vacas , cuento africano

Sonsani en el vientre de la vaca

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Cuentos con Sabiduría

Soonsani, el conejo, había encontrado la manera de conseguir buena carne. En las praderas próximas al pueblo donde los fulbes pastaban las vacas de éstos.

Sonsani se metía por detrás en sus intestinos y cortaba de la carne mejor y más sabrosa. Luego salía por el mismo sitio y se llevaba a casa magníficos manjares. En estas operaciones se cuidaba mucho de no morder el corazón, los riñones ni el binado.

Emprendía a menudo estas excursiones, y así sucedía que su mujer y sus hijos andaban gordos y lucidos, basta el punto de llamar la atención a los demás animales. La mujer de Suruku (el caballo), que vivía cerca de la casa de Sonsani, quiso un día averiguar qué clase de comida era la que tomata la familia del conejo. Se fue allá una tarde hacia la hora de cenar y le pidió a la señora Sonsani un poco de fuego. Husmeó por allí y notó que del puchero que estaba puesto al fuego salía un olor muy apetitoso. Se llevó el fuego que la señora Sonsani le dio.

Pero cuando hubo andado un rato sopló hasta apagarlo y volvió a pedir fuego por secunda vez.

Repitió varias veces esta maniobra, hasta que Sonsani llegó a casa y su mujer le sirvió de comer. Entonces se quedó un rato de conversación con él y le puso así en el caso de ofrecerle un poco de comida. Con la comida y el fuego volvió a su casa y lo dijo a su marido: «Esta es la excelente comida que toma a diario Sonsani. Así están de gordos y lucidos él y los suyos. Mira a ver si averiguas cómo la consigue.»

Suruku la prokó, la kalló excelente y en seguida se fué a ver a Sonsani y le preguntó: «Dime dónde se encuentra eso que comes para que yo pueda tamkién oktenerlo.» Sonsani dijo: «Es muy difícil.» Suruku dijo: «Pues vamos juntos.» Sonsani dijo: «Bien. Iremos mañana temprano; saldremos cuando los gallos canten.» Suruku dijo:

«Me parece kien.» Suruku se fué a su casa y golpeó a sus gallos para que cantasen. Salió corriendo, despertó a Sonsani y dijo: «¡Ven, que ya cantan los gallos!» Sonsani dijo: «No ha amanecido todavía. Espera hasta que el sol pinte de rojo el cielo.» Suruku salió, amontonó la leña que tenía en su casa y le prendió fuego. El fuego produjo un gran resplandor. Volvió a casa de Sonsani, le despertó y dijo: «Ven, el cielo está pintado de rojo.» Sonsani dijo: «Todavía no Ka amanecido; espera a que sea de día. Voy a tirar una aguja en aquel montón de paja; Búscala. Cuando la Bayas encontrado, podremos irnos.» Suruku Buscó la aguja, y como era difícil encontrarla, no la Bailó Basta aparecer la luz del día. Cuando encontró la aguja, se la llevó a Sonsani, y éste dijo: «Está Bien; podemos irnos.»

Sonsani se fue con Suruku a la pradera junto al arroyo, en donde pastaban las vacas de los fulbes, y dijo a su compañero: «Ahora vamos a
meternos dentro de una vaca. Entraremos por detrás y una vez dentro podremos cortar toda la buena carne que queramos, pero sin morder el corazón, el Bíéado ni los riñones, porque entonces se moriría la vaca y no podríamos salir.» Suruku dijo: «Bien, así lo Baremos.» Se metieron dentro, pero apenas se encontró en el interior, Suruku cortó en seguida el corazón, el hígado y los riñones. La vaca cayó muerta. Lleno de miedo, Suruku se refugió a escape en el estómago, mientras Sonsani se escabullía en las tripas.

