Hace mucho mucho tiempo, en el sur de China, había una joven muy de gran belleza llamada Yeh Shen. Sus pies eran tan pequeños que parecían flores de loto. Y sus pasos eran tan suaves, que cuando caminaba no generaban ningún ruido. Por eso se llamaba Yeh Shen, que significa: «pies de loto».
Yeh Shen vivía con su madrastra y su malvada hermanastra que le hacían la vida imposible.
—¡Otra vez viene para asustarme! —le gritaba su madrastra.
Yeh Shen siempre estaba castigada trabajando. Preparaba el arroz, lavaba la ropa, recogía agua del río, limpiaba la casa, peinaba a su madrastra, peinar a su madrastra y hermanastra… Pero aun así siempre estaba contenta, sobre todo cuando iba al río.
En el río vivía su único amigo, un pez con ojos dorados a quien Yeh Shen alimentaba cada vez que iba al río. Y aunque Yeh Shen siempre tenía poca comida, la compartía con su pez.
Una vez la madrastra enfurecida de que Yeh Shen siempre estuviera de buen humor cuando iba a por agua, le pidió a su hermanastra que la siguieran para ver qué hacía, y le contó que cuando Yeh Shen llegaba al río, alimentaba un pez con ojos dorados.
La madrastra se vistió como lo hacía la muchacha y fue al río. Allí llamó al pez y cuando este estuvo fuera del agua, lo atravesó con una daga y lo cocinó para cenar.
Cuando Yeh Shen llegó a la casa, vio a su madrastra y hermanastra comiendo a su amigo el pez y se llenó de angustia. Fue corriendo al río y lloró desconsoladamente. Entonces escuchó la voz de un anciano que se acercó a ella, con ropas de mendigo y el pelo largo.
El anciano le dijo:
-Pequeña niña, no te afliges. Las espinas del pez de ojos dorados, están llenas de magia de los espíritus. Guárdalas y cuando quieras pedir un deseo, te arrodillas ante las cenizas de las espinas, les cuentas tu deseo, con todas tus fuerzas, des de lo más profundo de tu corazón, y verás lo que ocurre. Luego, no desprecies los regalos que recibirás.
Yeh Shen hizo caso al anciano, recuperó las espinas del pescado de la basura y las guardó.
Pasó el tiempo y pronto llegó el festival de la primavera. Todos los jóvenes estaban entusiasmados con el festival, porque en ese festival los jóvenes se reunían para encontrar esposas y maridos, pero la madrastra no permitió ir a Yeh Shen, porque ella era muy hermosa y no deseaba que se casara antes que su hija.
La madrastra y su hija salieron de la casa dirección el festival, y dejaron a Yeh Shen haciendo tareas en la casa.
Yeh Shen fue a las cenizas de las espinas pez y lloró con amargura. Entonces el pez la cubrió con una capa azul celeste con grandes hombreras de plumas de martín pescador drapeadas. Sus pies se cubrieron con unas zapatillas tejidas con hilo de oro, suelas de oro macizo y un pequeño dibujo de pez en las puntas.
-Yeh Shen – dijo una voz desde las cenizas del pez – ve a la fiesta y ten cuidado de no perder tus zapatos.
Cuando Yeh Shen empezó a caminar se sentía ligera como una pluma. Entonces fue corriendo al festival para disfrutar del baile. Nada más llegar todos se quedaron mirándola por su espectacular belleza.
La madrastra y la hermanastra intentaron saber quién era, pero no lograron reconocerla.
Cuando Yeh Shen las vio, por miedo a ser descubierta, marchó corriendo del baila, con tanta prisa, que perdió una de las zapatillas de oro. Cuando llegó a su casa, la ropa desapareció y volvió a estar vestida con los harapos que llevaba antes y la zapatilla de oro. Suplicó a las cenizas, pero las cenizas permanecieron en silencio y no ocurrió nada. Yeh Shen guardó bajo la cama de paja su zapatilla de oro y continuó con sus quehaceres.
Unos días más tarde, un vendedor ambulante encontró la zapatilla perdida, y al ver el gran valor de ese calzado, se la regaló al rey de la isla del reino de T’o Han. El rey quedó impresionado con la hermosa zapatilla y envió gente a buscar a la dueña de ese zapato por todo el reino.
Los sirvientes del rey buscaron por cada casa pero a ninguna mujer le cabía esa zapatilla.
Cansado de no tener resultados, colocó la zapatilla en una gran sala, con un cartel que decía que esa zapatilla sería devuelta a su dueña, la mujer a la que sirviera ese calzado. Los sirvientes vigilaban día y noche el salón donde estaban la zapatilla, esperando que apareciera la dueña.
Todas las mujeres del reino fueron a probarse la zapatilla, pero a ninguna le valía.
Una noche, para no ser descubierta, Yeh Shen fue al salón a ver la zapatilla, la cogió con sus manos y volvió a dejarla en su sitio. Los hombres que custodiaban la zapatilla la vieron, y como vestía con tantos harapos y estaba tan sucia, pensaron que quería robar la zapatilla e inmediatamente la arrestaron.
Al día siguiente la llevaron ante el rey quien estaba muy enfadado de que una muchacha harapienta hubiera soñado si quiera con poseer semejante zapatilla de oro.
Pero el rey, cuando más contemplaba a la joven, más hermosa le parecía, y pronto descubrió que sus pies eran increíblemente pequeños.
La joven le dijo que ella tenía la otra zapatilla, que eran suyas. El rey y sus hombres la acompañaron a su casa y comprobaron que bajo su cama de paja, estaba la otra zapatilla.
Ante el rey, sus hombres, la madrastra y la hermanastra, la joven se puso las dos zapatillas y en ese momento sus harapos se convirtieron en una hermosa capa azul con plumas de martín pescador drapeadas en sus hombros.
El rey al verla, decidió que sería su esposa.
Yeh Shen y el rey se casaron y fueron felices para siempre.
La madrastra y la hermanastra fueron obligadas a vivir en la choza hasta el día que en ambas fueron atravesadas por una espada.
Cuento popular chino escrito en el 850 antes de Cristo. Versión china del cuento popular la cenicienta
Los cuentos populares, las leyendas, las fábulas, la mitología…, son del pueblo.
Son narraciones que se han mantenidos vivas transmitiéndose oralmente, por las mismas personas del pueblo. Por ello no tienen dueño, sino que pertenecen a las gentes, a la folclore, a las distintas culturas, a todos.
En algún momento, alguien las escribe y las registra, a veces transformándolas, a veces las mantiene intactas, hasta ese momento, son voces, palabras, consejos, cosas que «decía mi abuelo que le contaba su madre…»