Mermaid- John Reinhard Weguelin

La Novia Pez

Criaturas fantásticas
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Amor
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Hechicería
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Había una vez un hombre y una mujer que vivían en la ribera de un arroyo y tenían una hija. Como era hija única

y además muy bonita, nunca se decidieron a castigarla por sus errores o a enseñarle buenos modales. En cuanto al trabajo, se reía en la cara de su madre si le pedía que la ayudara a cocinar o a lavar los platos. Todo lo que la joven hacía era pasar sus días bailando y jugando con sus amigos; y para lo útil que era bien podrían no haber tenido una hija.

Sin embargo, una mañana su madre se veía tan cansada que aun la egoísta joven no pudo dejar de notarlo, y le preguntó si había algo que pudiera hacer para que descansara un poco.

La buena mujer se sorprendió tanto y se mostró tan agradecida por este ofrecimiento, que la joven sintió mucha vergüenza y en ese momento hubiera limpiado toda la casa si así se lo hubieran pedido; pero su madre sólo le dijo que llevara la red de pescar a la orilla del río y remendara algunos de los agujeros, pues su padre tenía intención de ir a pescar esa noche.

La joven tomó la red y trabajó tanto que muy pronto ya no se veía un solo agujero. Se sintió muy satisfecha de sí misma, pues, a pesar de tanto esfuerzo, se había divertido mucho con toda la gente que se detuvo a charlar con ella. Para entonces el sol ya estaba en lo alto y, justo estaba doblando su red para llevarla a casa, cuando oyó un chapoteo detrás de ella. En seguida, mirando a su alrededor vio un gran pez
que saltaba en el aire. Tomando la red con ambas manos, la arrojó al agua donde los círculos se extendían uno detrás del otro, y, más por suerte que por habilidad, sacó el pez.

“¡Vaya, eres una belleza!”, exclamó para sí; pero el pez levantó la vista y le dijo:

—¡Más te vale no matarme, porque, si lo haces, yo te convertiré a ti en pez!

La joven se rió con desprecio y corrió directo hacia su madre.

—Mira lo que he pescado —dijo alegremente—; pero es casi una lástima comérselo, pues puede hablar y dice que si lo mato, me convertirá también en un pez.

—¡Ah, regrésalo, regrésalo! —imploró la madre—. Tal vez posea artes mágicas. Me moriría y tu padre también si algo te ocurriera.

—¡Ay, madre, esas son tonterías! ¿Qué poder puede tener una criatura como esa sobre mí? Además, tengo hambre y si no como pronto, me pondré de mal humor.

Y salió a recoger algunas flores para ponerse en el pelo.

Aproximadamente una hora más tarde, el sonido de un cuerno anunció que la cena estaba lista.

—¿No te dije que el pescado estaría delicioso? —exclamó y, hundiendo la cuchara en el plato, se sirvió una gran porción. Pero en el momento de ponerla en su boca un escalofrío recorrió su cuerpo. Su cabeza empezó a aplanarse y sus ojos tomaron una forma extraña; sus piernas y brazos se pegaron a sus costados y jaló aire desesperada. Con un gran saltó salió por la ventana y cayó al río, donde pronto se sintió mejor y pudo nadar hacia el mar, que estaba cerca.

Tan pronto llegó allí, la tristeza reflejada en su rostro atrajo la atención de algunos de los otros peces que se apiñaron a su alrededor, y le rogaron que les contara su historia.

—En realidad no soy un pez —dijo la recién llegada, tragando una gran cantidad de agua salada mientras hablaba, pues no se puede aprender a ser un verdadero pez en un segundo—. En realidad no soy un pez, sino una doncella; al menos eso era hace unos minutos; sólo que… Y sumergió la cabeza bajo las olas para que no la vieran llorar.

—Sólo que no creíste que el pez que atrapaste tenía el poder para llevar a cabo su amenaza —dijo un viejo atún—. Bueno, no importa, eso es lo que nos ha pasado a todos nosotros y en realidad no es una vida tan mala. Anímate y ven con nosotros para que veas a nuestra reina, que vive en un palacio que es mucho más hermoso que cualquiera de los que tus reinas puedan presumir.

