flor
Cuentos de terror
Cuentos de terror

Érase una vez un rey que tenía dos hijos y que sufría de un mal en la pierna, el cual, por más remedios que probara, no conseguía curar de ninguna manera. Esto lo tenía siempre angustiado y triste, y mandó buscar por todas partes a los mejores médicos; pero ninguno sabía darle una cura eficaz, salvo uno que le indicó que debía ponerse de la flor del penical.

El rey, que ya era muy anciano, llamó a sus dos hijos y les encargó que buscaran dicha flor, que para él era la vida, prometiendo al que se la trajera que lo haría heredero del reino. Y he aquí que los muchachos, con todo su entusiasmo, partieron a la búsqueda, y después de mucho buscar, fue el más pequeño quien la encontró. Pero cuando el mayor lo supo y se vio sin la corona, salió a su encuentro, le quitó la flor, hizo un hoyo en el suelo y lo enterró junto al río de arenas.

De aquel lugar brotaron unas cañas, y un pastor hizo una flauta con una de ellas, la cual, en cuanto se la llevó a la boca, comenzó a sonar:

Pastorcillo, buen pastorcillo,
tú que me tocas y me llevas,
estoy enterrado en el río de arenas
por la flor del penical,
por la pierna de mi padre
que tanto le hacía sufrir.

Imagina la sorpresa: el pastor no sabía lo que pasaba, volvió a soplar y la flauta repitió la misma canción. La gente empezó a hablar de ello, y la historia llegó hasta los oídos del rey, quien mandó traer inmediatamente al pastor. Y tan pronto como estuvo delante de él, la flauta volvió a sonar:

Oh tú, padre, mi padre,
tú que me tocas y me llevas,
estoy enterrado en el río de arenas
por la flor del penical,
por la pierna de mi padre
que tanto le hacía sufrir.

El rey, al oír esto, se maravilló, y a bien o a mal, obligó a su hijo mayor a tocar la flauta, y entonces esta sonó:

Hermanito, mal hermanito,
tú que me tocas y me llevas,
estoy enterrado en el río de arenas
por la flor del penical,
por la pierna de mi padre
que tanto le hacía sufrir.

Tras oír esto, el rey preguntó al pastor de dónde había sacado aquella caña que decía tales cosas, y cuando el pastor le explicó que la había cortado junto al río de arenas, de un cañaveral que poco tiempo antes no existía, el rey quiso ir allí. Mandó arrancar el cañaveral y, enterrado debajo, encontraron al hijo pequeño, que aún seguía con vida. El padre sintió una gran alegría, al mismo tiempo que una gran indignación hacia su hijo mayor, al que mandó condenar a muerte, y entregó el reino a su hijo pequeño, que era quien había encontrado la flor del penical.

Otros cuentan que un padre que tenía una llaga en la pierna encargó a sus hijos que le fueran a buscar la flor del penical. Los dos mayores dejaron que el pequeño fuera solo, quien entró en una huerta, pidió la flor y se la dieron, recomendándole sobre todo que la escondiera, porque si sus hermanos la descubrían, lo matarían. Él se la escondió en la media, pero por el camino sus hermanos lo encontraron, lo registraron entero y al descubrirle la flor del penical, cavaron un hoyo en el río de arenas y lo enterraron allí. En ese lugar creció enseguida un gran cañaveral, hasta que un día pasó por allí un pastor del padre que estaba cuidando el ganado, e hizo una flauta con una de las cañas, la cual sonó así:

Pastorcillo, buen pastorcillo,
tú que me tocas y me llevas,
estoy enterrado en el río de arenas
por la flor del penical,
por la pierna de mi padre
que tanto le hacía sufrir.

El pastor fue inmediatamente a casa de su amo, quien al oír la flauta mandó ir al río de arenas para arrancar las cañas, y con las raíces de estas encontraron cabellos finos y rubios, y cavando más profundo hallaron aún vivo al hijo pequeño. La justicia rigurosa dictó sentencia de muerte para los hermanos, y el padre nombró heredero a su hijo menor, quien bien lo merecía.

Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875

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