adivino, Ivan Bilibin

Una Historia de San nicolás el Taumaturgo

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En cierta ciudad, en cierto reino, vivía una vez un comerciante llamado Nicolás con su esposa. Siempre habían sido felices y ricos, pero su principal alegría estaba en que el Señor les había regalado un hijo, y además un hijo tan hermoso, sensible y sabio…, y la única oración que la madre y el padre dirigían a Dios y a su santo padrino San Nicolás el Taumaturgo fue que le concedieran felicidad y larga vida a su precioso hijo.

Pero, a medida que llegaba la vejez, ellos, por alguna razón, comenzaron a empobrecerse; y se volvieron tan pobres que Nicolás, de famoso comerciante, pasó a ser un simple comerciante. Ya sólo tenían una pequeña tienda, y en la tienda había una cómoda con tabaco, unos cuantos clavos y un poco de hierro. Y fuera por el hecho de que se empobrecían o por el hecho de que se hacían mayores, la madre y el padre de Iván (pues así se llamaba el hijo de Nicolás) se habían debilitado.

Un día el padre llamó a Iván y le dijo:

—Ahora, amado hijo, parece que pronto moriremos; pero no llores por nosotros, sino ora a Dios. Porque ya hemos vivido nuestra vida, y así es como debe ser. Pero entiérranos como es debido, porque te he ahorrado dinero para este propósito. De este dinero ahorrado, un tercio lo gastarás en el funeral, otro tercio en las Misas de Réquiem mía y de tu madre, y con el tercer, compra una tienda y ponte a comerciar. Te daré mi bendición para que todo te vaya bien. No des a nadie medidas falsas ni engaños, y si te haces rico, no te olvides de Dios, y de dar limosna a los pobres, como yo hice en el pasado. Ahora, hijo mío, adiós. Que la Divina Misericordia te proteja a ti y a nuestras almas culpables.

Pasaron siete días e Iván enterró a su padre, y poco después a su madre, y comenzó a comerciar. Pronto comenzó a pasar por alto el material y en un rincón encontró una imagen de San Nicolás el Taumaturgo. Entonces llevó la imagen a la izbá y echó agua en una vasija, la lavó, la limpió frente a la imagen y poco después fue al mercado, compró una pequeña lámpara y la encendió frente a la imagen. imagen.

El primer domingo llamó al sacerdote, hizo celebrar una misa para sus padres, cantó una oración a San Nicolás el Taumaturgo y llevó la imagen a la tienda para poder contemplarla constantemente, y después, siempre que entraba en la tienda, solía orar ante la imagen primero, y después comenzaba a comerciar.

Su negocio iba tan bien que parecía como si el Señor mismo hubiera estado enviando clientes. Pronto pudo abrir una segunda tienda. Todos los días daba mucho dinero en limosnas, y entre otras cosas, a un anciano que todos los días lo visitaba. Iván le tenía mucho cariño, y cuando hubo que contratar un nuevo dependiente para la nueva tienda, le dijo a este anciano:

—Abuelo, no sé tu santo nombre. No sé, padre, cómo llamarte. Sólo espero que no te enojes conmigo, porque he construido una nueva tienda y no tengo empleado. Ven conmigo como mi empleado, y te obedeceré como hubiera obedecido a mi propio padre. Se amable y no rechaces mi oferta.

Al principio, el anciano se negó, pero después se pusieron de acuerdo y comenzaron a vivir juntos, e Iván, en todo, obedeció al anciano y lo llamó Bátyushka.

El anciano llevaba a cabo un comercio próspero y rentable, y un día dijo:

—Ivánushka, tu oficio no me conviene del todo, porque tú comercias con tabaco, y a Dios no le gusta que fumemos, ni ama los estancos. Así que compra algunas mercancías pequeñas y tendrás más compradores, y no tendrás que incurrir en pecado.

