Herodes
Sabiduría
Cuentos con Sabiduría
Cuentos de terror
Cuentos de terror

Había una vez un hombre y una mujer que tenían en su matrimonio un hijo que era muy buen niño y a quien querían mucho. Pequeño, pequeñito como era, le dieron una pelota de oro y él, contento y alegre, se fue a jugar con ella, sin prestar atención de dónde la había sacado ni tampoco si se alejaba de su casa; el caso es que jugando se le cayó la pelota dentro del jardín del rey Herodes, que era muy malo y mataba a todas las criaturas que podía haber, y en cuanto vio al niño entrar en sus dominios corrió enseguida para matarlo y lo habría hecho si no fuera porque el niño, llorando, le pidió que antes le dejara volver a sus padres la pelota que le habían dado y que era para ellos muy querida.

El rey Herodes al principio no quiso consentirlo, pero al ver los llantos del niño y que tan de verdad se lo pedía, lo dejó ir, pero con la condición precisa de que volviera enseguida, enseguida.

El niño le prometió, se fue, llegó a casa de sus padres que ya con mucha ansiedad lo buscaban, les dio la pelota y a escondidas de ellos volvió a cumplir su palabra.

Caminando, triste iba haciendo su camino, cuando encontró a una mujer que le dijo:

—¿A dónde vas niño, tan triste, que parece que llevas una pena muy grande?

Y el niño respondió:

—Voy al palacio del rey Herodes, que me hizo prometer que volvería para matarme.

—Mira y no tengas miedo, que no te sucederá ningún mal ni desgracia.

El niño se fue, llegó al palacio del rey Herodes, y al verlo le dijo:

—Porque has cumplido tu palabra no te mataré si en un cuarto de hora me haces un palacio tan hermoso y grande como no hay otro en toda la tierra.

El niño se puso a llorar; se fue a un rincón todo desconsolado, cuando se le apareció la misma mujer del camino, quien tomándolo de la mano lo llevó afuera y a su voz todas las piedras del suelo se juntaron ya trabajadas, las aguas saliendo de un lugar con las rocas de cal y arena formaron argamasa, los árboles se erigieron solos y en poco tiempo apareció un palacio bello y hermoso, todo bien hecho y montado, con altas torres, y habitaciones del todo arregladas, todo muy espacioso y grande, que el mismo Herodes cuando lo vio lo encontró incluso más bonito de lo que esperaba.

Pero su instinto sanguinario contra los tiernos niños lo llevó a no estar contento y mandó al niño que si en una hora no le traía la espada que había perdido hace tiempo y que era la más fuerte y buena que se conocía, toda ella trabajada en oro y plata, lo mataría.

El niño sin saber cómo hacerlo se puso a llorar, daba pena, cuando se le apareció la misma mujer quien le dijo:

—¿Qué tienes que lloras tanto?

—Es que el rey Herodes quiere que le traiga la espada que ha perdido y yo no sé dónde encontrarla.

La mujer que lo toma de la mano, se va a la orilla del mar, llama a un pez, y sale uno grandísimo y de escamas brillantes; la mujer dice al niño que se meta dentro de la boca del pez y haciéndolo el niño, se metió el pez mar adentro volviendo al cabo de un buen rato con una espada toda cincelada y fuerte, que dejó junto al niño sobre la playa.

El rey Herodes quedó contento, pero a pesar de eso quiso matar al niño y le dijo:

—No te perdono la vida si en todo el espacio del día no me traes el ejército más numeroso que hay en toda la tierra.

El niño otra vez se puso muy triste hasta que se le apareció la misma mujer, quien le dijo:

—No te asustes; ven conmigo.—Y yendo afuera, convirtió con su sola voz todas las hormigas en hombres, bien armados y dispuestos para la guerra, que el mismo rey casi se asustó al verlos.

El caso es que con tanta multitud de hormigas todo su reino se le llenó de soldados que casi no cabían ni sabía cómo mantenerlos, y el niño aprovechando toda aquella gran confusión se apuró a huir.

Por el camino encontró un grupo de judíos, pues todo el reino estaba lleno de gente, quienes empezaron a burlarse de él y le dijeron:

—Di adiós.

El niño dice: —Adiós.

—Cara de judío.

Y apareció el niño con una cara de judío tan fea y negra que todos lo miraban con repugnancia, hasta que encontró otra comitiva que lo tomaron por su cuenta y le hicieron un sinfín de burlas hasta que le dijeron:

—Di adiós.

El niño dice: —Adiós.

—Cara de perro.

Y apareció el niño con una cara tan horrible de perro que solo verlo daba miedo. Él, todo triste, iba haciendo su camino, menospreciado por todos, rechazado y escarnecido, hasta que le apareció la misma mujer de otras veces, quien le dijo que era la Santísima Virgen. Que había acudido a su ayuda por cuanto lo quería por ser tan buen niño; le devolvió su forma primitiva, lo acompañó a casa y lo entregó a sus padres que se alegraron mucho, mientras el rey Herodes, buscándolo por todas partes y no encontrándolo, mandó matar a todos los niños de su reino.

Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875

Otros cuentos y leyendas