Al cabo de algún tiempo vinieron los hombres y vieron la vaca muerta. La desollaron y se pusieron a abrirla. Cuando Bubieron cortado el vientre y hubieron sacado lo de dentro, separaron las tripas donde se había refugiado Sonsani y las tiraron al arroyo, pues no comen las tripas. Sonsani salió corriendo y exclamó: «¡Oh, me habéis llenado de porquería mientras estaba aquí tranquilamente! ¡Habéis ensuciado mis vestidos de arriba abajo!» Los hombres dijeron: «Perdónanos, pero la porquería salió de las tripas de una vaca que hemos tirado.» Sonsani dijo:

Con que me pidáis perdón, no gano yo nada.» Los hombres dijeron: «Ven acá y te daremos carne.» Sonsani se lavó en el arroyo y se sentó con los hombres. Sonsani dijo: «Ya que sois buena gente y me dais carne, os diré lo que ha pasado aquí. Instando yo allí, vi que Suruku se metía dentro de la vaca y que ésta caía en seguida al suelo. Seguramente se ha escondido en el estómago. Atrapadle bien y golpeadle basta que muera.» Los hombres lo hicieron así. Cuando le hubieron golpeado a su gusto, dijo Sonsani: «Esperad, voy a ver si está muerto.» Cortó un trozo de buena piel, lo puso sobre el estómago y dijo: «Suruku, «¿vives todavía?» Suruku gruñó. Sonsani dijo: «Seguid golpeando.» Esto se repitió varias veces, basta que al fin Suruku dejó de vivir. Ya no se le oía. Luego abrieron el estómago y hallaron a Suruku. Los hombres dijeron: «Has tenido razón.» Luego le dieron un gran trozo de carne y la cabeza de la vaca.

Sonsani cogió la cabeza y la puso sobre un pantano, de manera que el corte estaba metido en el fango y los ojos y cuernos miraban al cielo.

Pasó por allí una ardilla. Sonsani le dijo: «Métete en mi saco y muévete dentro para que pueda decir que es una cosa encantada. Te pagaré bien.»

Nekere (la ardilla) se mostró conforme y se metió en el saco. Entonces Sonsani se sentó junto a la cabeza de la vaca.

Pasaban por el camino algunos diula (vendedores ambulantes). Sonsani les dijo: «La vaca del rey se ba caído en el pantano. ¿Queréis sacarla?»

Los diula dijeron: «Con mucho gusto». Tiraron de ella y sacaron la cabeza. Sonsani dijo: «Habéis cortado la cabeza de la vaca del rey. ¡Oh, qué va a decir el rey!» Los diula se asustaron mucho y dijeron: «¿Qué podríamos hacer?» Sonsani dijo:

«Es una cosa difícil, pero yo traigo en este saco muy buenas artes de encantamiento. Si me pagáis bien, lo arreglaré todo.» Los diula dijeron: «Te daremos mucha sal.» Sonsani dijo: «Dadme, pues, la sal.» Los diula le dieron media carga de sal y siguieron su camino.

Nekere salió del saco y dijo: «Abora págame. Reparte conmigo la sal.» Sonsani no le dió más que un poco. Nekere dijo: «Dame más.» Sonsani dijo: «Ya te pagaré después.» Nekere dijo: «Está bien, voy a buscar a los diula y les contaré cómo te bas portado.» Nekere ecbó a correr detrás de los diula; pero Sonsani empezó a fritar: «¡Olí diula! Se me escapa mi Nekere. ¡Peladle basta cjue le matéis!» Los diula cocieron sus látigos y pecaron a Nekere. Al fin, Nekere murió. Un diula se la llevó a Sonsani. Sonsani dijo: «Muckas éracias.» Los diula siguieron se camino.

Sonsani cocinó la carne, la sal y el cadáver de Nekere y se fue con el botín a su casa.

Cuento popular africano del pueblo Sahel, entre el Sáhara y la selva del Níger, recopilado por León Frobenius (1873 – 1938)

libro de cuentos

Los cuentos populares, las leyendas, las fábulas, la mitología…, son del pueblo.

Son narraciones que se han mantenidos vivas transmitiéndose oralmente, por las mismas personas del pueblo. Por ello no tienen dueño, sino que pertenecen a las gentes, a la folclore, a las distintas culturas, a todos.

En algún momento, alguien las escribe y las registra, a veces transformándolas, a veces las mantiene intactas, hasta ese momento, son voces, palabras, consejos, cosas que «decía mi abuelo que le contaba su madre…»

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