
Una vez, varias niñas salieron de sus casas temprano en la mañana con el propósito de hacerse imbola (la arcilla roja con la que colorean sus cuerpos y ropa). Entre ellas estaba la hija de un jefe, una muchacha muy bonita.
Después de haber recogido el imbola, se disponían a regresar a casa, cuando una de ellas propuso:
—Bañoémonos en ese gran charco de agua.
Todas estuvieron de acuerdo, se metieron en el agua y jugaron durante mucho tiempo. Por fin se vistieron de nuevo y partieron hacia casa.
Cuando ya habían andado un poco, la hija del cacique notó que se le había olvidado uno de sus adornos, que se había quitado antes de bañarse. Entonces le pidió a su prima:
—Regresa conmigo a buscarlo, por favor.
La prima se negó. Luego preguntó a otra chica, y a otra, pero todas respondieron que no. Por lo tanto, se vio obligada a regresar sola al agua, mientras las demás continuaron su camino.
Al llegar a la laguna, un caníbal grande y feo, con una sola pierna, se le acercó, la atrapó y la metió en su bolso. Ella estaba tan asustada que se quedó quieta. Luego, el caníbal la llevó a diferentes pueblos y la hizo cantar para él.
—Canta, pájaro mío —ordenaba cada vez que quería oír su voz.
Cuando llegó a un pueblo pidió carne, y cuando se la dieron, repitió:
—Canta, pájaro mío.
Pero nunca abría la bolsa para que nadie pudiera ver qué clase de pájaro tenía.
Cuando las niñas llegaron a casa, dijeron al jefe:
—Tu hija ha cumplido la edad de ntonjane.
Eligieron a una de ellas y la encerraron en una choza. El jefe creyó esa historia, mató un buey grande y anunció:
—La gente debe comer.
Ese día comieron carne gorda y se alegraron mucho. Los muchachos tomaron carne y se alejaron del pueblo para comerla.
El caníbal, que no sabía que el padre de la niña era el jefe de ese lugar, llegó justo en ese momento. Les dijo a los niños:
—Si me dan carne, haré que mi pájaro cante para ustedes.
Entonces le dieron carne y él repitió:
—Canta, pájaro mío.
El hermano de la niña estaba entre los niños y pensó: Ese canto suena como el de mi hermana, pero tuvo miedo de pedirle al caníbal que le dejara ver. Solo le aconsejó:
—Ve al pueblo donde están los hombres; hoy hay mucha carne.
El caníbal fue al pueblo e hizo cantar a su pájaro. El jefe, curioso, dijo:
—Quiero ver a ese pájaro.
Pero el caníbal respondió:
—No abro mi bolsa.
El jefe insistió:
—Te daré un buey por el pájaro.
El caníbal rechazó la oferta. Entonces el jefe trazó un plan y le pidió:
—Ve a buscar un poco de agua; cuando regreses te daré mucha carne.
El caníbal aceptó, pero advirtió:
—Prometan que no abrirán mi bolso mientras esté fuera.
Todos prometieron no tocar la bolsa. Le dieron al caníbal una vasija que goteaba para que llevara el agua, de modo que estuvo fuera por mucho tiempo.
Tan pronto como se perdió de vista, el jefe abrió la bolsa y sacó a su hija. Al principio no podía creer que fuera ella, pues pensó que estaba viendo a la muchacha de ntonjane. Pero cuando supo cómo lo habían engañado las otras chicas, exclamó:
—Todas deben morir por esto.
Y así las mataron. Luego puso serpientes y sapos en la bolsa y la volvió a atar.
Cuando el caníbal regresó, se quejó:
—¡Esta vasija gotea!
Pero le dieron mucha carne para calmarlo, así que tomó su bolsa y se fue, sin saber lo que había sucedido mientras estuvo ausente.
Cuando llegó cerca de su propia casa, llamó a su esposa:
—Prepárate para cocinar.
Envió recado a todos los demás caníbales para que vinieran a un banquete, y vinieron esperando conseguir algo bueno. Los dejó esperar un poco para que les entrara mucha hambre. Luego abrió su bolso y pensó en sacar a la niña, pero dentro solo encontró serpientes y sapos.
Los otros caníbales, enfurecidos al ver esto, gritaron:
—¡Nos engañaste!
Entonces lo mataron y se dieron un festín con él.
Cuento popular sudafricano recopilado por George McCall Theal (1837-1919), en Kaffir Folk-Lore, 1886