El nuevo pez sintió un poco de miedo de hacer ese viaje; pero como tenía más miedo de quedarse sola, agitó la cola en señal de consentimiento y todos partieron juntos, cientos de ellos. Al verlos pasar, las personas en las rocas y en los barcos, se decían unos a otros: “¡Mira qué espléndido cardumen!”

sin tener idea de que se apresuraban para llegar al palacio de la reina. ¡Pero bueno, los habitantes de la tierra no tienen noción de lo que pasa en el fondo del mar! Por supuesto que el nuevo pececito tampoco la tenía. Había visto medusas y nautilos nadando cerca de la superficie y hermosas algas de colores flotando; pero eso era todo. Ahora bien, cuando se sumergió más, sus ojos se posaron sobre cosas extrañas.

¡Lingotes de oro, grandes anclas, montones de perlas, piedras preciosas, joyas invaluables, esparcidas en el fondo del mar! También había huesos de hombres muertos y largas criaturas blancas que nunca habían visto la luz, pues vivían sobre todo en las hendiduras de rocas donde no llegaban los rayos del sol. Al principio nuestro pececito se sentía como si también estuviera ciego, pero al fin comenzó a distinguir un objeto tras otro en la penumbra verde, y para cuando hubo nadado durante varias horas, todo se veía claro.

—Por fin llegamos —dijo un pez grande, entrando a un valle profundo, pues el mar tiene sus montañas y valles, igual que la tierra—. Ése es el palacio de la reina de los peces y creo que debes reconocer que el propio emperador no posee nada tan bello.

—Sin duda es hermoso —dijo jadeante el pececito, que estaba muy cansado por el esfuerzo de nadar tan rápido como los demás, y en verdad era hermoso más allá de las palabras.

Las paredes eran de coral rosa pálido, pulido por las aguas, e hileras de perlas enmarcaban las ventanas; las grandes puertas estaban abiertas y todo el grupo entró a la sala de audiencias, donde la reina, que resultó ser mitad mujer, estaba sentada en un trono hecho de una concha azul y verde.

—¿Quién eres y de dónde vienes? —le dijo al pececito, a quien los demás empujaron al frente.

Con voz baja y temblorosa, el visitante contó su historia.

—Una vez yo también fui una doncella —le contestó la reina, cuando el pez hubo terminado—; mi padre era el rey de un gran país. Me consiguieron un esposo y el día que me casé, mi madre puso una corona sobre mi cabeza y me dijo que mientras la usara yo también sería una reina. Durante muchos meses fui tan feliz como podía serlo una joven, sobre todo porque tenía un hijo pequeño con quien jugar. Pero, una mañana, cuando paseaba en mis jardines, vino un gigante y arrebató la corona de mi cabeza. Mientras me sujetaba me dijo que su intención era darle la corona a su hija y hechizar a mi esposo, el príncipe, de modo que no supiera la diferencia entre nosotras. Desde entonces ella se ha hecho pasar por mí y ha sido reina en mi lugar. En cuanto a mí, me sentía tan triste que me lancé al mar y mis damas, que me amaban, dijeron que morirían también conmigo; pero en lugar de morir, un mago que se apiadó de mi suerte nos convirtió a todas en peces, aunque me permitió conservar la cara y el cuerpo de una mujer. ¡Y como peces debemos permanecer hasta que alguien traiga mi corona de vuelta!

—¡Yo te la traeré si me dices qué hacer! —exclamó el pececito, que hubiera prometido cualquier cosa que pudiera regresarlo de nuevo a la tierra.

La reina respondió:

—Sí, te diré lo que debes hacer.

Se quedó en silencio un momento, y luego continuó:

—No corres ningún peligro si sigues mi consejo; primero que nada debes volver a la tierra y subir a la cima de una montaña alta, donde el gigante construyó su castillo. Lo encontrarás sentado en los escalones llorando por su hija, que acaba de morir, en tanto el príncipe anda de cacería. En el último momento, ella le envió mi corona a su padre con un sirviente fiel. Pero te advierto que debes tener cuidado, porque si te ve, puede matarte. Por tanto, te daré el poder de transformarte en cualquier criatura que mejor pueda ayudarte. Sólo tienes que darte un golpe en la frente y decir su nombre en voz alta.

