

Las Jezinkas, son espíritus malignos del folclore eslavo. Aparecen en los bosques donde engañan a los viajeros con sus encantos y su belleza. Se muestran seductores y encantadoras, pero cuando se duermen, les arrancan los ojos.
Suelen ser varias hermanas, normalmente tres, visten de blanco y son muy hermosas. A veces se traduce como brujas, pero sus poderes son mágicos como las ninfas y están más ligadas a los espíritus o las hadas que a la brujería.
Las Jezinkas
Había una vez un pobre muchacho huérfano que no tenía ni padre ni madre, y se vio obligado a entrar a servir para ganarse la vida. Viajó mucho sin poder conseguir trabajo, hasta que un día llegó a una choza solitaria bajo un bosque. En el umbral se sentaba un anciano, que tenía oscuras cavernas en lugar de ojos. Las cabras balaban en el establo, y el anciano decía:
—Ojalá pudiera llevarlas a pastar, pobres cabras, pero no puedo, estoy ciego; y no tengo a nadie que las saque.
—Abuelito, mándeme a mí —respondió el muchacho—; yo sacaré a pastar sus cabras y también estaré encantado de servirle.
—¿Quién eres tú? ¿Y cómo te llamas?
El muchacho le contó todo, y que lo llamaban Juanito.
—Bien, Juanito, te aceptaré; pero saca primero a pastar a las cabras. Pero no las lleves a aquel cerro del bosque; las Jezinkas vendrán, te dormirán y luego te arrancarán los ojos, como hicieron conmigo.
—No tema, abuelito —respondió Juanito—; las Jezinkas no me arrancarán los ojos.
Entonces soltó a las cabras del establo y las llevó a pastar. El primer y segundo día las pastoreó bajo el bosque, pero el tercer día se dijo:
—¿Por qué he de tener miedo de las Jezinkas? Las llevaré donde hay mejor pasto.
Entonces cortó tres brotes verdes de zarza, los puso en su sombrero y condujo a las cabras directamente al cerro del bosque. Allí las cabras andaban pastando y Juanito se sentó sobre una piedra a la sombra. No llevaba mucho tiempo allí, cuando de pronto, sin saber cómo, apareció ante él una hermosa doncella, toda vestida de blanco, con el cabello negro como ala de cuervo, arreglado con gracia y suelto por la espalda, y ojos como endrinas.
—¡Dios te bendiga, joven pastor! —dijo ella—. ¡Mira qué manzanas crecen en nuestro jardín! Aquí tienes una para que veas lo buenas que son.
Le ofreció una hermosa manzana roja. Pero Juanito sabía que si tomaba la manzana y la comía se quedaría dormido, y ella después le arrancaría los ojos, así que dijo:
—Muchas gracias, hermosa doncella. Mi amo tiene un manzano en su jardín con manzanas aún más hermosas; ya he comido bastantes.
—Bueno, si no quieres, no te obligaré —dijo la doncella, y se marchó.
Al poco rato llegó otra doncella, aún más bonita, con una hermosa rosa roja en la mano, y dijo:
—¡Dios te bendiga, joven pastor! Mira qué rosa tan hermosa acabo de cortar del seto. Huele tan bien; huélela tú mismo.
—Muchas gracias, hermosa doncella. Mi amo tiene rosas aún más bonitas en su jardín; ya he olido bastantes.
—Pues si no quieres, déjalo —dijo la doncella, enfadada, se dio la vuelta y se fue.
Al rato, llegó una tercera doncella, la más joven y la más bella de todas.
—¡Dios te bendiga, joven pastor!
—Gracias, hermosa doncella.
—Eres un buen mozo —dijo la doncella—, pero serías aún más guapo si tuvieras el pelo bien peinado y arreglado. Ven, te lo peinaré.
Juanito no dijo nada, pero cuando la doncella se le acercó para peinarle, se quitó el sombrero, sacó uno de los brotes de zarza y ¡zas!, le dio en ambas manos. La doncella gritó: «¡Ayuda, ayuda!», empezó a llorar, pero no podía moverse del sitio. A Juanito no le importaron sus lágrimas, y le ató las manos con la zarza. Entonces corrieron las otras dos doncellas, y al ver a su hermana prisionera, empezaron a suplicar a Juanito que la desatara y la dejara ir.
—Desatadla vosotras mismas —dijo Juanito.
—¡Ay, no podemos, tenemos las manos delicadas, nos pincharíamos!
Pero cuando vieron que el muchacho no hacía lo que querían, fueron hacia su hermana para soltar la zarza. Entonces Juanito dio un salto y ¡zas, zas! también les golpeó a ellas con otra rama, y luego ató sus manos también.
—¡Ajá! ¡Ahora os tengo, malvadas Jezinkas! ¿Por qué le arrancasteis los ojos a mi amo?
Después, regresó a casa del anciano y le dijo:
—Venga, abuelito, he encontrado a alguien que le devolverá sus ojos.
Cuando llegaron al cerro, le dijo a la primera Jezinka:
—Dime ahora dónde están los ojos del anciano. Si no me lo dices, te arrojaré al agua.
La Jezinka puso excusas diciendo que no lo sabía, y Juanito iba a lanzarla al río que corría cerca del cerro.
—¡No, Juanito, no! —suplicó la Jezinka—. Te daré los ojos del anciano.
Lo condujo a una caverna, donde había un gran montón de ojos: grandes y pequeños, negros, rojos, azules y verdes, y sacó dos del montón. Pero cuando Juanito se los puso al anciano, éste empezó a llorar:
—¡Ay, ay! Estos no son mis ojos. No veo más que búhos.
Juanito se enfadó, agarró a la Jezinka y la lanzó al agua.
Luego dijo a la segunda:
—Dime tú dónde están los ojos del anciano.
Ella también se excusó diciendo que no lo sabía; pero cuando el muchacho amenazó con arrojarla también al agua, lo llevó otra vez a la caverna y sacó otros dos ojos. Pero el anciano volvió a gritar:
—¡Ay! Estos tampoco son mis ojos. No veo más que lobos.
Lo mismo le pasó a la segunda Jezinka que a la primera: el agua la cubrió.
—Dime tú dónde están los ojos del anciano —dijo Juanito a la tercera y más joven Jezinka.
Ella también lo llevó al montón en la caverna y sacó dos ojos para él. Pero cuando se los pusieron, el anciano volvió a decir que no eran los suyos.
—No veo más que lucios.
Juanito vio que ella también lo engañaba y estaba por ahogarla, pero la Jezinka le rogó llorando:
—¡No, Juanito, no! Te daré los ojos verdaderos del anciano.
Los sacó de debajo de todo el montón. Y cuando Juanito se los puso al anciano, éste exclamó con alegría:
—¡Sí, sí, estos son mis ojos! ¡Alabado sea Dios! ¡Ahora vuelvo a ver bien!
Después, Juanito y el anciano vivieron felices; Juanito pastoreaba las cabras, y el anciano hacía quesos en casa, y los comían juntos; pero la Jezinka no volvió a mostrarse jamás por aquel cerro.
Cuento popular checo recopilado por A. H. Wratislaw en Sixty Folk-Tales from Exclusively Slavonic Sources, en 1890







