el ladron de negro

El Ladrón de Negro y El Caballero Glen

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Hace muchos años había en el sur de Irlanda un rey y una reina que tenían tres hijos, todos niños hermosos; pero su madre, la reina, enfermó de muerte cuando ellos eran aún muy jóvenes. Esto causó gran pesar en la corte, particularmente en el rey, su esposo, quien no podía consolarse con nada. Al ver que la muerte se acercaba, la reina mandó llamar al rey y le dijo lo siguiente:

—Ahora voy a dejarte. Y como eres joven y estás en la flor de la vida, es de esperarse que vuelvas a casarte después de mi muerte. Lo único que te pido es que construyas una torre en una isla en el mar, adonde mantendrás escondidos a tus tres hijos hasta que lleguen a una edad en que puedan ser independientes. Así no estarán bajo la influencia de otra mujer. No olvides darles una educación como la que su linaje exige y déjalos que reciban todo el entrenamiento necesario en los ejercicios y pasatiempos que todo hijo de un rey debe aprender. Esto es todo lo que tengo que decirte. Adiós.

El rey, con lágrimas en los ojos, apenas tuvo tiempo de asegurarle que haría todo lo que le pedía, mientras ella giraba en la cama y con una sonrisa entregaba el espíritu. Nunca hubo un duelo tan sentido en la corte y en todo el reino; pues en todo el mundo no se podía hallar a una mejor mujer, rica o pobre, que la reina. Fue enterrada con gran pompa y con honores, y el rey, su esposo, estuvo inconsolable por su pérdida.

Sin embargo, construyó la torre y colocó dentro a sus hijos bajo el cuidado de excelentes guardianes, tal como lo había prometido.

Al cabo de un tiempo los señores y caballeros del reino le aconsejaron al rey (dado que aún era joven) que no siguiera viviendo como hasta entonces y que se consiguiera una esposa; después de discutirlo en un consejo escogieron a una rica y hermosa princesa para que fuera su consorte. Era la hija de un rey vecino, con quien el rey llevaba muy buena amistad. Poco tiempo después la reina tuvo un hijo, lo cual fue motivo de fiesta y regocijo en la corte; tanto que de alguna manera todos se olvidaron de la otra reina. Todo salió bien y el rey y la reina vivieron juntos y felices por varios años.

Después de un tiempo, la reina visitó a la cuidadora de aves, pues tenía un asunto personal que tratar con ella. Después de hablar con ella por un largo rato, la reina estaba a punto de irse cuando la cuidadora de aves le dijo que, si la reina volvía por ahí, le rompería el cuello. La reina, muy enojada por semejante insulto proveniente de una de sus súbditas más bajas, le exigió de inmediato una explicación o la castigaría con la muerte.

—Más le valdría pagarme muy bien por lo que voy a decirle, señora, pues se trata de algo que le afecta directamente.

—¿Y con qué debería pagarte? —preguntó la reina.

—Debe darme una paca completa de lana y llenar con mantequilla una vieja cubeta que tengo, y darme también un barril lleno de trigo.

—¿De cuánta lana debería estar llena la paca?

—De la lana trasquilada de siete hordas de ovejas, más lo que aumenten por siete años.

—¿Y cuánta mantequilla se necesita para llenar tu cubeta?

—La de siete establos y lo que produzcan por siete años más.

—¿Y con cuánto se llenará tu barril?

—Se necesitará un aumento de siete barriles de trigo por siete años.

—Es una gran cantidad —dijo la reina—, pero debe tratarse de un motivo extraordinario y antes de que sea algo que me haga falta, te daré lo que me pides.

—Vaya, pues se debe a que eres tan estúpida que no te fijas en los asuntos que son más peligrosos y dañinos para ti y para tu hijo.

—¿Qué dices? —le pregunta la reina.

—Nada, sólo que el rey, tu esposo, tiene tres bellos hijos que tuvo con la reina anterior, a los que tiene encerrados en una torre hasta que sean mayores de edad. Después piensa dividir el reino entre ellos y dejará a tu hijo que se busque su fortuna por sus propios medios. Si no encuentras la manera de destruirlos, tu hijo y tal vez tú misma se van a ver sin nada

al final.

—¿Y qué me aconsejas que haga? No sé cómo actuar en este asunto.

