes, el oso le cargó hasta el final de las doscientas millas, a la casa de un gigante.
—Ahora, John—, dijo el oso, —irás a pasar la noche en la casa de este gigante. Lo encontrarás bastante gruñón, pero di que fue el oso pardo de la Cañada Verde te trajo aquí para pasar una noche, no te hará nada y te dará comida y bebida a tu antojo.
Juan se despidió del oso y siguió hasta la casa del gigante.
—Hijo del rey de Erín—, dice el gigante, —tu venida estaba en la profecía; pero si no pude matar a tu padre, ahora tengo a su hijo. No sé si te pondré bajo tierra con mis garras o te empujaré hasta el cielo con mi aliento.
—No harás ninguna de las dos cosas—, dijo John, —porque es el oso pardo de la Cañada Verde el que me trajo aquí.
—Entonces entra, hijo del rey de Erín—, dijo, —podrás pasar la noche en mi casa.
Y como él dijo, era verdad. Juan consiguió comida y bebida sin restricciones. Pero para abreviar la historia, el oso cargó a Juan durante tres días, y cada noche le dejaba en casa de un gigante, y al tercer gigante le dijo.
—Ahora—, dice el oso, —no conozco mucho a este gigante. No pasará mucho tiempo antes de que tengas que luchar contra él. Y si es demasiado duro contigo, dile: “Vine aquí con el oso pardo de la cañada Verde, ese era tu amo”.
Tan pronto como Juan entró,
—¡Ai! ¡¡ai!! o ¡ee! ¡¡ee!!— grito el gigante. —Si no conseguí matar a tu padre, ahora tengo a su hijo.
Y empezaron a pelear. Y fue tal la batalla que hicieron duros los lugares blandos y blandos los lugares duros, la roca se hizo pantano y el cenagal se convirtió en roca. En el lugar más duro se hundirían hasta la rodilla, en el más blando hasta los muslos; y sacaban pozos de agua de manantial de la superficie de cada roca. El gigante le dio a Juan uno o dos dolores de cabeza.
—¡Fu! ¡Fu!—, dijo Juan —. Si estuviera aquí el oso pardo de la Cañada Verde, tu salto no sería tan heróico.
Y tan pronto como pronunció estas palabras, el digno oso estaba a su lado.
—¡Sí! ¡Sí!—, dice el gigante, — hijo del rey de Erin, ahora conozco tu asunto mejor que tú mismo.
Así fue que el gigante ordenó a su pastor que trajera a casa la mejor pieza que tenía en la colina y arrojara su cadáver ante la gran puerta de su casa.
—Ahora, Juan—, dijo el gigante, —vendrá un águila y se posará sobre el cadáver de esta cabra, y hay una verruga en la oreja de esta águila que debes cortar con esta espada, pero no el corte tiene que ser tan limpio que no puedes derramar ni una gota de su sangre.
Llegó el águila, pero no tardó mucho en comer cuando Juan se acercó a ella, y de un solo golpe le cortó la verruga sin sacarle una gota de sangre. (¡Ay! ¿No es eso una terrible mentira?)
—Ahora—, dijo el águila, —súbete entre mis dos alas, porque yo conozco tu asunto mejor que tú mismo.
Hizo esto, y el águila inmensa comenzó a volar con Juan sobre su espalda, y ahora estuvieron en el mar y ahora en tierra, y ahora volando, hasta que llegaron a la Isla Verde, y en el pozo, el águila descendió.
—Ahora, Juan—, dice ella, —date prisa y llena tus tres botellas. Recuerda que los perros negros no estarán lejos.
—¿Qué perros?
—Los perros negros. ¿No sabes que siempre hay perros negros custodiando el pozo de la Isla Verde?
Juan se bajó del águila, llenó las botellas con agua del pozo, vio una casita junto al pozo y se dijo a sí mismo que entraría y vería lo que había dentro antes de partir.
Entro de la casa, en la primera cámara que abrió, vio una botella llena. ¿Y sabes lo que qué había en ella? Pues qué iba a haber sino whisky. Llenó un vaso y se lo bebió; y cuando se iba, echó un vistazo, y la botella estaba tan llena como antes.
—Guardaré esta botella junto con las botellas de agua—, dice.
Luego entró en otra cámara y vio un pan. Le sacó un trozo, pero el pan estaba tan entero como antes de hacerle el corte.
—¡Dioses! No dejaré este pan—, dice Juan.
Siguió así hasta llegar a otra cámara. Vio un gran queso; Tomó una loncha de queso, pero estaba tan entero como antes de hacerle el corte.
—Me quedaré con esto junto con el resto”, dice. Luego fue a otra cámara y vio allí colocada la joya de mujer más hermosa que jamás se haya visto.
—Sería una gran lástima no besar tus labios, mi amor—, dijo Juan.
Poco después, Juan saltó encima del águila y ella lo llevó por el mismo camino hasta llegar a la casa del gran gigante. Y fueron a agradecer al gigante, y allí vieron inquilinos y gigantes y comida y bebida.