Iván obedeció, compró muchos bienes de toda clase y montó de nuevo su negocio. Cuando se agotaron todos los bienes, Iván entró en la oficina de contabilidad y vio el triple de su dinero dondequiera que mirara. Iván se alegró muchísimo por tan grande ganancia, llamó al sacerdote y le recitó la oración a Nicolás el Taumaturgo. Y en cuanto al anciano, estaba muy feliz y oraba de todo corazón a Dios.

Así siguieron comerciando durante tres años más, e Iván se hizo tan rico que el anciano le aconsejó venderlo y cruzar los mares con sus mercancías. E Iván obedeció al viejo, compró un barco, lo cargó de mercancías y dio su casa a los pobres, poniendo a uno de ellos por capitán hasta que él mismo volviera. Y oraron a Dios, y él y el anciano zarparon.

Pronto llegaron: puede que esté cerca, puede que esté lejos, pues la historia se cuenta rápido, pero los hechos no se realizan al mismo ritmo, y de repente vinieron sobre ellos unos ladrones y les saquearon todos sus bienes, y sólo quedaron ellos vivos e ilesos. Fue un shock amargo para Iván. Pero el anciano lo tranquilizó y le dijo que todo esto era lo mejor. Así que después de esto navegaron durante tres días, y al tercer día desembarcaron en una isla, y vieron una gran masa de ladrillos. El anciano le dijo a Iván:

—Prepárate, Ivanushka, y carga estos ladrillos en tu barco.

Iván dijo:

—¿Qué haré con estos ladrillos? Preferiría morir antes que comerciar con ellos.

Pero el anciano respondió y dijo:

—Oh, Ivánushka, Ivánushka, has tenido poca experiencia; ¡Y os digo que cada uno de estos ladrillos vale más que todas las mercancías que os saquearon los ladrones! — Y arrojó uno de los ladrillos al suelo, y debajo del barro había una joya espléndida.

Entonces Iván se alegró y empezó a cargar el barco con los ladrillos. Y cuando lo hubieron cargado hasta el tope, el viejo dijo:

—Ahora, Ivanushka, también debes hacer algunos ladrillos sencillos para que los bucaneros no se roben los valiosos.

Así que también cargaron ladrillos simples. Pero en el camino se levantó viento y navegaron más lejos, y los ladrones volvieron a caer sobre ellos y comenzaron a buscar la mercancía. Entonces el anciano les dijo:

—¡Tened piedad, buena gente! Dejadnos con vida, que hace algún tiempo unos ladrones nos quitaron todo lo que teníamos, y ahora sólo llevamos ladrillos, los ladrillos que hacíamos en la isla.

Los piratas miraron y se convencieron, y navegaron más, y también Iván y el viejo, y muy pronto llegaron a un puerto y allí se quedaron.

En aquel reino existía la costumbre de que todos los comerciantes que llegaban debían traer algunas de sus mercancías como homenaje al rey. El rey de este reino era un hombre con mucho carácter, y este rey tenía una hija que era una muerta viviente, y por el día entraba en una tumba donde se veía muerta, y por la noche revivía y salía de la tumba convertida en una bruja horrible y malvada. Habían logrado encerrarla en una iglesia, en cuyo centro estaba la tumba donde dormía, pero la princesa era realmente una bruja muy peligrosa que se comía a quien se acercaba, y nadie se atrevía a acercarse ni si quiera al lugar donde estaba encerrada.

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Entonces el anciano le dijo a Iván:

—Ivánushka, ora al Señor Dios, y ve y compra una vasija de oro y una fatá, y mañana ve y rinde homenaje al rey.

Iván obedeció al anciano, y al día siguiente fue a rendir homenaje al rey. Le dijeron al rey que había venido un comerciante a mostrar su lealtad, y el rey se sentó en su trono y dio audiencia a Iván.