—Debes hacer que el rey sepa que ya te enteraste de sus hijos y mostrarte sorprendida de que te lo hubiera ocultado todo este tiempo. Dile que quieres verlos y que ya es tiempo de liberarlos y que estás deseosa de que los traiga a la corte.

El rey así lo hará y habrá un gran festín para la ocasión y también mucho entretenimiento para toda la gente. Habrá concursos y entonces tú le dirás a los hijos del rey que jueguen una partida de cartas contigo, a lo que no se negarán.

Y entonces tú harás una apuesta con ellos. Les dirás que si tú ganas la partida, ellos deberán hacer lo que les pidas; y que si ellos ganan, tú harás lo que te pidan. Debes hacer el trato con ellos antes de que se sienten a jugar. Toma este paquete de cartas con el que no vas a perder.

La reina tomó el paquete de cartas y, tras darle las gracias a la cuidadora de aves por sus amables consejos, volvió al palacio, donde estuvo bastante nerviosa hasta que logró hablar con el rey sobre sus hijos. Por fin logró plantearle el asunto de una manera muy cortés, para que no pudiera notar que había algún plan detrás. El rey aceptó de buena gana lo que le pedía y mandó traer a sus hijos de la torre, quienes con gusto acudieron a la corte. Estaban felices de haber sido liberados de su confinamiento. Eran muy apuestos y más que diestros en todas las artes y ejercicios propios de su condición, por lo que se ganaron el cariño y la estima de todos los que los veían.

A la reina, más celosa de ellos que nunca, le pareció una eternidad hasta que la fiesta y el regocijo terminaron, para que pudiera hacerles su propuesta, cuyo éxito dependía sobre todo del poder de las cartas que le había dado la cuidadora de aves. Al cabo de un rato, la asamblea real comenzó a entretenerse con juegos, concursos y todo tipo de diversiones, y la reina —con astucia— retó a los tres príncipes a jugar una mano de cartas, haciendo la apuesta con ellos como se lo había dicho la cuidadora.

Aceptaron el reto y el hijo mayor y ella jugaron una primera partida, la cual ganó la reina; jugó con el segundo y también ganó la partida, luego jugó con el hijo menor, pero éste ganó, lo que ella lamentó en gran medida, pues no tenía poder sobre él como con los demás. El hijo menor era por mucho el más apuesto y el más querido de los tres.

Todo el mundo estaba ansioso de escuchar cuáles serían las órdenes de la reina para los dos príncipes sin sospechar que ella tenía malas intenciones. Ya fuera por instrucciones de la cuidadora de aves o por su propia iniciativa —eso no lo sé— les dijo que debían traerle el corcel de las campanas del caballero de Glen o perderían la cabeza.

Los jóvenes príncipes no se inquietaron en lo absoluto, pues no sabían lo que tenían que hacer, pero toda la corte quedó sorprendida de la petición de la reina, pues ella sabía perfectamente que era imposible que trajeran el corcel de las campanas. Todo aquel que había ido en su búsqueda había muerto en el intento. Sin embargo, ellos no podían retractarse de la apuesta. Le pidieron al príncipe más joven que dijera cuál era la orden que le daría a la reina, ya que le había ganado la mano en la última partida.

—Mis hermanos emprenderán un viaje que, según entiendo, es bastante peligroso. No saben qué camino tomar ni qué pueda ocurrirles. Por ello he decidido ir con ellos, pase lo que pase. Mi orden es que la reina deberá permanecer en la torre más alta del palacio hasta que volvamos o se tenga por cierto que estamos muertos. Por alimento tendrá granos de maíz y agua fría para beber, así sea por más de siete años.

Ya con todo dispuesto, los tres príncipes salieron de la corte en busca del palacio del caballero de Glen. Después de andar el camino encontraron a un hombre medio cojo. El menor de los príncipes le preguntó su nombre y cuál era el motivo por el que llevaba un sombrero negro tan particular.

—Me llaman “El ladrón de Sloan” y a veces “El ladrón de negro” por mi sombrero —respondió el hombre, quien les contó muchas de sus aventuras y volvió a preguntarles a dónde iban o cuál era el motivo de su viaje.

El príncipe, dispuesto a satisfacer su curiosidad, le contó su historia de principio a fin. “Y ahora estamos viajando sin saber si vamos por el camino correcto”.

