Cuentos con Magia
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Sabiduría
Cuentos con Sabiduría

Había una vez un hombre y una mujer que tenían un hijo muy espabilado y travieso, que nunca sentía miedo, siempre alardeando de que nada le asustaba.

Pues bien, sus padres lo pusieron en la escuela, y el cura, cansado al cabo de algún tiempo de tanta fanfarronería, un día le dijo: “Pues yo te haré conocer lo que es el miedo”. Y, cogiendo una olla de barro, le hizo dos agujeros como ojos, otro agujero para la nariz, una boca grande con dientes hechos con ajos muy blancos. La puso encima de un saco lleno que mantuvo erguido, encendió dentro de la olla una luz, le dibujó rayas con cerillas al saco y lo colocó todo arriba del campanario, poco antes de que el niño subiera a tocar el toque de ánimas.

El niño no sabía nada, y cuando fue la hora, entró en la iglesia, oscura y vacía, donde solo ardía una lámpara medio apagada ante el Santísimo, que proyectaba sombras extrañas y móviles por las paredes y el alto techo. Se dirigió hacia la escalera del campanario, estrecha y tortuosa, la subió y, al llegar arriba, se encontró en el último rellano con aquella fantasma oscura, con su horrible cabeza de calavera y los huesos que brillaban y se apagaban moviéndose constantemente.

El niño la miró un rato, soltó una media risa y de repente le dijo:

–Oh, seas quien seas, alma o persona, ya puedes irte ahora mismo si no quieres que te eche yo.

Pero la fantasma, oscura y extraña, brillaba por todas partes, sobre todo por los ojos y la boca, ya que el viento hacía moverse la llama que daba verdadero espanto. Le dijera lo que le dijera, la fantasma no se movía, así que el niño volvió a gritarle:

–Seas quien seas, te digo que te vayas.

Y viendo que no se movía, fue hacia ella, la agarró y la tiró escaleras abajo. Luego se puso tranquilamente a tocar el toque de ánimas, mientras la olla se rompía al caer por los escalones y el saco hacía tal estrépito al caer que parecía que la escalera y la iglesia se venían abajo.

El niño, con toda calma, cuando terminó los toques, bajó del campanario, cruzó la iglesia aún oscura, excepto por la lámpara que con sus largas sombras aún daba más miedo, y se fue a la rectoría, donde el cura, admirado, le preguntó si le había pasado algo.

–No, nada.

–¿Y ese ruido que se oyó?

–¡Ah! Era una fantasma que había en la escalera, y como no me dejaba pasar, la tiré escaleras abajo. Si quiere verla, quizás aún la encontrará por ahí tirada. –Y todo tranquilo, se fue a dormir.

El cura quedó más que asombrado y, a la mañana siguiente, todo el pueblo estaba al corriente. Por eso empezó a correrse la voz, y todos iban a preguntar al niño si no se había asustado nada, ya que no podían creerlo. Pero el niño siempre respondía que no entendía por qué habría de asustarse, que aún no conocía el miedo ni había nadie capaz de enseñárselo.

Pues bien, en el pueblo había una casa muy grande y deshabitada, a la que hacía tiempo que nadie se atrevía a acercarse, ya que decían que había almas en pena y se oían ruidos de cadenas, muriendo todos los que se atrevían a entrar.

Todos empezaron a decirle que si iba allí sabría lo que era el miedo, y que si lo hacía una vez, no repetiría. Tanto insistieron que dijo que quería ir, pero que antes le dieran una sartén, leña y comida para cenar.

Entonces la gente se espantó, le suplicaron que no fuera, que moriría y era una lástima siendo tan joven. El niño ni siquiera quiso escucharles, agarró las tres cosas y se fue hacia la casa.

Entró, cerró bien la puerta, se dirigió a la cocina, encendió el fuego y, justo cuando iba a cocinar la comida, oyó una voz desde la oscura chimenea que decía:
–Ay, que se me cae una pierna; ay, que se me cae una pierna.

–Pues que caiga –respondió el niño.

Y cayó, larga y estirada, una pierna de hombre. El niño la miró, sin darle importancia, y volvió a cocinar. Pero aún no se había puesto a ello cuando volvió a oír la voz:

–Ay, que se me cae una pierna.

–Pues que caiga.

Y cayó otra pierna. El niño volvió a lo suyo y la voz siguió diciendo que se le caía un brazo, luego el otro, después el cuerpo y por último la cabeza. Cuando todo estuvo abajo, el niño vio la cabeza en el suelo, la cogió, colocó el tronco derecho, le juntó las piernas y los brazos y le puso la cabeza encima para ver qué figura hacía. De pronto, las partes se unieron formando un hombre, y un muerto se le apareció.

–Hola, ya tengo compañía.

