Los Tres Dones del Diablo

Cuentos con Magia
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Un padre, de bastante mal genio, tenía un hijo que por su parte era muy travieso y malo, de manera que no reinaba siempre la paz en su casa, y las discusiones solían acabar con el padre echando a su hijo, diciéndole que se lo llevara el diablo, como tenía por costumbre.

Pues bien, un día que el chico paseaba distraído, se le apareció un hombre alto, flaco, todo encorvado y extraño, que agarrándolo por el brazo le dijo:

—Sígueme.

Y el chico le respondió:

—¿Y por qué?

—Porque yo soy el diablo, al que tu padre siempre te entrega.

El muchacho no tuvo más remedio que seguirlo. Caminaron y caminaron hasta que llegaron al infierno, y como allí se necesita mucha leña para el fuego que siempre arde, así que llegaron, le dieron una burra y le dijeron que su tarea era ir a buscar leña todo el día con ella; que lo hiciera bien, que ya le pagarían el salario.

El muchacho, harto, agarró la burra y le dio un garrotazo.

La burra exclamó:

—¡Ay!

—¿Ya te quejas?

Y le dio tres o cuatro garrotazos más fuertes.

Entonces la burra le dijo, lamentándose:

—¡No me pegues, que soy tu abuela!

—¿Cómo? ¿Que sois mi abuela?

—Sí, no me pegues. Márchate, hijo mío, del infierno, márchate porque te perderías. Di que ya has cumplido el deseo de tu padre. Pero cuando te den el salario, no quieras dinero: pide el mantel que el diablo se pone delante al comer. Tiene la propiedad de que, al extenderse en la mesa, se llena con todas las viandas que uno desee.

Entonces el chico fue donde el diablo y le dijo que se quería marchar.

—¿Y eso?

—Porque ya he cumplido el deseo de mi padre.

—Está bien, te pagaré el salario.

—Oh, es que no quiero dinero.

—¿Entonces qué quieres?

—El mantel que usáis para comer.

El diablo no se lo quería dar, pero al final accedió. Y el muchacho, muy satisfecho, se marchó del infierno hacia su casa, con el mantel bien guardado, sacándolo donde le entraba hambre. Así, caminando, entró a pasar la noche en una posada, donde el posadero enseguida le preguntó qué quería para cenar.

—Nada.

—¿Cómo? ¿No tienes hambre?

—Sí que tengo, pero como tengo un mantel que me sirve todo lo que le pido, nunca necesito nada de nadie.

Y, ante la gran admiración del posadero, desplegó su mantel, lo puso sobre la mesa y pidió toda clase de manjares. Aquel, que era muy espabilado, pensó que ese mantel le vendría de maravilla, y cuando el chico ya estaba en la cama, fue, se lo cambió y le puso otro.

A la mañana siguiente, el joven, sin sospechar nada, pagó la estancia y se marchó todo contento hacia su casa.

Cuando su padre lo vio, de mal humor le dijo:

—¿Ya vuelves?

—Sí, y traigo algo maravilloso que nos puede servir mucho.

—¿Y qué es?

—Un mantel que él solo pone en la mesa todo lo que se le pida.

—A ver.

El chico desplegó el mantel, lo puso sobre la mesa y empezó a pedir cosas, pero como era uno cambiado, no salió nada.

Os podéis imaginar cómo se puso el padre. Lo llamó burro y volvió con su frase de siempre: que se fuera con el diablo.

Tan pronto como lo dijo, el chico se sintió arrastrado y llevado otra vez al infierno. Allí, como se necesita tanta leña, le encargaron de nuevo una burra para ir a buscarla. El chico, enfadado como estaba, le dio un bastonazo a la burra, y esta gimió y dijo:

—¡Ay!

—¿Ya te quejas?

Y bastonazo va, bastonazo viene, hasta que la burra se giró y le dijo con tono lastimero:

—¡No me pegues, que soy tu abuela!

—¿Otra vez la abuela?

—Sí, hijito mío, márchate del infierno, o te perderás. Pero cuando te paguen el salario, no quieras dinero: pide el burro que tiene el diablo.