—¡Ay, queridos amigos! No saben el peligro que corren —les dijo el ladrón—. Yo llevo siete años detrás de ese caballo y no he podido robármelo porque está en el establo y lo tienen cubierto con una sábana de seda con sesenta campanas, de manera que cuando uno se acerca, el caballo se da cuenta y se agita, y el sonido de las campanas no solamente da aviso al príncipe y a sus guardias, sino a todo el pueblo. Es imposible acercarse al caballo y todos aquellos que han sido capturados intentándolo, han sido arrojados en una enorme caldera con agua hirviendo.

—¡Dios mío! —exclamó el príncipe—¿Qué haremos? Si volvemos sin el corcel perderemos la cabeza. Estamos entre la espada y la pared.

—Vaya, si yo estuviera en su lugar preferiría morir a manos del caballero que de la cruel reina. Además, yo iré con ustedes y les indicaré el camino. Cualquiera que sea su destino, yo correré el mismo riesgo que ustedes.

Le agradecieron mucho su amabilidad y como el ladrón conocía muy bien el camino, no tardaron mucho en llegar a unos metros del castillo del caballero.

—Vamos a esperar aquí hasta que caiga la noche —dice el ladrón—, pues conozco muy bien cada rincón del lugar y sé que si hay un momento en que tendremos una oportunidad es cuando todos estén descansando, pues el corcel es el único guardia que mantiene el caballero durante la noche.

Tal como lo planearon, a media noche los tres hijos del rey y el ladrón de Sloan intentaron llevarse el corcel de las campanas, pero antes de que pudieran llegar hasta el establo, el caballo relinchó tan fuerte y se sacudió de tal modo, que las campanas sonaron con gran estruendo y en un momento se despertaron el caballero y sus hombres.

El ladrón de negro y los hijos del rey intentaron escapar, pero de inmediato se vieron rodeados, fueron hechos prisioneros y fueron llevados a ese terrible lugar del castillo donde el caballero tenía la enorme caldera con agua hirviendo en la que arrojaba a los criminales que se cruzaban en su camino, quienes se consumían por completo en cuestión de un instante.

—¡Ladrones! —les dice el caballero de Glen—. ¿Cómo se atreven a intentar robar mi corcel? Ahora verán la recompensa por semejante locura. No voy a arrojarlos al caldero a todos juntos, sino uno por uno, para que el último pueda ver el terrible desenlace de sus desafortunados compañeros. Después de decir esto ordenó a sus sirvientes que avivaran el fuego: “vamos a hervir primero al que parece el mayor de estos jóvenes y así continuaremos hasta llegar al último de ellos, este viejo campeón del sombrero negro. Parece que es el capitán y se ve como alguien que ha pasado por varios trabajos en la vida.

—Una vez estuve tan cerca de la muerte como lo está ahora el príncipe y escapé, así como él también habrá de escapar ahora —dice el caballero de negro.

—No. Nunca estuviste tan cerca como él, pues se encuentra a escasos minutos del fin de su vida.

—Pues yo estuve a menos de eso de la muerte y heme aquí. —¿Cómo fue eso? —pregunta el caballero—. Me gustaría escuchar la historia. Me parece algo imposible.

—Caballero, si después de escuchar mi relato le parece que el peligro en el que yo estuve fue mayor al que está ahora este joven, ¿le perdonaría su crimen?

—Así lo haré —responde el caballero—. Cuéntame tu historia.

