princesa
Cuentos de Amor
Cuentos de Amor

Érase una vez un rey muy poderoso al que nada le faltaba para ser feliz, salvo que de ninguna manera podía tener hijo ni hija con su muy amada y gentil esposa, lo cual lo tenía profundamente afligido y entristecido.

Y he aquí que un día su esposa dio a luz a una niña que, por lo hermosa y agraciada, bien podía ser la alegría de cualquier padre, más aún cuando el rey siempre había deseado tener descendencia, ya fuera hijo o hija. Pero no fue así, porque el ser humano, cuando no tiene algo, lo desea, y cuando lo tiene, quiere otra cosa. El rey se disgustó mucho por haber tenido una hija y no un hijo que pudiera sucederle, ya que, según él, con una hija tal vez se conservaría el buen nombre y el esplendor de su poderoso reino, pero no con el orgullo con que hasta entonces lo había sostenido.

Por eso comenzó a mirar mal a la niña, y la tuvo tan despreciada que un día ordenó echarla de casa, y así lo hizo.

La muchacha, una vez fuera, muy triste y llorosa, empezó a caminar, y anduvo y anduvo hasta que, llegada la noche, encontró un bosque. No se atrevía a entrar, pues nunca había salido de su casa y no conocía nada del mundo, y una arboleda así le causaba mucho miedo. Pero como la necesidad no tiene ley, y aunque el temor la retenía, finalmente se decidió a entrar. Una vez dentro, con la poca luz del cielo, vio un árbol de gran copa y bajo él una viejecita de esas que tienen muchos consejos y sabiduría, y que siempre están dispuestas a hacer una buena obra. La cual, al verla tan triste, le pidió que por favor le contara por qué lo estaba y cómo había llegado allí. La joven le contó su pena, que era tan grande que conmovió a la anciana, y queriendo ayudarla en lo que pudiera, le dio un ovillo de oro tan bueno como no había otro igual en el mundo, diciéndole antes que sólo le pedía que lo recibiera con un consejo: que no se deshiciera de él nunca, por mucho que se lo pidieran, salvo que fuera en tratos de matrimonio o boda.

Con eso, la joven quedó muy reconfortada, y al amanecer, después de despedirse de la anciana, con gran sentimiento en el alma, se marchó, caminando hasta llegar a otro reino, y en él, a una gran ciudad donde se detuvo.

Y he aquí que tan pronto estuvo en la ciudad, vio mucha gente que iba y venía, como si no encontraran lo que buscaban. Todos ellos vestían ricas ropas bordadas en oro y plata, con lo que la muchacha comprendió que se encontraba en la ciudad donde estaba el palacio del rey y que aquellos eran sus pajes. Eso despertó su curiosidad, y queriendo saber la razón de tanto ir y venir, se dirigió a uno de los pajes y le pidió que por favor le dijera por qué iban tan apurados. Pero como los pobres y mendigos no son escuchados, la joven ni siquiera recibió respuesta. Esto no la desanimó, al contrario, siguió preguntando hasta que encontró uno que le explicó que, al bordar la reina un vestido para su real esposo, se le había acabado la seda de oro, que era de una calidad tan fina y especial que, por más que buscaban, no encontraban ninguna igual, lo cual tenía muy disgustado al rey por lo mucho que apreciaba y quería a su virtuosa y gentil esposa.

Y como la joven tenía el ovillo que le había dado la anciana, se alegró de poder ayudar, si es que su hilo de oro se parecía al que usaba la reina, y pidió al sirviente que fuera al palacio y dijera que ella tenía un ovillo de oro tan bueno y fino como no lo había otro en el mundo. Pero no le hicieron ningún caso, creyéndola una loca. Al final, tanto insistió que llegó a oídos del hijo del rey, un joven muy noble y apuesto, tanto de ánimo como de aspecto, quien inmediatamente pidió permiso a sus padres para hacer entrar a la joven en palacio, y una vez le fue concedido, la llevó hasta la cámara de la reina.

Una vez dentro, ella mostró su hilo de oro, que era tan igual al que usaba la reina que enseguida se ordenó que se le pagara bien. Pero ella, recordando el buen consejo de la anciana, en ningún caso quiso venderlo, y por más que le ofrecieron joyas y riquezas de todo tipo, no consiguieron nada, pues se negó a entregarlo salvo que fuera en tratos de matrimonio o boda. Esto causó gran enojo a los reyes, aunque se dijo con toda cortesía, pues hacía imposible conseguir el hilo de oro, ya que de ninguna manera querían que su hijo se casara con una muchacha pobre y sencilla del pueblo. Pero como el corazón solo siente y no razona, y en los corazones jóvenes solo reina el amor, el príncipe, viendo en ella una joven tan encantadora como discreta, gentil y recatada, se enamoró con tal pasión, que por más que hicieron sus padres para apartarlo de ese pensamiento, y por más que se enojaron, no lograron nada.

Esto causó tanto dolor en palacio, que al fin la muchacha, viendo que su pobreza era la única causa del rechazo, decidió revelar que era hija del rey vecino. Todos se alegraron mucho al saberlo, e inmediatamente mandaron buscar a su padre, que ya mucho había llorado por la pérdida de su hija. Se prepararon muchos juegos y fiestas, y después de concertar las bodas, se casaron princesa y príncipe, siendo desde entonces todos muy felices y dichosos por el resto de sus vidas.

Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875

Otros cuentos y leyendas