

En el cielo nacía la luna joven y luminosa, y en la tierra, del viejo prebendado, el viejo sacerdote León, nació un hijo, un poderoso caballero, y lo llamaron por nombre Alyósha Popóvich; un hermoso nombre para él.
Alimentar a Alyósha no era cosa fácil, lo que para cualquier otro bebé era alimento para una semana, para él era alimento para un día, y lo que para otros era alimento para un año, para él era alimento para una semana.
Cuando Aliosha empezó a pasear y a jugar con los otros niños, los problemas crecieron. Si tocaba la manita de alguien, esa mano desaparecía; si tocaba la naricita de cualquiera, esa nariz estaba acabada: su juego era insaciable y terrible. Y a cualquiera a quien agarraba por la cintura, lo mataba.
Y Alyósha comenzó a crecer, así que pidió la bendición de su madre y de su padre, porque quería ir y viajar por el mundo.
Su padre le dijo:
—Alyósha Popóvich, vas a campo abierto, y aunque eres fuerte y grande, todavía hay alguien más poderoso que tu, por tu bien toma a tu servicio a Marýshko, el hijo de Parán, y viajad los dos juntos.
Entonces los dos jóvenes montaron en sus buenos caballos y se dirigieron al campo abierto. El polvo se levantó detrás de ellos en una alta columna, y se podía contemplar a los dos valientes jóvenes hacia su propia aventura.
Así los dos valientes jóvenes pasaron a la corte del príncipe Vladimir. Y Alyósha Popóvich fue directamente al palacio de piedra blanca del príncipe Vladímir, se santiguó como corresponde, se inclinó sabiamente en las cuatro direcciones, y especialmente ante el príncipe Vladímir. El príncipe Vladímir salió al encuentro de los valientes jóvenes y los sentó a una mesa de roble, les dio buena comida y bebida y luego les pidió noticias del mundo. Y los valientes jóvenes se sentaron a comer pan de especias horneado y a beber vinos fuertes.
Entonces el Príncipe Vladímir preguntó a los valientes jóvenes:
—¿Quiénes sois, valientes jóvenes? ¿Sois poderosos caballeros o caminantes errantes que arrastran sus problemas? No sé ni vuestro nombre ni el de vuestro compañero.
Entonces Alyósha Popóvich respondió:
—Soy el hijo del viejo prebendado León, mi nombre es Alyósha Popóvich, y mi camarada y sirviente es Marýshko, el hijo de Parán.
Y cuando Aliósha hubo comido y bebido, fue a sentarse junto a la estufa de ladrillos para descansar del calor del mediodía, mientras Marýshko se sentaba a la mesa.

Justo en ese momento el caballero, hijo de la Serpiente, estaba haciendo una incursión y asolaba todo el reino del Príncipe Vladímir. Túgarin Zmyéyevich, hijo de la Serpiente, llegó al palacio de piedra blanca, fue ante el príncipe Vladimir. Pisó con la pierna izquierda el umbral y con la derecha la mesa de roble. Luego, mientras bebió y comió, conversó con la princesa, burlándose del príncipe Vladimir y injuriándole. Se puso una rebanada de pan y luego amontonó una sobre otra y sobre otra. Después se metió en la boca un cisne entero, y se comió todo cuanto había en la mesa.
Alyósha Popóvich estaba tumbada sobre la estufa de ladrillos y le habló así a Túgarin Zmyéyevich:
—Mi viejo padre, el sacerdote León, tenía una vaquita que era una gran glotona: se comía todas las tinajas de cerveza con todas las heces. ; y entonces la vaquita, la glotona, llegó al lago, y bebió y lamió toda el agua del lago. Bebió tanto que reventó, y así también habría despedazado a Túgarin después de su comida.
Entonces Túgarin se enojó con Alyósha Popóvich y le lanzó su cuchillo de acero. Aliosha rápidamente se giró y se quedó detrás de una columna de roble. Entonces Alyósha habló de esta manera:
—Te agradezco, Túgarin Zmyéyevich, me has dado un buen cuchillo de acero: ahora con este cuchillo romperé tu pecho blanco, te arrancaré los ojos claros y contemplaré tu corazón aun latiendo.
En ese momento Marýshko Paránov saltó de detrás de la mesa de roble, se puso de pie, agarró a Túgarin, cayó de espaldas y lo arrojó. Luego levantó una de las sillas y la arrojó contra el palacio de piedra blanca, y las ventanas de vidrio se hicieron añicos.