Esta vez el viaje a tierra le pareció mucho más corto que antes y, cuando el pez alcanzó al fin la orilla del mar, se golpeó la frente con la cola bruscamente y gritó:

—¡Ciervo, ven a mí!

En un momento el cuerpo pequeño y resbaloso desapareció, y en su lugar surgió una hermosa bestia con cuernos como ramas y patas delgadas, ansioso por partir. Echando atrás la cabeza y olfateando el aire, se echó a correr, saltando con facilidad por encima de los ríos y muros que se interponían en su camino.

Sucedió que el hijo del rey había estado cazando desde el amanecer, pero no había matado nada y cuando el ciervo se cruzó en su camino, mientras descansaba bajo un árbol, decidió que lo iba a atrapar. Saltó sobre su caballo, que galopó tan rápido como el viento y, como el príncipe cazaba a menudo en el bosque y conocía todos los atajos, al fin alcanzó a la bestia jadeante.

—Por tu gracia déjame ir y no me mates —dijo el ciervo, volviéndose al príncipe con lágrimas en los ojos—, pues debo ir muy lejos y tengo mucho que hacer.

Y como el príncipe, mudo por la sorpresa sólo se le quedó mirando, el ciervo saltó el siguiente muro y pronto estuvo fuera de su vista.

—Eso no puede ser realmente un ciervo —pensó el príncipe, frenando su caballo sin hacer intento de seguirlo—. Ningún ciervo tiene ojos como esos. Debe ser una doncella hechizada y me casaré con ella y con nadie más.

De modo que dio la vuelta en su caballo y cabalgó despacio de regreso a su palacio. El ciervo llegó al castillo del gigante sin aliento y el alma
se le fue a los pies cuando contempló los muros altos y lisos que lo rodeaban. Entonces se armó de valor y gritó:

—¡Hormiga, ven a mí!

En un momento los cuernos como ramas y la hermosa forma desaparecieron y una pequeña hormiga café, invisible para todos los que no miraran de cerca, subía por los muros.

¡Era increíble lo rápido que la pequeña criatura avanzaba! El muro le parecía de una altura enorme en comparación con su propio cuerpo; sin embargo, en menos tiempo del que pensó que era posible, había llegado hasta arriba y bajado al patio del otro lado. Ahí se detuvo para considerar qué era mejor hacer y, mirando a su alrededor, vio que junto a uno de los muros crecía un árbol alto y en la esquina había una ventana, casi al nivel de las ramas más altas del árbol.

—¡Mono, ven a mí! —gritó la hormiga—; y antes de que nadie pudiera volverse, un mono se balanceaba en las ramas más altas para entrar a la habitación donde roncaba el gigante.

“Es posible que se asuste tanto de verme que se muera de miedo y nunca conseguiré la corona”, pensó el mono. “Mejor me convierto en algo más”. Y dijo en voz baja: —¡Loro, ven a mí!

Entonces, un loro de color rosa y gris llegó dando de brincos hasta donde estaba el gigante, quien para entonces se estiraba y daba grandes Bostezos que sacudían el castillo. El loro esperó un poco, hasta que estuviera bien despierto y entonces dijo resueltamente que lo habían enviado para llevarse la corona, que ya no era suya, pues su hija, la reina, estaba muerta.

Al oír estas palabras, el gigante saltó fuera de la cama con un rugido furioso y se lanzó contra el loro con la intención de retorcerle el pescuezo con sus grandes manos. Pero el pájaro era demasiado rápido para él y volando a sus espaldas, le rogó al gigante que tuviera paciencia, pues su muerte no le sería de ninguna utilidad.

—Eso es cierto, —respondió el gigante—; pero no soy tan tonto como para darte la corona a cambio de nada. ¡Déjame pensar lo que voy a querer a cambio!

Y se rascó su enorme cabeza durante varios minutos, pues las mentes de los gigantes siempre se mueven lentamente.

—¡Ah, sí, eso quiero! —exclamó el gigante al fin, iluminándosele el rostro—. Te daré la corona si me traes el collar de piedras azules del Arco de San Martín en la Gran Ciudad.

