
Eran aquellos tiempos de buenos cuentos de viejas, cuando un pescador, día y noche, estaba a la orilla del mar, echando más anzuelos y redes que estrellas tiene el cielo o arenas la playa. Y tan triste como se iba, triste volvía, pues nunca sus redes atrapaban nada, y al fondo de las aguas, con sus esperanzas, caían sus anzuelos.
Pero he aquí que un día, por la gracia de Dios, pasó por allí un pequeño banco de peces blancos y rojos como el coral y las perlas, que justo en ese punto se detuvieron. El pescador, al verlo, lanzó sus anzuelos de inmediato y dijo:
—Pececillo, pruébalo, chiquitín.
Un pez más grande que los demás, por glotón que era, mordió el anzuelo, y el hombre se llenó de alegría:
—Dios te premie la buena obra que me has hecho, pero como la necesidad no tiene ley, tengo que matarte.
A lo que el pez respondió:
—Triste es mi suerte, y muchos consejos te daría si me perdonaras la vida, pero ya que por mis pecados y tu hambre he de morir, escucha al menos uno, que será para tu bien, no para el mío.
Y así le dijo:
—Tendrás por esposa a una mujer joven y bella, de la cual te nacerán tres hijos, gentiles y hermosos como la misma luz del alba, pero tan parecidos entre sí que ni tú mismo sabrás distinguirlos. Valientes y decididos, querrán ver tierras lejanas, y aún siendo jóvenes huirán de tu casa, sin que sepas más de ellos, a menos que recojas bien mi sangre y limpies mi espina, y pongas todo dentro de una botella. Cada vez que esa se enturbie y la espina se tiña de rojo, será señal de que a alguno de ellos le ocurre una desgracia.
Y sucedió que poco después, el pescador tomó esposa, de la cual, con la santa paz de Dios, le nacieron tres hijos, año tras año, tan parecidos que ni el propio padre sabía distinguirlos. El mayor fue el primero en desear ver tierras lejanas, y una mañana, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, se fue de casa.
Y anduvo y anduvo, hasta que, tras recorrer diez leguas, vencido por el sueño y el hambre, entró en un bosque donde le cayó la noche. Solo y rodeado de oscuridad, comenzó a ver almas en pena, serpientes y fieras; lloró, recordó a sus padres, y quiso huir. Buscando salida, se topó con un barranco, y en él con una joven, espejo de gentileza, en actitud de oración, con las manos al cielo y de rodillas en tierra. Tenía ojos de cielo, rostro hermoso y expresión tan bella y dolida que le tocó el alma.
Con cortesía, como caballero que era, le pidió que le contara su historia y la razón de su tristeza. Ella, con voz encantadora, le respondió que lo haría si tuviera esperanza de que su desgracia tuviera remedio, pero era tan grande que ni contarlo valía.
Ante la insistencia del joven, accedió:
—Vive en este bosque una fiera descomunal y extraña, como nunca se ha visto otra en la tierra, que tenía aterrorizados a los habitantes de este reino. A cambio de no atacarlos, pactaron darle cada día una de las principales doncellas. Y hoy me ha tocado a mí, que soy la hija del rey.
El joven, de corazón valeroso, juró por su espada que la salvaría o moriría en el intento. Ella se lo agradeció aunque temía por él, pues le quería bien.
Y llegó la medianoche, cuando los cielos se estremecieron con una voz espantosa, y de una cueva salió un dragón de extraña forma: cabeza de león, cola de serpiente, veinte dedos en cada pata y alas en la espalda, tan horrible que daba pavor solo de mirarlo.
El joven lo enfrentó con la frente serena y la espada en la mano. Cuando lo tuvo cerca, se abalanzó sobre él, derramando la sangre de la fiera, y entre silbidos horribles y una gran polvareda, ambos cayeron al suelo.
Pero el joven era valiente, y con fe en su corazón, mirando al cielo y clamando a la Virgen María, asestó grandes golpes a la fiera hasta matarla. Fue una gran maravilla.
Corrió hacia la doncella, que del miedo había quedado como muerta, la reconfortó y le preguntó por sus padres para acompañarla. Ella se lo dijo, y ambos tomaron camino hacia el palacio real.
Cuando llegaron, fue tal la alegría de los reyes al ver a su hija sana, que apenas lo podían creer. Se hicieron grandes fiestas y ella contó lo sucedido. Admirados, reconocieron la hazaña del joven como la más gloriosa batalla y lo celebraron como el más renombrado caballero.
Los reyes, agradecidos, le ofrecieron a su hija por esposa. Él aceptó, pues ya ambos se querían, y celebraron bodas alegres, siendo felices como buenos esposos.
Pero un día, desde unas arcadas, el joven vio un hermoso castillo hacia el oriente, y se lo dijo a su esposa. Ella no quiso hablar del tema, y al insistirle, le explicó que era un castillo encantado, llamado el castillo de irás y no volverás, pues nadie que entró en él regresó jamás.
El joven, deseoso de descubrir lo desconocido, decidió ir. Pese a las súplicas de su esposa y los reyes, partió.
Al anochecer, llegó al castillo y encontró una anciana, que lo recibió amablemente y le pidió que, por ser mujer y vieja, dejara sus armas en la entrada. El joven, confiado, accedió… y en ese momento quedó encantado y convertido en estatua de piedra.
El segundo hijo del pescador, al ver que la sangre del pez se enturbiaba y la espina se teñía, comprendió que su hermano mayor estaba en peligro. Pidió permiso al padre para buscarlo, y este, aunque triste, se lo concedió.
Viajó hasta llegar a la ciudad donde vivía su hermano, y fue confundido con él por todos. Incluso los reyes y la princesa lo reconocieron como tal, y aunque no quiso revelar la verdad, por respeto a su hermano, dormía con una barra que lo separaba de la princesa.
Un día también vio el castillo encantado desde las arcadas, y con igual destino que su hermano, partió y, al llegar, fue recibido por la misma anciana. También él, confiado, dejó sus armas y fue convertido en estatua de piedra.
El tercer hijo, al ver la sangre del pez enturbiada de nuevo, pidió permiso al padre para partir, y este, desesperado, se lo concedió.
Llegó también a la ciudad y fue igualmente confundido por el príncipe. Fingió serlo por prudencia, durmiendo con la princesa separado por una barra.
Finalmente, también vio el castillo desde las arcadas, y comprendió que allí estarían sus hermanos. Fue hacia él, y al llegar, la anciana le pidió dejar las armas. Pero él, más sabio, sospechó que esa sería la causa del encantamiento. En lugar de entregarlas, le clavó la lanza en el corazón.
Entonces la tierra retumbó, se oyeron gritos horribles, llamas rojas salieron de todas partes, y el castillo se derrumbó en medio de un terremoto. El sol despuntaba ya, esplendoroso, por el oriente.
Solo los dos hermanos, recobrando su forma humana, salieron de entre los escombros gracias a la voluntad de Dios. Lloraron de alegría al reencontrarse y partieron hacia el palacio.
Al llegar, fue tal la sorpresa al ver a tres príncipes iguales que nadie entendía nada. Los reyes y el pueblo pensaron que era encantamiento o locura, hasta que el mayor relató todo lo sucedido.
Entonces enviaron a buscar al viejo pescador, casi muerto de pena, y celebraron grandes fiestas. Le dieron una habitación en el palacio para vivir sus últimos años.
Los otros dos hermanos se casaron con princesas gentiles, y el príncipe mayor y la princesa reinaron con dicha sobre su pueblo, trayendo felicidad y prosperidad al reino.
Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875