—Cuando era muy joven —comenzó su relato el ladrón— yo era muy inquieto y me metía en muchos problemas. Una vez en particular, mientras estaba de paseo; yo era muy ignorante y no lograba encontrar un lugar para pasar la noche, a fin di con un antiguo horno y como estaba muy cansado me subí en él y me recosté sin nada con qué cubrirme. No llevaba mucho tiempo cuando de pronto vi a tres brujas que se aproximaban con tres bolsas de oro cada una. Pusieron sus bolsas debajo de la cabeza como si ya se fueran a dormir. Y escuché a una de ellas decirles a las otras que si por la noche llegaba el ladrón de negro mientras ellas dormían, no les dejaría ni un centavo. Me di cuenta por lo que decían que todo mundo les había hablado de mí. Yo permanecí en completo silencio mientras hablaban. Al cabo de un rato se durmieron, yo bajé del horno sin hacer ruido y junté unos montones de hierba que coloqué debajo de la cabeza de cada una y huí con el oro lo más rápido que pude. No había avanzado mucho en el camino cuando de pronto vi un galgo, una liebre y un halcón que venían detrás de mí. Pensé que debían ser las brujas, que habían cobrado esas formas para que pudieran verme por tierra o por agua. Al ver que no se habían transformado en seres terribles, me decidí a atacarlas, pensé que podría destruirlas fácilmente con mi espada. Pero tras considerar que tal vez tendrían el poder suficiente para revivir, abandoné mi idea y trepé un árbol con dificultad; en una mano llevaba mi espada y en la otra, el oro. Y cuando llegaron al árbol se dieron cuenta de lo que había hecho y volviendo a hacer uso de sus artes diabólicas, una de ella se transformó en el yunque, y otra en un pedazo de hierro, con el que la tercera formó un hacha. Comenzó a cortar el árbol y al cabo de una hora logró sacudirlo con fuerza y poco después el tronco comenzó a doblarse y supe que uno o dos golpes más derribarían definitivamente el árbol. Entonces creí que mi muerte era ya inevitable, al considerar que ellas eran muy poderosas y podrían terminar con mi vida muy pronto pero justo cuando la tercera bruja estaba a punto de dar el golpe que terminaría con mi destino, el gallo cantó y las brujas desaparecieron, no sin antes recobrar sus formas naturales por miedo a que las reconocieran y yo me vi a salvo con mis bolsas de oro.

Ahora, estimado caballero de Glen, dígame si esa no es la aventura más extraordinaria que usted haya escuchado, el haber estado a un golpe de hacha de terminar con mi vida y que además el golpe fuera dado, y escapar después de todo.

—Vaya, no puedo negar que en efecto es una historia extraordinaria —dice el caballero de Glen— y por ese motivo le perdonaré su crimen a este joven; así que aviven el fuego, pues voy a hervir a este otro.

—Me parece —dice el ladrón de negro— que él tampoco va a morir en esta ocasión.

—¿Y cómo es eso? —dice el caballero—. No tiene escapatoria.

—Pues yo escapé de una muerte más inminente que si estuviera a punto de ser arrojado en la caldera y espero que también sea el caso para él.

—¿Acaso has estado en otra situación igual de peligrosa?  —pregunta el caballero—. También me encantaría escuchar este relato, y si es tan maravilloso como el anterior, también le perdonaré la vida a este joven como lo hice con el otro.

—Como ya he dicho antes, mi manera de vivir no era buena —continuó su relato el ladrón— y en una ocasión, al encontrarme sin dinero y sin ninguna perspectiva de algo digno de atención, me vi en duros aprietos. En eso murió un rico obispo del vecindario en el que entonces me encontraba y escuché que lo habían enterrado con muchas joyas y ropas costosas, de las que en breve me haría dueño según mis planes. Por consiguiente, esa misma noche puse manos a la obra. Al llegar al lugar descubrí que se encontraba hasta el fondo de una gran cripta oscura, a la que me acerqué lentamente. Me adentré un poco en la cripta y en eso escuché un ruido de pasos que se dirigían hacia mí rápidamente. Y aunque por naturaleza soy valiente y atrevido, al pensar en el obispo muerto y en el crimen en que me veía envuelto, perdí el valor y corrí hacia la entrada de la cripta. Había dado unos cuantos pasos cuando observé que entre el lugar donde yo estaba y la luz de la entrada estaba de pie un hombre alto, de negro. Como tenía mucho miedo y no sabía por dónde pasar, saqué la pistola y le disparé, y el cayó en la entrada. Al ver que aún conservaba la forma humana, me di cuenta de que no podía ser el fantasma del obispo, así que me recobré del miedo que tenía y me regresé hasta el fondo de la cripta donde encontré un gran costal y tras examinar el cadáver supe que ya había sido saqueado y que el hombre a quien yo había tomado por un fantasma en realidad era un miembro de su propio clero. Entonces lamenté mucho haber tenido la mala suerte de matarlo, pero no podía hacer nada. Tomé el costal que contenía todas las pertenencias de valor y me dispuse a salir de tan melancólica morada, pero en cuanto llegué a la entrada de la cripta vi a los guardias que venían hacia donde yo estaba y los escuché decir que revisarían la cripta, pues el ladrón de negro no dudaría ni un segundo en robar las pertenencias del cadáver si se encontraba cerca de ahí. No sabía qué hacer, pues si me veían, sin duda perdería la vida. En aquel entonces todo mundo estaba al pendiente de mí, aunque no había nadie lo suficientemente atrevido para enfrentarse a mí directamente. Sabía muy bien que en cuanto alguien me viera, me dispararía como a un perro.

