
El Fantasma del Manantial y la Bruja Regañona. Cuento popular turco recopilado por Ignácz Kúnos, en Turkish fairy tales and folk tales
Érase una vez, que no era vez si era vez, en los días en que mi madre era mi madre y yo era hija de mi madre, y cuando mi madre era mi hija y yo era madre de mi madre, en esos días, digo yo, ocurrió que una vez salimos por el camino, y caminamos y caminamos y caminamos. Caminamos un poco y caminamos mucho, cruzamos montañas y valles, caminamos durante un mes entero, y cuando miramos atrás, no habíamos avanzado ni un paso. Así que partimos de nuevo, y caminamos y caminamos hasta llegar al jardín del pachá Chin-i-Machin.
Entramos, y allí había un molinero moliendo grano, con un gato a su lado. Y el gato tenía tristeza en sus ojos, y tristeza en su nariz, y tristeza en su boca, y tristeza en su pata delantera, y tristeza en su pata trasera, y tristeza en su garganta, y tristeza en su oreja, y tristeza en su cara, y tristeza en su pelaje, y tristeza en su cola.
Cerca de aquel reino vivía un pobre leñador, que no tenía más en el mundo que su pobreza y una horrenda esposa regañona. El poco dinero que el pobre hombre ganaba, su mujer se lo quitaba siempre, de modo que no le quedaba ni un solo para. Si la cena estaba demasiado salada, y así ocurría muchas veces, y el hombre se atrevía a decir: “Mujer, has puesto demasiada sal en la comida”, tan venenosa era ella que al día siguiente cocinaba sin poner ni un grano de sal, de modo que la comida no tenía sabor. Pero si él se atrevía a decir: “La comida no tiene sabor, mujer”, al siguiente día le echaba tanta sal que no había forma de comerla.
¿Y qué fue lo que le ocurrió un día a este pobre hombre? Esto fue lo que pasó: apartó un par de monedas de sus ganancias para comprar una cuerda con la que colgarse. Pero su esposa las encontró en el bolsillo de su marido:
—¡Ah, ah! —gritó—, ¿así que escondes dinero para dárselo a tus amigotes, eh?
En vano juró el pobre hombre por su vida que no era así, su esposa no le creyó.
—Querida mía —dijo él—, quería comprarme una cuerda con ese dinero.
—¿Para ahorcarte, eh? —preguntó su amorosa esposa.
—Bueno, ya sabes qué escándalo tan horrible haces a veces —respondió él, intentando calmarla.
—¡Poca cosa es lo que he hecho hasta ahora con un cabeza hueca como tú! —respondió ella, y con eso le dio tal bofetada que al hombre le pareció ver destellos rojos como si amaneciera ante sus ojos.
A la mañana siguiente, el leñador se levantó temprano, ensilló su burro y se fue hacia las montañas. Lo único que le dijo a su esposa antes de salir fue que le rogaba no seguirlo al bosque. Eso fue más que suficiente para la mujer. Apenas él se hubo ido, ella ensilló su burro y salió tras él sin pensarlo dos veces.
—¡Quién sabe qué se traerá entre manos en las montañas si no estoy allí para vigilarlo! —murmuró para sí.
El hombre vio que su esposa venía detrás de él, pero hizo como que no la veía, no dijo palabra, y apenas llegó al pie de la montaña se puso a cortar leña. Pero su esposa, que era un alma inquieta, empezó a andar de un lado a otro por toda la montaña, metiendo las narices en todo, hasta que finalmente vio un pozo abandonado y fue directo hacia él.
Entonces su marido le gritó:
—¡Cuidado, que hay un pozo justo delante de ti!
La advertencia no hizo más que motivarla a acercarse aún más. De nuevo le gritó:
—¿No me oyes? ¡No avances más, que hay un pozo frente a ti!
—¿Qué me importa lo que diga este tonto? —pensó ella.
Y dio un paso más, pero antes de que pudiera dar otro, la tierra se hundió bajo sus pies y cayó de golpe al pozo. En cuanto al esposo, se puso a pensar en otras cosas, pues siempre se ocupaba de sus asuntos, así que terminó su trabajo, montó a su burro y no paró hasta llegar a casa.