Y con toda tranquilidad, se puso a cocinar la cena, mientras el muerto lo observaba. Una vez cocinada, se sentó a la mesa, invitó al muerto, y viendo que este solo lo miraba fijamente, le dijo:
–Tú mismo, haz lo que quieras. –Y se puso a cenar. Luego preparó una cama y se acostó justo al lado del muerto, pues no había otro sitio, durmiendo tranquilamente hasta la mañana siguiente. Al despertar y no ver a nadie, abrió la puerta y se fue al pueblo.

Cuando lo vieron, todos se quedaron asombrados, no lo podían creer. Le dijeron que si no le pasó nada la primera noche, quizás le pasaría la segunda. Y él, deseando conocer lo que era el miedo, dijo que también iría esa otra noche. Como así hizo.

Esa noche fue a la casa, cerró bien la puerta y fue directo a la cocina. Allí preparó el fuego y, cuando ya tenía todo listo para cocinar, oyó una voz que gritaba:

–Ay, que se me cae una pierna.

–Pues que caiga.

Y plam, cayó una pierna fría y tiesa con estrépito. El niño no hizo caso. Al rato, oyó la misma voz:

–Ay, que se me cae una pierna.

–Así serán dos.

Y cayó otra pierna.

–Buen servicio me harán si se me estropean las mías. Pero veo que están frías.

Y las puso erguidas junto al fuego para calentarlas. Al poco rato cayó un brazo, luego otro, después el cuerpo, y el niño lo puso todo junto a las llamas.

–Pareces un hombre decapitado. –Y aún no había terminado de decirlo cuando una cabeza de hombre rebotó por el suelo.

–Vaya, ahora sí que estás completo y tendré compañía para cenar. –Y acercando todos los miembros, estos se unieron formando un hombre, que se puso a su lado y le pidió un poco de lo que comía.

Él le ofreció algo de comida, y el muerto, en vez de tomar la comida, le cogió la mano con la suya fría y espantosa, y ya no se la soltó más. Apoyando la cabeza sobre él, quedó como dormido. El niño, al ver eso, también se apoyó sobre el muerto y se durmió con tanta tranquilidad, que ya era de día cuando despertó y se encontró completamente solo.

Se levantó y volvió al pueblo, donde nadie creía que hubiera podido salir de allí. “Si ha sobrevivido dos noches, no lo hará la tercera”, decían. Y el niño, que no deseaba otra cosa que conocer el miedo, al llegar la tercera noche, poco a poco se fue para allá, se puso a cocinar, y enseguida oyó la misma voz que gritaba:

–Ay, que se me cae una pierna.

–Pues que caiga.

Y luego otra, y un brazo, y el cuerpo, y por fin la cabeza. Entonces apareció un hombre horrible, amarillo, con los ojos saltones, los cabellos erizados, las manos crispadas y con voz cavernosa empezó a gritar como un loco:

–Por ti llevo tres noches vagando por esta casa, por ti estoy obligado a salir del lugar donde estoy, para ver si puedo hacerte seguirme, por ti no tengo paz ni sosiego.

Y abrazándolo, lo apretó con tanta fuerza que lo habría matado si el niño, prevenido, no hubiera esperado el momento para deshacer el abrazo y decirle:

–¿Crees que puedes conmigo? Pues toma. –Y le dio tal revés que lo tiró al suelo.

Entonces se sentó tranquilamente a la mesa y se puso a cenar. El muerto se levantó y le dijo:

–Tú has vencido y has sabido derrotar al miedo: eso te ha salvado. Ven conmigo.

El niño lo siguió, y caminaron por pasillos oscuros y estrechos hasta llegar a un patio donde crecía la hierba. El muerto le hizo coger una azada y le dijo que cavara.

Así lo hizo el niño, y cava que te cava, cuando el agujero ya era algo hondo, encontró una caja.

–Sácala –dijo el muerto.

El niño se la cargó al hombro, la subió y la dejó sobre la hierba.

–Cava más hondo –dijo el muerto.

Y otra vez el niño se puso a cavar, y más al fondo apareció otra caja.

–Sácala.

El niño la cargó y la puso junto a la otra.

–Cava más hondo –añadió el muerto.

El niño lo hizo, encontró otra caja y también la sacó. Cuando las tres estuvieron fuera, el muerto le dijo:

–Ábrelas.

El niño obedeció. Abrió las cajas: la primera estaba llena de monedas, la segunda de plata, y la tercera de oro que brillaba intensamente.

Entonces el muerto le dijo:

–Tú has sabido vencer el miedo y resistir la prueba hasta la tercera noche: el premio es tuyo. De las monedas, da caridad a los pobres; de la plata, hazme decir misas por mi alma; y el oro, quédate con él, que bien lo has ganado con tu valentía. –Y desapareció.

El niño, al verse con todo aquello, puedes imaginar la alegría que tuvo. Cumplió los encargos del muerto y con el oro fue rico para toda su vida.

Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875

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