—Bueno, Juan—, dijo el gigante, —¿viste una bebida como ésta en la casa de tu padre en Erin?
—¡Pooh!— dijo Juan, —¡hoo! — probó un trago, —muy bueno pero prueba esto —. Le dio al gigante un vaso de la botella, pero la botella estaba tan llena como antes.
—Bueno—, dijo el gigante, —yo mismo te daré doscientas monedas, una brida y una silla por la botella.
—Entonces es una ganga—, respondió Juan— Pero que la primera novia que tenga debe recibirlo si se me ocurriese algo.
—Ella lo tendrá—, dice el gigante.
Pero para abreviar la historia, dejó cada pan y queso con los otros dos gigantes, con el mismo pacto de que la primera novia que tuvo se los quedaría si se cruzaba en el camino.
Ahora Juan llegó a la gran ciudad de su padre en Erin, y vio a sus dos hermanos tal como los dejó, los sinvergüenzas.
—Será mejor que vengais conmigo, muchachos—, les dijo, —y consiguieron un vestido de tela, una silla de montar y una brida para cada uno.
Marcharon todos juntos, pero cuando estaban cerca de la casa de su padre, los hermanos pensaron que sería mejor matarlo, y así fue como se lanzaron sobre él. Y cuando creyeron que estaba muerto, lo echaron detrás de un dique, le quitaron los tres odres de agua, y se fueron a su casa.
Juan no estuvo mucho tiempo allí, cuando el herrero de su padre apareció con un carro lleno de hierro oxidado. Juan gritó:
—Quienquiera que sea el cristiano que esté allí, ¡oh! que me ayude.
El herrero lo atrapó y arrojó a Juan entre los hierros. Y como el hierro estaba tan oxidado, se metió en cada herida y llaga que tenía Juan; y así fue que Juan se volvió calvo y de piel áspera.
Aquí dejaremos a Juan y regresaremos a la pequeña y bonita joya que Juan dejó en la Isla Verde.
La muchacha, después de la visita de Juan, se puso pálida y pesada, y al cabo de unos meses tuvo un hermoso hijo.
—¡Oh! En todo el gran mundo no vi nada igual—, dijo—, ¿y quién será el padre?
—¡Co-co-co-co!», dijo la gallina, —no te preocupes por eso. Aquí tienes un pájaro, y tan pronto como vea al padre de tu hijo, saltará sobre su cabeza.
Se invocó a todos los habitantes de Isla Verde, se reunieron de un extremo a otro, y la gente fue pasando por la puerta trasera y salía por la puerta principal, pero el pájaro no se movió y no encontraron al padre del niño.
Entonces, la muchacha dijo que recorrería el mundo entero hasta dar con el padre del bebé. Y salió de viaje con el águila, igual que Juan llegó a Isla Verde, y voló y voló y llegó a la casa del gigante y vio la botella:
—¡Ay!¡Ay!— dijo ella—, ¿quién te dio esta botella?
Y el gigante respondió:
—Fue el joven Juan, hijo del rey de Erín, quien lo dejó.
—Bueno, entonces la botella es mía—, dijo la muchacha.
Pero, para abreviar la historia, llegó a la casa de cada gigante y se llevó consigo cada botella, cada pan y cada queso, hasta que finalmente llegó a la casa del rey de Erín.
En el palacio, el rey de Erín la recibió con agrado, cuando escuchó su historia de que un hombre de Erín había viajado hasta la Isla Verde, había cogido agua del pozo, y la había dejado embarazada, él también quiso encontrar a ese hombre.
Reunieron las cinco quintas partes de Erín, y el puente de los nobles del pueblo. Metieron a todos por la puerta trasera y los sacaron por la puerta principal, pero el pájaro no se movió. Y la joven preguntó si había alguien más en Erin que no hubiera estado en el palacio.
—Tengo un hombre calvo y de piel áspera en la herrería—, dijo el herrero, —pero…
—Sea como sea, envíalo aquí—, dijo ella.
Tan pronto como el pájaro vio la cabeza del hombre calvo y de piel áspera, tomó el vuelo y se posó en la parte superior calva del muchacho de piel áspera. Ella lo cogió y lo besó:
—Tú eres el padre de mi bebé.
—Pero, Juan—, dice el gran rey de Erín, —eres tú quien me trajo las botellas de agua.
—De hecho, fui yo—, dice John.
—Bueno, entonces, ¿qué estás dispuesto a hacer con tus dos hermanos?
—Lo mismo que querían hacerme, hazlo por ellos.
Y eso mismo se hizo. Juan se casó con la hija del rey de la Isla Verde e hicieron una gran y ostentos boda que duró siete días y siete años. Y no podías más que oír Leeg, leeg y Beeg, beeg, palmas y taoneos. Había oro molido desde las plantas de los pies hasta la punta de los dedos, durante siete años y siete días.
Cuento gitano de la región de Escocia, versión gitana de la historia “Un viejo rey y sus tres hijos en Inglaterra”, recopilado por Francis Hindes Groome







