
Tres relatos distintos del Sol y la Luna Filipinos:
EL SOL Y LA LUNA, leyenda Tinguian
Una vez, el Sol y la Luna discutieron entre ellos, y el Sol dijo:
—Tú solo eres la Luna y no sirves de mucho. Si yo no te diera luz, no servirías para nada.
Pero la Luna respondió:
—Tú solo eres el Sol, y estás muy caliente. A las mujeres les gusto más yo, porque cuando brillo por la noche, salen afuera a hilar.
Estas palabras de la Luna enojaron tanto al Sol que le arrojó arena a la cara, y por eso aún se pueden ver las manchas oscuras en el rostro de la Luna.
EL SOL Y LA LUNA, leyenda Mandaya
Mandaya (Mindanao)
El Sol y la Luna estaban casados, pero el Sol era muy feo y pendenciero. Un día se enojó con la Luna y empezó a perseguirla. Ella corrió muy rápido hasta que se puso a cierta distancia delante de él, pero se cansó y él casi la alcanzó. Desde entonces, él la persigue, a veces casi alcanzándola, y otras quedando muy atrás.
El primer hijo del Sol y la Luna fue una gran estrella, y era como un hombre. Una vez, el Sol, enojado con la estrella, la cortó en pedazos pequeños y la esparció por todo el cielo, como una mujer esparce arroz, y desde entonces han habido muchas estrellas.
Otro hijo del Sol y la Luna fue un cangrejo gigantesco. Él todavía vive y es tan poderoso que cada vez que abre y cierra los ojos hay un relámpago. La mayor parte del tiempo el cangrejo vive en un gran hoyo en el fondo del mar, y cuando está allí tenemos marea alta; pero cuando sale del hoyo, las aguas retroceden y hay marea baja. Sus movimientos también causan grandes olas en la superficie del mar.
El cangrejo es pendenciero como su padre; y a veces se enoja tanto con su madre, la Luna, que intenta tragársela. Cuando la gente en la tierra, que quiere mucho a la Luna, ve al cangrejo cerca de ella, salen corriendo y gritan y golpean gong hasta que él se asusta y se va, y así la Luna es salvada.
EL SOL Y LA LUNA
(Visayan)
Érase una vez el Sol y la Luna estaban casados, y tenían muchos hijos que eran las estrellas. El Sol quería mucho a sus hijos, pero cada vez que intentaba abrazar a alguno, era tan caliente que lo quemaba. Esto enfureció tanto a la Luna que finalmente le prohibió tocarlos, y él quedó muy afligido.
Un día, la Luna bajó al manantial a lavar ropa, y antes de irse le dijo al Sol que no debía tocar a ninguno de sus hijos en su ausencia. Sin embargo, cuando regresó, descubrió que él había desobedecido y que varios de los niños habían perecido.
Muy enojada, tomó un árbol de plátano para golpearlo, pero él le arrojó arena a la cara, y hasta el día de hoy se pueden ver las manchas oscuras en el rostro de la Luna.
Entonces el Sol comenzó a perseguirla, y desde entonces no han dejado de correr. A veces él se acerca tanto que casi la alcanza, pero ella escapa, y al poco tiempo vuelve a estar muy por delante.
Leyeda filipina recopilada por Mabel Cook Cole, en Philippine Folklore Storiesm, publicado en 1916