El muchacho fue al diablo y le dijo que quería irse.

—¿Y por qué?

—Porque ya se ha cumplido el deseo de mi padre.

El diablo, refunfuñando, le iba a dar dinero, pero el chico le dijo:

—No quiero dinero.

—¿Entonces qué quieres?

—Vuestro burro.

El burro del diablo tenía la virtud de que, poniéndole un pañuelo bajo la cola, soltaba tantas monedas de oro como se quisieran. Al diablo no le hizo gracia dárselo, pero el chico insistió tanto que no tuvo más remedio que dárselo.

Con él, el chico siguió caminando hacia casa. Al llegar de nuevo a la misma posada, paró a pasar la noche. El posadero enseguida lo reconoció, le preguntó qué llevaba y lo entretuvo hasta que el chico le contó la virtud del burro.

El chico cenó feliz, se fue a dormir, y el posadero, por la noche, le cambió el burro.

Al día siguiente, sin notar el engaño, el muchacho se fue todo contento hacia su casa, donde le dijo al padre que traía un burro tan virtuoso que con solo pedirle, soltaba tantas monedas como se quisiera.

—A ver si es verdad, no vaya a ser como la otra vez.

El chico puso un pañuelo en el suelo, debajo de la cola del burro, y le ordenó que soltara monedas. Pero el burro, quieto como una piedra. El muchacho se enfadó, le pegó unas cuantas garrotadas, pero nada. Entonces el padre se enfureció tanto que volvió a echarlo con la misma frase: “¡que se lo lleve el diablo!”.

El muchacho salió afuera y enseguida se sintió agarrado por el mismo hombre de las otras veces.

—¿Qué queréis?

—Que vengas conmigo a cumplir el deseo de tu padre.

El muchacho no tuvo más remedio que seguirlo: llegaron al infierno y, como allí se quema tanta leña, le dieron una burra para buscarla.

El muchacho, todo enfadado, le pegó para que se pusiera a caminar y oyó que la burra decía:

—¡Ay!

—¿Otra vez te quejas?

Y empezó a darle de verdad.

Entonces la burra, lastimosamente, se giró y le dijo:

—¡No me pegues, que soy tu abuela!

—¿Otra vez la abuela?

—¡Sí! Siempre tengo esta tarea… Márchate, hijito, que si no te perderás. Pero esta vez no pidas dinero, pide la vara del diablo.

El chico fue al diablo y le dijo que se quería ir.

—¿Y eso?

—Porque ya está cumplido el deseo de mi padre.

—Entonces ven a cobrar tu salario.

—Oh, es que no quiero dinero.

—¿Y entonces qué quieres?

—¡Vuestra vara!

El diablo se la dio y el muchacho se fue, caminando, hasta la misma posada de siempre.

El posadero lo reconoció enseguida y muy amable fue a preguntarle qué llevaba esta vez. El chico le enseñó la vara y le dijo:

—¡Vara, haz tu trabajo!

Y la vara empezó a dar garrotazos al posadero, que lanzaba gritos espeluznantes. Pero bastonazo tras bastonazo, hasta que el posadero le dijo que pidiera lo que quisiera, pero que lo dejara en paz.

El chico dijo:

—¡Devuélveme el mantel y el burro!

Al posadero no le hacía mucha gracia, pero viendo que la vara se levantaba de nuevo, accedió.

El chico, una vez tuvo el mantel y el burro, se fue a casa con su vara. Al verlo, su padre ya puso mala cara, pero el chico le dijo que esta vez no había engaño.

Y como todos los vecinos salieron a ver qué pasaba, el chico dijo:

—Para demostrar que digo la verdad, veréis cómo estos vecinos me pagarán las burlas que hicieron las otras veces.

Y dijo a la vara:

—¡Haz tu trabajo!

Y empezó a repartir garrotazos entre los vecinos, que muy pronto pidieron clemencia. El chico hizo parar la vara, puso un pañuelo bajo la cola del burro, que soltó montones de monedas; extendió también el mantel, que sacó todo tipo de viandas, y, invitando a todos, se celebró el regreso del chico con una gran fiesta y alegría.

Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875

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