Sin embargo, no tenía tiempo que perder. Levanté al hombre que había matado para hacerlo parecer como si estuviera de pie, me oculté detrás de su cuerpo lo mejor que pude para que los guardias pudieran verlo al llegar a la cripta. Al ver a aquel hombre, quien vestía de negro, uno de los guardias gritó que se trataba del ladrón de negro, sacó su pistola y le disparó. Dejé caer al hombre y me escondí en un pequeño y oscuro rincón a la entrada del lugar. Cuando vieron caer al hombre corrieron hacia la cripta y siguieron hasta el fondo sin detenerse. Me imagino que temían que hubiera otros más con aquel que habían matado. Pero mientras estaban ocupados inspeccionando el cadáver y el interior de la cripta para ver qué cosas faltaban, me escurrí hacia fuera y me eché a correr y nunca pudieron capturar al ladrón de negro.

—Mi valiente amigo —dice el caballero de Glen— veo que has sobrevivido a varios peligros; has liberado a estos dos príncipes con tus historias, pero me temo que este joven tendrá que sufrir por los demás. Aunque si eres capaz de contarme algo tan maravilloso como lo que me has contado, también a él lo perdonaré. Este muchacho me inspira mucha compasión y no me gustaría matarlo si se puede evitar.

—Sucede que he reservado mi mejor relato para salvarlo a él, pues es al que más estimo de los tres.

—Bien. Escuchémoslo.

—Un día estaba en una de mis travesías y llegué a un gran bosque en el que estuve paseando largo rato sin poder salir de él. De pronto vi un gran castillo y el cansancio me llevó a sus puertas. Encontré a una mujer que lloraba con un bebé sentado sobre sus rodillas. Le pregunté por qué  lloraba y dónde estaba el señor del castillo, pues me extrañó mucho no ver el trajín de sirvientes ni la presencia de nadie más en el lugar.

“Mejor para ti que no esté el señor del castillo”, me dice la mujer, “pues es un gigante monstruoso con un solo ojo en la frente y que se alimenta de carne humana. Me trajo a este niño. No sé de dónde lo sacó y me ordenó que haga un pastel con él, y no puedo sino llorar por semejante orden”.

Le dije que si ella conocía algún lugar en donde pudiera dejar a salvo al niño, lo haría con gusto, pues sería mejor esconderlo que permitir que ese monstruo lo matara.

Me habló de una casa no muy lejos de ahí en la que una mujer podría cuidar al pequeño. “¿Pero qué haré con el pastel?”, me preguntó.

“Córtale un dedo al niño. Yo te traeré un lechón del bosque al que cocinarás como si fuera el niño y colocarás su dedo en un lugar estratégico. Así, si el gigante duda de que lo hayas cocinado, tú podrás mostrárselo y él se convencerá de que el pastel fue hecho con carne humana”.

Le pareció bien mi propuesta, le cortó un dedo al niño y yo me lo llevé al lugar que me indicó siguiendo sus instrucciones.

el ladron de negro
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Después le traje el lechón y preparó el pastel, yo comí y bebí con mucho gusto, y precisamente cuando ya me preparaba para irme, vimos al gigante entrar por las puertas del castillo. “Dios mío, ¿qué vas a hacer ahora?”, exclamó, “huye y escóndete entre los cadáveres que tiene en ese cuarto y desvístete para que no note nada raro en caso de que entre ahí”. Seguí su consejo y me acosté entre los cuerpos como si estuviera muerto, para ver cómo reaccionaba el gigante. Lo primero que hizo fue pedir su pastel. Cuando ella lo puso en la mesa, él dijo que olía a carne de puerco, pero como ella sabía dónde estaba el dedo que había escondido, éste apareció al momento en que le servía su porción y esto convenció al gigante. Pero el pastel sólo sirvió para aumentar su apetito y lo escuché afilar su cuchillo y decir que comería una o dos rebanadas más de carne, pues no se sentía satisfecho todavía.