Iván se acercó al rey, y en sus manos había una vasija de oro cubierta de fatá, y en la vasija de oro había un ladrillo. Entonces el rey preguntó a Iván de qué reino venía y cómo se llamaban su padre y su madre. Después descubrió la fatá, y cuando el rey vio un ladrillo dentro de la vasija, se enojó mucho por el poco valor de la ofrenda y dijo:

—¡Supongo que crees que tengo muy pocos ladrillos, y has venido a comerciar con ellos en mi reino! — Y luego se abalanzó sobre Iván, pero Iván se giró y el ladrillo cayó al suelo y se partió en dos.

El rey pudo ver la joya escondida dentro del ladrillo y , comprendió que se había portado de una forma muy indecorosa y comenzó a pedir perdón a Iván. Y en seguida quiso comprar todo el barco con toda la mercancía, y al ver esto Iván, dijo:

—Puedes llevarte todos mis bienes, pero no venderé mi barco, porque en él tengo un viejo que es mi escribano, y ambos queremos seguir nuestro viaje.

—Oh—, dijo el rey, —¿son ustedes dos?

Y el rey, al oír esto, se enojó mucho, y dijo:

—No te dejaré ir, compraré tu barco, pues no quiero que marchéis.

E Iván se arrodilló y le suplicó que los dejara ir. Entonces el rey dijo:

—Si alguno de vosotros lee algunos salmos durante la noche a mi hija, que está en la iglesia, podrá quedarse con el barco.

Iván regresó a su barco y estaba triste y descorazonado. El rey le había enviado a una muerte segura. Él no quería ir a la iglesia, pues la princesa era una bruja malvada y se comía a quien se le acercaba, y le sería muy difícil despedirse del anciano a quien ya tenía gran cariño.

El anciano le dijo a Iván:

—¿Por qué, Ivanushka, por qué estás tan triste y agachas la cabeza?

E Iván le contó todo lo que había pasado, y lo que el rey había dicho. Entonces el anciano le respondió:

—No importa, Ivanushka, ¡anímate! Reza al Salvador, acuéstate y duerme, y yo pensaré algún medio para salir del peligro.

Pronto empezó a oscurecer, y el viejo despertó a Iván y le dijo:

—Aquí tienes tres cirios. Mientras esté encendido el primero, ruega a Dios. Cuando se apague el primer enciende el segundo, y cuando se apague el segundo, enciende el tercero, y entonces entra por la derecha, al lado de las Puertas Santas junto al altar y no digas nada; sólo murmura una oración todo el tiempo. Ve y que Dios te bendiga.

Entonces Iván hizo guardó los tres lirios se presentó en la iglesia antes del anochecer, y los escuderos del rey abrieron las puertas, le dejaron pasar y cerraron con llave la puerta. Una vez dentro, Iván comenzó a leer el Salterio. Se apagó una vela y luego otra, encendió la tercera y se acostó a la derecha de las Puertas Santas. Entonces de repente el suelo se abrió, se abrió la tumba, salió la bruja y empezó a buscar a Iván:

—Huelo a carne humana ¿Dónde estás? Tengo hambre y quiero comerte.

Y ella buscó y buscó y no pudo encontrarlo, y así estuvo toda la noche buscando sin resultado alguno, hasta que cantó el gallo, y ella entró en la tumba. Entonces Iván se levantó, tapó la tumba y empezó a leer una vez más.

Por la mañana fueron a recoger sus huesos, pero ahí estaba Iván, vivo y despierto. Corrieron a contárselo al rey, y este le mandó que leyera las oraciones una segunda noche.

E Iván, nuevamente descorazonado, fue donde el viejo a llorarle y contarle lo que había pasado en la iglesia por la noche, y que tendría que volver una segunda noche.

Entonces el anciano le dijo a Iván que hiciera exáctamente lo mismo, pero que esta vez se acostara en el lado izquierdo de las Puertas Santas.

Así hizo, cogió los tres lirios, fue a la iglesia antes del anochecer, los escuderos le abrieron las puertas, le dejaron pasar y cerraron con llave. Una vez dentro, Iván comenzó a leer el Salterio. Se apagó una vela, y luego otra, encendió la tercera y se acostó a la izquierda de las Puertas Santas.