Ahora bien, cuando el loro era una muchacha había oído hablar de ese maravilloso arco y de las piedras preciosas y mármoles que habían quedado dentro. Imaginó que sería algo muy difícil retirarlos de la construcción de la que formaban parte, pero hasta ahora todo le había salido bien y al menos podía intentarlo. Así que se inclinó ante el gigante y se dirigió de nuevo a la ventana, donde el gigante no podía verlo. Luego llamó rápidamente:

—¡Águila, ven a mí!

Aun antes de que pudiera alcanzar el árbol se sintió transportada por fuertes alas, listas para llevarla a las nubes si allá deseaba ir, y semejando una pequeña mancha en el cielo, fue llevada por los aires hasta donde pudo contemplar el Arco de St. Martin, muy abajo, con los rayos del sol brillando sobre él. Entonces se lanzó en picada y escondiéndose detrás de un contrafuerte, de modo que no pudiera ser vista desde abajo, se puso a desenterrar con el pico las piedras azules más cercanas. Era un trabajo más difícil de lo que esperaba; pero al fin estuvo hecho y la esperanza brotó en su corazón. Después sacó un trozo de cuerda que encontró colgando de un árbol y sentándose a descansar ensartó las piedras. Cuando el collar estuvo terminado se lo colgó al cuello y dijo:

—¡Loro, ven a mí!

Poco después, el loro rosa y gris estuvo delante del gigante.

—Aquí está el collar que pediste —dijo el loro.

Los ojos del gigante brillaron al tomar en su mano el montón de piedras de color azul. Pero con todo, no era su intención renunciar a la corona.

—No son tan azules como esperaba —se quejó, aunque el loro sabía muy bien que no decía la verdad—; así que deberás traerme algo más a cambio de la corona que tanto deseas.

Si fallas, te costará no sólo la corona sino también la vida.

Mermaid- John Reinhard Weguelin
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—¿Qué es lo que quieres ahora? —preguntó el loro y el gigante respondió:

—Si te doy mi corona debo tener otra más hermosa y esta vez deberás traerme una corona de estrellas.

El loro se dio vuelta y tan pronto como estuvo fuera, murmuró:

—¡Sapo, ven a mí!

Y ciertamente se transformó en sapo y fue en busca de la corona de estrellas.

No había ido muy lejos cuando llegó a un estanque de aguas claras, donde se reflejaban las estrellas con tanto brillo que parecía que se podían tocar. Agachándose, llenó con el agua resplandeciente una bolsa que llevaba consigo y regresando al castillo, tejió una corona con las estrellas reflejadas.

Entonces gritó, igual que antes:

—¡Loro, ven a mí!

Y en forma de loro se presentó ante el gigante.

—Aquí está la corona que pediste —le dijo.

Y esta vez el gigante no pudo evitar un grito de admiración. Supo que estaba vencido y todavía sosteniendo la corona de estrellas, se volvió a la joven.

—Tu poder es mayor que el mío: toma la corona; ¡te la has ganado en buena lid!

El loro no necesitó que se lo dijeran dos veces. Tomó la corona y saltó por la ventana, gritando:

—¡Mono, ven a mí!

Al mono no le tomó ni medio minuto bajar por el árbol al patio. Cuando llegó al suelo, dijo otra vez:

—¡Hormiga, ven a mí!

Y una pequeña hormiga empezó a trepar de inmediato el alto muro. Qué gusto le dio a la hormiga salir del castillo del gigante, sosteniendo con firmeza la corona, la cual se había reducido a su tamaño, pero creció de nuevo cuando la hormiga exclamó:

—¡Ciervo, ven a mí!

¡Sin duda ningún venado corrió jamás tan rápido como éste! Sin detenerse, cruzó ríos y atravesó breñas hasta llegar al mar. Ahí gritó por última vez:

—¡Pez, ven a mí!

Y, zambulléndose, nadó por el fondo hasta el palacio, donde la reina y todos los peces estaban reunidos esperando su regreso.

Las horas desde su partida habían transcurrido muy lentamente, como ocurre siempre que la gente espera, y muchos ya habían perdido la esperanza.

—Estoy cansada de estar aquí —se quejó una criaturita hermosa, cuyos colores cambiaban con cada movimiento de su cuerpo—, quiero ver qué está pasando en el mundo de arriba. Parece que han transcurrido meses desde que ese pez se fue.