A la mañana siguiente, al amanecer, volvió a levantarse, ensilló el burro y fue a las montañas, cuando de pronto recordó a su esposa.
—¡Veré qué ha sido de la pobre mujer! —dijo.
Fue hacia la boca del pozo y miró dentro, pero no vio ni oyó nada de su esposa. Su corazón se sintió apesadumbrado, porque después de todo, ¿no era ella su esposa? Y empezó a pensar si podría sacarla de allí. Tomó una cuerda, la bajó al pozo y gritó al fondo:
—¡Agarra la cuerda, mujer, y te sacaré!
De pronto, el hombre sintió que la cuerda se volvía muy pesada. Tiró de ella con todas sus fuerzas, jaló y jaló… ¿qué criatura de Allah sería la que estaba sacando del pozo? Y he aquí que no era otra cosa que un espantoso fantasma. El pobre leñador sintió un gran temor.
—¡Levántate, buen hombre, y no temas! —dijo el fantasma—. Que el poderoso Allah te bendiga por tu acto. Me has salvado de un gran peligro, y hasta el día del juicio no olvidaré tu buena acción.
Entonces el pobre hombre comenzó a preguntarse cuál sería ese gran peligro.
—Muchos, muchísimos años viví en paz en este pozo —continuó el fantasma—, sin conocer problemas. Pero ayer, de no sé dónde, de pronto una vieja cayó sobre mis hombros y me sujetó con tanta fuerza de las orejas que no pude librarme de ella ni un instante. Por fortuna, tú llegaste, bajaste la cuerda y le gritaste que la tomara. Al intentar agarrarla, me soltó, y yo enseguida agarré la cuerda. ¡Alabado sea el misericordioso Allah, aquí estoy de nuevo en tierra firme! Te esperan cosas buenas por tu buena acción, ¡escucha bien lo que te diré!
Dicho esto, el fantasma sacó tres tablillas de madera, se las entregó al leñador y le dijo:
—Ahora voy a tomar posesión de la hija del Sultán. Hasta hoy, la princesa ha estado sana y salva, pero ahora vendrán médicos y sabios sin fin, todos en vano, pues ninguno podrá curarla. Tú también oirás de este asunto, irás con el Padishá, mojarás estas tres tablillas en agua y las pondrás en el rostro de la doncella. Entonces yo saldré de ella, y recibirás una gran recompensa.
El leñador tomó las tres tablillas, las guardó en su bolsillo, y el fantasma se fue por un lado mientras él se fue por otro, sin que ninguno de los dos volviera a pensar en la vieja del pozo.
Pero ahora, sigamos al fantasma.
Apenas este hijo del diablo se hubo despedido del leñador, se presentó en el palacio del Padishá y se metió en el cuerpo de la pobre hija del Sultán. La muchacha cayó de inmediato al suelo, retorciéndose de dolor.
—¡Ay, mi cabeza, mi cabeza! —gemía sin cesar.
Avisaron al Padishá, quien, corriendo al lugar, encontró a su hija tendida en el suelo, llorando y quejándose. De inmediato mandó llamar médicos, sabios, curanderos e incluso les quemaron incienso, pero nada calmaba el dolor de la joven. Los llamaron una segunda vez, los llamaron una tercera vez, pero todo fue en vano. Al final, llegaron diez médicos y diez sabios para intentar sanarla, pero la pobre muchacha no hacía más que gemir:
—¡Mi cabeza, mi cabeza!
—Ay, mi dulce hija —suspiraba el Padishá—, si te duele la cabeza, créeme que a mí me duele mil veces más el alma y la mente de verte así. ¿Qué puedo hacer por ti? Ya sé: llamaré a los astrólogos, quizá ellos sepan más que yo.
Y mandó llamar a los astrólogos más famosos del reino. Uno proponía una cosa, otro sugería otra, pero ninguno podía curar a la joven.
Ahora, veamos qué había sido del pobre leñador.