Se abrió el suelo, se abrió la tumba, salió la bruja y empezó a buscar a Iván:

—Huelo a carne humana ¿Dónde estás? Tengo hambre y quiero comerte.

Con mucha más ansiedad, ella buscó y rebuscó, por todas partes, pero no pudo encontrarlo, y así estuvo toda la noche buscando sin resultado alguno, hasta que cantó el gallo, y ella entró una vez más en la tumba. Entonces Iván se levantó, tapó la tumba y empezó a leer una vez más.

Por la mañana fueron a recoger sus huesos, pero ahí estaba otra vez Iván, vivo y despierto. Corrieron a contárselo al rey, y este le mandó que leyera las oraciones una tercera noche.

En esta tercera noche, el anciano le dio a Iván tres cirios y una bola de brea, la brea estaba cubierta de pelos. Entonces le dijo:

—Esta noche, Ivanushka, es la última noche. Cuando hayas quemado la última vela, acuéstate junto a la tumba, y cuando la bruja salga de ella, ve y acuéstate en la tumba en su lugar. Cuando vaya a amanecer, al regresar a su tumba te verá y querrá comerte, tú dale esta bola con pelo y que piense que es un bebé. Se lo comerá de un bocado y entonces, le sentará mal y no podrá moverse, y sabrá que le has engañado, te pedirá irse y entonces aprovecha y obligarla a leer contigo, no la dejes entrar en la tumba hasta que haya leído las oraciones: «¡Madre de Dios, alégrate!» y «Padre nuestro que estás en los cielos».

Iván entró en la iglesia la tercera noche, comenzó a leer el Salterio, y después de encender la tercera vela, se acostó al lado derecho de la tumba. Entonces la bruja salió del ataúd, pasó por encima de Iván sin lograr verlo, y empezó a buscarlo por toda la iglesia.

—Huelo a carne humana ¿Dónde estás? Tengo hambre y quiero comerte.

Cuando ya estaba próximo el amanecer, la bruja fue a acostarse a su tumba y allí encontró a Iván:

—¡Ah! ¡Ahí estás!— gritó la bruja. —Hace tres veces veinticuatro horas que tengo hambre. Sal, quiero comerte.

E Iván le dijo:

—Te he traído este bebé como aperitivo — y le arrojó la pelota cubierta de pelos, ella la mordisqueó y la tragó de un bocado, y le sentó mal. Y ella finalmente dijo:

—¡Me has engañado malvado! ¡Ahora déjame ir!

—No—, dijo Iván, —no te dejaré ir.

—¡Déjame ir!— repitió la bruja.

—Te dejaré ir si recitas la oración «¡Madre de Dios, alégrate!» detrás de mí.

La bruja repitió cada palabra de la oración y dijo:

—¡Ahora déjame ir!

E Iván dijo:

—Ahora leeré el Padre Nuestro, y tú lo recitas detrás de mi y te dejaré ir.

Y la bruja lo recitó con él, y entonces salió Iván y dijo:

—Acuéstate.

Pero la bruja dijo:

—Ahora no puedo acostarme porque ya no estoy muerta.

Entonces ella e Iván comenzaron a orar juntos.

Por la mañana llegaron dos hombres y no sólo vieron a Iván, sino también a la princesa Olyóna, que así se llamaba la bruja. Y fueron al rey y le contaron todo lo que habían visto.

Y el rey reunió toda la jerarquía espiritual y entraron en la iglesia. Hasta que no lo vieron no lo creyeron, allí estaba su hija que había vuelto a la vida y no parecía que fuese a comer a nadie, y no estaba en la tumba. Y también estaba Iván vivo. Y el rey abrazó a Iván y lo llamó hijo. Y la princesa le dijo a Iván:

—Ahora, Iván, hijo del mercader, y has podido orar a Dios y devolverme a la vida, ahora aprende a dominarme y entonces, no me alejaré nunca de ti.

