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Leyenda
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LUMABET
Bagobo (Mindanao)

Poco después de que se creara a las personas en la tierra, nació un niño llamado Lumabet, quien vivió hasta ser un hombre muy, muy anciano. Podía hablar cuando tenía solo un día de nacido, y toda su vida hizo cosas maravillosas hasta que la gente llegó a creer que había sido enviado por Manama, el Gran Espíritu.

Cuando Lumabet era todavía un joven, tenía un buen perro, y no disfrutaba más que llevarlo a las montañas a cazar. Un día el perro vio un venado blanco. Lumabet y sus compañeros comenzaron a perseguirlo, pero el venado era muy rápido y no pudieron atraparlo. Siguieron y siguieron hasta que dieron la vuelta al mundo, y el venado seguía adelante. Uno a uno sus compañeros abandonaron la persecución, pero Lumabet no se rindió hasta que atrapó al venado.

Todo el tiempo solo tenía un plátano y un camote para comer, pero cada noche plantaba las cáscaras, y por la mañana encontraba un árbol de plátano con fruta madura y un camote lo suficientemente grande para comer. Así continuó hasta haber dado la vuelta al mundo nueve veces, y ya era un hombre viejo con el cabello canoso. Finalmente atrapó al venado, y entonces llamó a toda la gente a un gran banquete para ver al animal.

Mientras todos se divertían, Lumabet les dijo:

–Tomen un cuchillo y maten a mi padre.

Se sorprendieron mucho, pero hicieron lo que les ordenó, y cuando el anciano murió, Lumabet agitó su banda en la cabeza sobre él y volvió a la vida. Ocho veces mataron al anciano por orden de Lumabet, y la octava vez era pequeño como un niño, porque cada vez le habían cortado algo de carne. Todos se maravillaron mucho del poder de Lumabet y estaban seguros de que él era un dios.

Una mañana vinieron unos espíritus a hablar con Lumabet, y después de que se fueron, llamó a la gente para que entraran en su casa.

–No podemos todos entrar –dijeron las personas–, porque tu casa es pequeña y somos muchos.

–Hay mucho espacio –respondió él–; así que todos entraron y, para su sorpresa, no parecía estar llena.

Entonces les dijo que iba a hacer un largo viaje y que todos los que creyeran que tenía gran poder podían ir con él, mientras que los que se quedaran serían transformados en animales y buso.

Empezó a andar, seguido por muchos, y así fue como dijo. Porque los que se negaron a ir fueron transformados inmediatamente en animales y buso.

Llevó a la gente lejos, cruzando el océano, hasta un lugar donde la tierra y el cielo se juntan. Cuando llegaron vieron que el cielo se movía arriba y abajo como un hombre que abre y cierra la mandíbula.

–Cielo, debes subir –ordenó Lumabet.

Pero el cielo no obedeció. Así que la gente no pudo pasar. Finalmente Lumabet prometió al cielo que si dejaba pasar a todos los demás, él podría llevarse al último hombre que intentara pasar. Al estar de acuerdo, el cielo se abrió y la gente entró. Pero cuando estaba por entrar el último, el cielo se cerró tan rápido que atrapó no solo al último hombre sino también al largo cuchillo del hombre anterior.

Ese mismo día, el hijo de Lumabet, que estaba cazando, no sabía que su padre había ido al cielo. Cuando se cansó de la persecución, quiso ir con su padre, así que apoyó una flecha contra un árbol baliti y se sentó en ella. Lentamente comenzó a bajar y lo llevó al lugar de su padre, pero cuando llegó no encontró a nadie. Miró aquí y allá y no encontró nada más que un fusil de oro.

Esto lo entristeció mucho y no sabía qué hacer hasta que unas abejas blancas que estaban en la casa le dijeron:

–No debes llorar, porque podemos llevarte al cielo donde está tu padre.

Así hizo lo que le dijeron, montó en el fusil, y las abejas volaron con él, hasta que en tres días llegaron al cielo.

Ahora, aunque la mayoría de los hombres que siguieron a Lumabet estaban contentos de vivir en el cielo, había uno que estaba muy infeliz, y todo el tiempo miraba hacia abajo, a la tierra. Los espíritus se burlaban de él y querían sacarle los intestinos para que fuera como ellos y no muriera nunca, pero él tenía miedo y siempre suplicaba que le permitieran regresar a casa.

Finalmente Manama dijo a los espíritus que lo dejaran ir, así que hicieron una cadena con hojas de pasto karan y se la ataron a las piernas. Luego lo bajaron lentamente, primero la cabeza, y cuando llegó al suelo ya no era un hombre, sino un búho.

Leyeda filipina recopilada por Mabel Cook Cole, en Philippine Folklore Storiesm, publicado en 1916

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