
Había una madre que tenía un hijo que se llamaba Juan, y que era, además, muy tonto y simplón. Tan tonto era, que no se le podía encomendar nada ni confiarle cosa alguna. Sin embargo, como la mujer era muy pobre, no tuvo más remedio que hacer uso de su hijo más de lo que hubiera deseado, y así, un día le dio un saco de nueces y le encargó que fuera al mercado a venderlas, advirtiéndole que tuviera cuidado de que no lo engañaran.
El chico lo escuchó bien y, con la firme resolución de no dejarse engañar, se fue cargado con el saco, que era bien pesado, hacia el mercado. Llegó a la plaza a la mejor hora de venta, de manera que enseguida se le acercaron compradores.
Y uno le dice:
—Chico, ¿a cuánto vendes esas nueces?
—¡Oh, no me engañaréis!
—No, hombre, no… ¿A cuánto las nueces?
—¡Oh, no me engañaréis!
El comprador, viendo que no podía sacarle otra respuesta, se enfadó y se marchó.
Pasó un rato y no se acercó nadie más; todos los compradores se retiraban. Finalmente, al cabo de un rato, se acercó otro.
—Chico, ¿a cuánto vendes esas nueces?
—¡Oh, no me engañaréis!
El comprador lo miró:
—Te he preguntado, ¿a cuánto vendes esas nueces?
—¡Oh, no me engañaréis!
El hombre, que debía tener mal genio, le dijo:
—¿Te crees que soy un tramposo?
Y ¡zas, zas! le plantó un par de bofetadas, que el chico se puso a llorar diciendo:
—¡Ay, ay! ¡Si mi madre ya me lo dijo!
Y como suele suceder siempre, todos los ociosos del mercado y la gente que pasaba por allí empezaron a burlarse de él y a reírse.
Mientras tanto, la tarde caía y se acercaba el atardecer. El chico no tuvo más remedio que coger el saco, que era muy pesado, y volverse poco a poco a su casa, donde llegó ya casi de noche.
—¿No te han engañado? —le preguntó su madre.
—¡Oh, no, madre, no!
—¿Y entonces las nueces? —le dijo al ver el saco.
—¡Oh, por eso las traigo! ¡Porque no me han engañado!
La pobre mujer se convenció de que no había remedio y de que no podía confiarle nada.
—Al menos, ojalá sirvieras para hacer fuego —le dijo.
Y él, al oírlo, todo bobo, se fue a la cocina, cogió una cerilla, la encendió, la metió en medio de las cenizas de la chimenea y se puso a soplar. ¡Ah, no os cuento cómo se puso! Todo blanco de ceniza y, lo que es peor, con unos ojos que, pobre muchacho, le empezaron a escocer de tal manera que se puso a gritar, y desesperado, cogió los haces de cáñamo, y uno tras otro los echó al fuego y les prendió fuego.
Y como la casa era muy pequeña, enseguida la llama llegó a la puerta, de la puerta a las vigas, y pronto toda la casa estaba envuelta en llamas.
La madre, al darse cuenta, desesperada, corría de un lado a otro diciendo:
—¡Ay, pobres de nosotros! ¿Qué haremos? ¡Tan pobres como somos! Y aún la única cosa que teníamos, que ahora se nos queme por culpa de este chico… ¿Qué haremos?
Os digo que su desesperación daba lástima. Y el chico, todo aturdido, también corría de un lado a otro diciendo que huyeran al bosque, como así hicieron.
Pero de pronto, el chico se gira y dice:
—¡Oh! ¿Y cómo nos cerraremos para que no nos roben? ¡Oh no, no! ¡Yo no me voy sin llevarme una puerta!
—¡Pero hombre, ¿qué vas a hacer con una puerta?!
Y dicho y hecho: va, arranca una puerta y corre detrás de su madre, que con una hermanita pequeña ya iba huyendo a toda prisa.
Cuando llegaron al bosque, como ya era de noche cerrada, el chico no hacía más que girarse a cada lado del miedo que tenía. Por fin, oyó un poco de ruido y, corriendo con la puerta y todo, se subió a lo alto de un árbol, seguido por la madre y la hermana, para resguardarse de cualquier daño o fiera.
Era una noche muy oscura cuando oyeron voces y pasos. Era una banda de hombres que enseguida reconocieron como ladrones. Se detuvieron justo al pie del árbol y empezaron a sacar sacos, bolsas y un montón de cosas que dejaron en el suelo para repartirlas.
A todo esto, a la niña pequeña le dieron ganas de hacer sus necesidades. Por más que la madre, sin atreverse casi a respirar, le decía que aguantara tanto como pudiera, la niña no pudo más y lo soltó encima de los ladrones.
—¡Caramba, qué lluvia! —exclamaron.
Y aún no habían acabado de decir esto, cuando el chico, que desde que se había subido al árbol llevaba la puerta sujeta con las manos, ya no pudo sostenerla más. Le fallaron las fuerzas y, de pronto, rompiendo ramas y haciendo más ruido que una tormenta, cayó la puerta con todo estrépito justo encima de los ladrones.
Con el susto en que vivían, el miedo que habían cogido, los golpes recibidos y el peso encima, se asustaron tanto que salieron corriendo, dejándolo todo en el suelo y sin saber a dónde iban.
Los de arriba del árbol, al ver que los ladrones se habían ido y que todo su botín estaba abandonado, bajaron más que deprisa, recogieron todo el oro y las joyas que había en el suelo —que os digo que no eran pocas— y, contentos, se fueron a construirse una casa, riéndose el chico del buen servicio que les había hecho la puerta, igual que la madre se reía de la tontuna de su hijo, que los había hecho ricos y felices para todos los días de su vida.
Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875