Entonces Alyósha Popóvich dijo desde la estufa de ladrillos:
—¡Oh Marýshko, hijo de Parán, has sido un servidor fiel!
Y Marýshko, hijo de Parán, respondió:
—Dame, Alyósha Popóvich, tu cuchillo de acero, y abriré el pecho blanco de Túgarin Zmyéyevich, cerraré sus ojos claros y contemplaré su corazón aun latiendo.
Pero Alyósha respondió:
—Salve, Marýshko Paránov, no manches el palacio de piedra blanca. Déjalo salir al campo abierto dondequiera que pueda, y mañana lo encontraremos en el campo abierto.
Así que por la mañana temprano, muy temprano, Marýshko, hijo de Parán, se levantó con el pequeño sol y sacó los fuertes caballos para abrevarlos en el rápido arroyo. Túgarin Zmyéyevich salió rápido y desafió a Alyósha Popóvich a luchar contra él en campo abierto. Y Marýshko Paránov se acercó a Alyósha Popóvich y le dijo:
—Dios debe ser tu juez, Alyósha Popóvich: no me diste tu cuchillo de acero; debería haberle arrancado el pecho a ese rufián pagano, debería haberle arrancado sus ojos brillantes, y debería haber sacado su corazón contemplarlo aun latiendo. Ahora, ¿qué harás con Túgarin? Marcho volando y no podremos alcanzarlo.
Entonces Alyósha Popóvich habló de esta manera:
—Esto no fue un servicio, sino una traición.
Entonces Aliosha sacó su caballo, lo ensilló con una silla circasiana y lo ató con doce cinchas de seda, no para adornarlo, sino para darle fuerza, luego salió al campo abierto y vio a Túgarin Zmyéyevich, que volaba en campo abierto.
Entonces Alyósha hizo una oración:
—Santa Madre de Dios, castiga al traidor , y concede de la nube negra una lluvia espesa y arenosa que humedezca las ligeras alas de Túgarin, y él pueda caer sobre la tierra gris.
Aparecieron pues en el cielo unas nubes negras, dejaron caer una lluvia espera y arenosa, humedeció las alas de Túgarin y este cayó a la tierra.
Cuando Túgarin y Alyósha se encontraron, fue como dos montañas cayendo una sobre otra. Pelearon con sus garrotes, y sus garrotes quedaron destrozados hasta las empuñaduras. Sus lanzas se encontraron y sus lanzas se rompieron en pedazos. Entonces Alyósha Popóvich descendió de la silla ligero como un haz de avena, y Túgarin Zmyéyevich estuvo a punto de derribar a Alyósha. Pero Alyósha Popóvich se resistió, se paró firme y, volviéndose hacia el otro lado, hirió a Túgarin con su cuchillo de acero debajo del pecho derecho y arrojó a Túgarin de su buen caballo. Y entonces Alyósha Popóvich gritó:
—Túgarin, te agradezco, Túgarin Zmyéyevich, por el cuchillo de acero: arrancaré tu pecho , arrancaré tus ojos brillantes y contemplaré tu corazón aun latiendo.
Y así lo hizo Alyósha, luego le cortó la cabeza y se la llevó al príncipe Vladímir. Y mientras avanzaba empezó a jugar con aquella cabecita, lanzándola muy alto al aire y atrapándola de nuevo con su afilada lanza.
Pero Vladimir estaba consternado.
—Veo a Túgarin trayendome la cabeza de Alyósha Popóvich. Ahora tomará cautivo a todo nuestro reino cristiano.
Pero Marýshko Paránov le respondió:
—No te angusties, oh pequeño sol brillante, príncipe Vladímir, por tu capital, Kíev. Si Túgarin viene a la tierra y no vuela por los cielos, y pone la cabeza en la lanza de acero, no tengas miedo. Pase lo que pase, me haré amigo de él.
Entonces Marýshko, hijo de Parán, avanzó para ver lo que ocurria, y en la distancia reconoció a Alyósha Popóvich y dijo:
—Puedo ver el andar caballeresco y el paso juvenil de Alyósha Popóvich. Lleva su caballo cuesta arriba y juega con una pequeña cabeza como si fuese un balón: lanza la cabecita al cielo, y la atrapa con la punta de su lanza afilada. El que cabalga no es el pagano Túgarin, sino Alyósha Popóvich, el hijo del viejo prebendado, el sacerdote León, que trae la cabeza del pagano Túgarin Zmyéyevich.
Versión de la leyenda de Alyósha Popóvich recopilada por Aleksandr Nikolaevich Afanasiev (1826-1871)