—Era una tarea muy difícil y seguro que el gigante lo mató o hace mucho que ya habría regresado —subrayó otra.

—Las moscas jóvenes saldrán ahora —murmuró un tercero—, ¡y todas serán devoradas por los peces del río! ¡En verdad es una lástima!

Cuando, de repente, se escuchó una voz desde atrás:

—¡Mira, mira! ¿Qué es esa cosa brillante que se mueve rápidamente hacia nosotros?

Y la reina dio un salto y se paró sobre la cola, por la emoción.

Un silencio cayó sobre la multitud, y aun los que estaban descontentos se callaron y observaron como los demás. El pez avanzaba sin detenerse, sosteniendo la corona con fuerza en su boca; por lo que los demás retrocedieron para dejarlo pasar. Siguió hasta donde estaba la reina, que se inclinó y, tomando la corona, la puso sobre su cabeza. Entonces sucedió algo maravilloso. Su cola se desprendió, o más bien, se dividió y se convirtió en dos piernas y un par de los pies más bonitos del mundo, mientras que sus doncellas, agrupadas a su alrededor, se despojaron de sus escamas y se convirtieron en doncellas otra vez. Todas se volvieron y se miraron primero entre sí y luego al pequeño pez, que recuperó su forma y era más hermosa que cualquiera de ellas.

—¡Eres tú quien nos ha devuelto a nuestra vida! ¡Tú, tú! —clamaron y rompieron en llanto de puro gozo.

Así que todas volvieron a la tierra y al palacio de la reina, y casi se olvidaron del palacio bajo el mar. Pero habían estado lejos durante tanto tiempo que encontraron muchos cambios. El príncipe, el esposo de la reina, había muerto unos años antes y en su lugar estaba su hijo, ¡que ya había crecido y ahora era rey! Aun en medio de la alegría de ver de nuevo a su madre, le rodeaba un aire de tristeza. Al final, la reina ya no pudo soportarlo y le rogó que dieran un paseo por el jardín. Sentados juntos en un emparrado de jazmines, donde ella había pasado largas horas como recién casada, tomó la mano de su hijo y le rogó que le dijera la causa de su tristeza.

—Porque, —dijo—, si yo puedo hacerte feliz, lo haré.

—Es inútil, —contestó el príncipe—; nadie me puede ayudar. Debo soportarlo solo.

—Pero al menos déjame compartir tu pena —insistió la reina.

—Nadie puede ayudarme —dijo—. Estoy enamorado de lo que nunca podré desposar y tengo que seguir adelante lo mejor que pueda.

—Tal vez no sea tan imposible como piensas —respondió la reina—. De todos modos, cuéntame.

Por un momento se hizo el silencio entre ellos; entonces, volviendo la cabeza, el príncipe respondió con voz suave:

—¡Me he enamorado de una hermosa cierva!

—¡Ah, si eso es todo! —exclamó la reina con alegría.

Y le contó, con palabras entrecortadas que, como él lo había imaginado, no era una cierva sino una doncella encantada que había recuperado la corona y la había traído a casa, con su propia gente.

—Ella está aquí, en mi palacio —añadió la reina—. Te llevaré con ella.

Pero cuando el príncipe estuvo delante de la joven, que era mucho más hermosa de lo que jamás había soñado, perdió el valor y se quedó de pie ante ella con la cabeza baja.

Entonces la doncella se acercó y sus ojos, al mirarlo, eran los ojos de la cierva de aquel día en el bosque. Ella susurró en voz baja:

—Por tu gracia déjame ir, y no me mates.

El príncipe recordó sus palabras y su corazón se llenó de felicidad. Y la reina, su madre, los contempló sonriente

Cuento popular catalán, recopilado por Francisco Maspons y Labrós (1840-1901), posteriormente publicado y adaptado por Andrew Lang

Francisco Maspons y Labrós

Francisco Maspons y Labrós (1840-1901) fue un folklorista, escritor y jurista español, de Granollers del Vallés (Cataluña).

Recopiló y adaptó cuentos populares y leyendas de tradición oral catalanas.

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