Vivía su vida sin su esposa, y con el tiempo se fue olvidando de ella, del fantasma, de las tres tablillas de madera y de las promesas que le había hecho el espíritu. Pero un día, cuando ya no pensaba en nada de esto, un heraldo del Padishá llegó a su aldea con un firman (edicto) en la mano y lo leyó en voz alta:
“La hija del Sultán está gravemente enferma. Médicos, sabios y astrólogos la han atendido, pero ninguno logra curarla. Quien sea un maestro de misterios, que venga y la sane. Si es musulmán y la cura, la hija del Sultán será su esposa y heredará mi reino cuando yo muera; y si es un extranjero infiel y logra sanarla, todos los tesoros de mi reino serán suyos.”
El leñador no necesitó más para recordar al fantasma, las tres tablillas y a su esposa. Se levantó y se acercó al heraldo:
—Por la misericordia de Alá, curaré a la hija del Sultán si aún vive.
Al oír esto, el sirviente del Padishá llevó de inmediato al leñador al palacio. Avisaron al Padishá, y en un instante todo estuvo listo para que pudiera entrar a la habitación de la enferma. Allí estaba la pobre muchacha, gimiendo sin cesar:
—¡Mi cabeza, mi cabeza!
El leñador sacó las tablillas de madera, las humedeció y apenas las colocó sobre el rostro de la hija del Sultán, la joven sanó al instante, como si nunca hubiera estado enferma. Hubo gran alegría y celebración en el palacio, y entregaron la mano de la hija del Sultán al leñador, convirtiéndose así en yerno del Padishá.
Este Padishá tenía un hermano que también era rey en un reino vecino. Él también tenía una hija, y al fantasma del pozo se le ocurrió poseerla de la misma forma.
Así, la joven del reino vecino comenzó a retorcerse con los mismos dolores, y nadie podía encontrarle cura. Buscaron ayuda por todo el reino hasta que se enteraron de cómo la hija del otro Padishá había sido sanada de una enfermedad idéntica. Entonces, aquel Padishá envió mensajeros a su hermano, suplicándole por amor a Alá que enviara a su yerno para curar también a su hija. Si la curaba, le entregaría a la muchacha como segunda esposa.
Así, el Padishá envió a su yerno para que sanara a la joven, diciendo: “Esto no será nada para un maestro de misterios como él”. Por mucho que el pobre leñador insistió en negarse, tuvo que partir, y apenas llegó, lo llevaron de inmediato a la habitación de la enferma.
Pero esta vez, el fantasma del pozo tenía algo que decir.
Este espíritu maligno estaba furioso con su antiguo salvador.
—Es cierto que me hiciste un favor —dijo el fantasma—, pero no puedes decir que quedé en deuda contigo. Dejé a la hermosa hija del Sultán por ti, elegí a otra para mí, ¡y ahora pretendes quitármela también! Espera y verás: por esta osadía, me llevaré a las dos contigo.
El pobre leñador se angustió mucho.
—No he venido por la joven —respondió—, ella es tuya, y si lo deseas, puedes llevarte también a la mía.
—Entonces, ¿para qué has venido aquí? —rugió el fantasma.
—Ay… todo esto es por mi esposa, la vieja del pozo —suspiró el ex leñador—, y yo solo la dejé allí para librarme de ella.
Al oír esto, el fantasma se estremeció de miedo y, con voz temblorosa, preguntó si por casualidad había vuelto a aparecer.
—Sí, claro que sí —suspiró el hombre—. No importa a dónde vaya, ella siempre me sigue, y no tengo valor para deshacerme de ella. Escucha, ahí está afuera ahora mismo, a punto de entrar.
El fantasma no necesitó escuchar más. De inmediato, salió huyendo del cuerpo de la joven, abandonó el palacio, la ciudad y todo el reino, y ni siquiera su recuerdo quedó atrás. Ningún ser humano lo ha vuelto a ver desde entonces.
La hija del Sultán sanó al instante, y se la dieron al leñador como segunda esposa, llevándosela a casa junto a la primera.
Cuento popular turco recopilado por Ignácz Kúnos, en Turkish fairy tales and folk tales, por Kúnos (autor), Celia Levetus (ilustrador, y R. Nisbet Bain (traductor del turco al inglés) en 1901