Imaginen el horror que sentí cuando escuché al gigante remover los cuerpos y luego ver cómo me sujetaba y me cortaba un trozo de cadera que se llevó para asarla. Pueden estar seguros de que sentía muchísimo dolor, pero el miedo a que me matara me impidió soltar el menor grito. Una vez que acabó de comer comenzó a beber varios licores fuertes y en poco tiempo ya no podía mantener la cabeza en alto, por lo que se recostó sobre una cesta gigante que él mismo había hecho para ello y se quedó dormido. Cuando escuché que roncaba le pedí a la mujer que cubriera mi herida con un pañuelo, luego tomé el asador del gigante, lo metí al fuego hasta que estuvo al rojo vivo y se lo clavé en el ojo, pero no logré matarlo.

Le dejé el asador clavado en el ojo y salí corriendo, pero él, aunque ciego, me persiguió. Me arrojó un anillo mágico que tenía y que cayó sobre mi dedo gordo del pie, al cual se quedó pegado.

Entonces el gigante llamó al anillo y para gran sorpresa mía, éste le respondió que estaba en mi pie, él se guió con el sonido y en eso dio un salto para atraparme, pero por suerte pude evitar que me atrapara gracias a que yo sí podía ver, por fortuna logré escapar del peligro. Sin embargo me di cuenta de que de nada me serviría correr mientras tuviera pegado a mi dedo el anillo, así que tomé mi espada y me corté el dedo y los arrojé a un lago que estaba muy cerca. El gigante volvió a llamar al anillo, el cual gracias al poder de encantamiento siempre le respondía, pero él, como no sabía lo que yo había hecho, pensaba que el anillo aún estaba en alguna parte de mi cuerpo y dio un gran salto para atraparme; cayó en el lago y se ahogó. Ahora bien, estimado caballero, como podrá ver he estado frente a varios peligros y siempre he logrado escapar, pero después de esta aventura quedé cojo a causa de la pérdida de mi dedo gordo del pie.

—¡Ay, señor mío! —exclama una anciana que había estado escuchando—. Sé bien que esa historia es verdad, pues yo soy esa mujer que habitaba en el castillo del gigante y tú, señor mío, el niño que iba a convertir en un pastel. Y éste es el hombre que salvó tu vida, lo que bien puedes reconocer por el dedo que te falta y que te fue arrancado para engañar al gigante.

El caballero de Glen, muy sorprendido por lo que había oído decir a la anciana, y sabiendo que le faltaba un dedo desde que era un niño, comprendió que la historia era verdad.

—¿Y es éste el hombre que me liberó? Vaya, valiente amigo. No sólo los perdono a todos, sino podrán quedarse aquí conmigo mientras yo viva, podrán tener una vida de príncipes y serán tratados como a mí mismo.

Todos le dieron las gracias, aún de rodillas, y el ladrón de negro le explicó por qué habían intentado robar el Corcel de las campanas y por qué tenían gran necesidad de regresar a casa. —Pues en ese caso, mejor les concedo el caballo en lugar de que muera este joven valiente; así que pueden irse cuando quieran, sólo no olviden venir a visitarme de vez en cuando, que la pasaremos muy bien.

Prometieron que lo harían, y con gran alegría los príncipes se dirigieron hacia el palacio de su padre y el ladrón de negro fue con ellos.

La malvada reina había estado encerrada en la torre todo este tiempo, y al escuchar el tañer de las campanas a la distancia supo que los príncipes ya estaban de vuelta a casa y que traían el corcel y fueron tales su resentimiento y humillación que se arrojó desde la torre partiéndose en pedazos.

Los tres príncipes vivieron felices y muy bien durante el reinado de su padre, y el ladrón de negro siempre estuvo a su lado; pero no se sabe cómo les fue tras la muerte del rey.

Cuento popular irlandés, recopilado por Andrew Lang

Andrew Lang (1844-1912)

Andrew Lang (1844-1912) fue un escritor escocés.

Crítico, folclorista, biógrafo y traductor.

Influyó en la literatura a finales del s XIX e inspiró a otros escritores con sus obras. Hoy se le recuerda principalmente por sus compilaciones de cuentos de hadas del folclore británico.

Sobresalen sus compilaciones: El libro azul de las hadas, El libro rojo de las hadas, El libro verde de las hadas, El libro amarillo y carmesí de las hadas, El Anillo Mágico y Otras Historias, etc.

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