Entonces Iván fue al barco y le contó al anciano todo lo sucedido, y tenía mucho miedo, porque no sabía si podría dominar a la bruja, y el anciano dijo:

—Ivánushka, no temas, toma a Olyóna Korólyevna como tu esposa, solo que durante las tres primeras noches no vayas a dormir hasta que el gallo haya cantado tres veces, y entonces nunca más te oprimirá.

No se podía holgazanear en la corte del rey, pues el rey, feliz de ver a su hija con vida, organizó todo rápidamente, y muy pronto todo estuvo listo e Iván se comprometió con la princesa Olyóna. Hizo como le había dicho el anciano y todo le fue muy bien. Y durante dos semanas vivió bastante feliz. Luego le dijo a su suegro:

— Buen padre, déjame ir a casa y decir misa por mi padre y mi madre, y ver una vez más mi casa.

Y el rey dijo:

— Mi amado hijo, Iván, el hijo del mercader, no resistiré tu deseo, pero vuelve acá. Ya ves que ya no soy joven, y no tengo heredero. Cuando regreses te daré mi reino, y viviréis felices aquí.

Iván se llevó consigo a Olyóna, emprendieron su viaje y . Primero llegaron a la isla de los ladrillos, y cargaron todas las naves con todos los ladrillos, excavaron por días la isla.

Un día el anciano empezó a cortar leña, la llevó al otro lado de la isla y dijo:

— Ivánushka, bienhechor mío, ahora debo hablar contigo. — convocó así el anciano a Iván y a Olyóna, encendió una hoguera, y cuando el fuego estaba alto, tomó a Olyóna, la arrojo al suelo, le pisó una pierna y la partió en dos mitades.

Iván observó la agilidad del anciano y ¡no supo que hacer ni que decir!

El anciano puso ambas mitades al fuego, y del fuego salieron serpientes, ranas y toda clase de reptiles. Luego sacó las dos partes del cuerpo del fuego, las lavó bien en el mar, las roció con agua purificada, hizo la señal de la cruz y Olyóna surgió con una belleza tal que ningún cuento puede contar ni ninguna pluma puede escribir. Y después de todo esto dijo:

— Ahora, bienhechor mío, Ivánushka, tú serás un rey poderoso. Iván, el hijo del mercader, ahora eres rico, famoso y feliz, así que procura no olvidarte de Dios y de los pobres. Ahora me despido, pues no te veré más.

Iván y Olyona se arrodillaron y comenzaron a suplicarle, pero el anciano dijo:

— No me ruegues más, sólo agradezco a Dios por enviarme a ti. Te amé a ti y a tu padre, Iván, y a ti aún más, porque amablemente me diste limosna, y me convertirse en tu amigo, compañero y padre. Y ahora que eres rico y famoso, no olvides dar limosna a los pobres.

Luego desapareció.

Iván y Olyona alabaron a Dios, regresaron a los barcos y siguieron navegando.

Navegaron por días hasta la tierra natal de Iván.

Cuando los pobres vieron que Iván había llegado con incalculables riquezas, se agolparon hasta la orilla y comenzaron a besarle las manos, los pies y el dobladillo de su manto, y todos los presentes estaban tan contentos que las lágrimas brotaban de sus ojos.

Iván puso cruces en la tumba de sus padres, vistió a los pobres, les dio su casa y tras despedirse de su tierra, regresó con su suegro y gobernó durante muchos años su reino.

Vivió tanto que vio en su vejez a sus hijos, a sus nietos y a sus bisnietos. Y siempre oró y bendijo a Dios y a Nicolás el Taumaturgo por la misericordia que le habían manifestado.

En aquel reino donde fue rey, hasta el día de hoy se recuerda al rey Iván y a su esposa Olyóna la Bella.

Cuento popular ruso recopilado por Aleksandr Nikolaevich Afanasiev (1826-1871)

Aleksandr Afanasev

Aleksandr Nikolaevich Afanasev (1826-1871) Historiador, crítico literario y folclorista ruso.

Recopiló un total de 680 de cuentos populares rusos.

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