El pájaro blanco y su esposa

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Hace mucho tiempo vivía en una tierra llamada El Hermoso Jardín de Flores un hombre que tenía tres hijas que cuidaban sus rebaños de cabras, alternándose entre ellas para esta labor.

Un día, cuando le tocó a la hermana mayor ir con las cabras, se quedó dormida con el calor del mediodía, y al despertar descubrió que faltaba una de las cabras. Mientras deambulaba buscándola, llegó a un lugar donde había una gran puerta roja. Cuando la abrió, encontró detrás, un poco más allá, una gran puerta dorada. Y cuando la abrió, encontró más allá otra puerta toda de brillante nácar. La abrió, y más allá había otra vez una puerta esmeralda, que daba entrada a un espléndido palacio lleno de oro y piedras preciosas, era deslumbrante a la vista. Sin embargo, en todo el palacio no había ningún ser vivo excepto un pájaro blanco posado en una costosa mesa en una jaula.

El pájaro, al ver a la doncella, le dijo:

—Doncella, ¿cómo has llegado aquí?

Y ella respondió:

—Una de las cabras de mi padre se ha escapado del rebaño, y como no me atrevo a volver a casa sin ella, la he estado buscando por todas partes; buscándola llegué aquí.

Entonces el Pájaro Blanco dijo:

—Si aceptas ser mi esposa, no sólo te diré dónde está la cabra, sino que te la devolveré. Sin embargo, si te niegas a prestarme este servicio, la cabra se perderá para siempre del rebaño de tu padre.

Pero la doncella respondió:

—¿Cómo puedo ser tu esposa, si eres un pájaro? La cabra de mi padre se perderá para siempre para su rebaño. — Y la muchacha se fue llorando de tristeza.

Al día siguiente, cuando la segunda hija tomó su turno con los rebaños, otra cabra se escapó del rebaño; y cuando fue a buscarla, llegó también al extraño palacio y encontró al pájaro blanco; pero tampoco podía aceptar convertirse en su esposa; por lo tanto regresó a casa, lamentando la pérdida de la cabra del rebaño.

Al día siguiente, la hija menor salió con las cabras, y también una cabra se extravió de ella. Pero ella, cuando llegó al palacio y el pájaro blanco le pidió que fuera su esposa, con la promesa de devolverle su cabra si ella aceptaba, le respondió:

—Por regla general, las criaturas del género masculino guardan su promesas; por tanto, ¡oh pájaro! Acepto tus condiciones.— Y aceptó convertirse en su esposa.

Un día iba a haber una gran reunión, que duraría trece días, en un templo de la vecindad. Y cuando todo el pueblo se reunió, se descubrió que esta mujer, precisamente la esposa del pájaro blanco, era más hermosa que todas las demás. Y entre los hombres había un jinete poderoso, montado en un caballo gris moteado, que era tan superior a todos los demás, que cuando hubo trotado tres veces alrededor de la asamblea y se alejó de nuevo, no podían dejar de hablar de su gracia y su hermosura y su dominio del corcel.

Cuando la esposa regresó a su casa en el palacio en la roca, el pájaro blanco le dijo:

—Entre todos los hombres y mujeres en el festival, ¿quién se consideró que había dado pruebas de superioridad?

Y ella respondió:

Entre los hombres, había uno que montaba un caballo tordo; y entre las mujeres, estaba yo.

Así sucedió todos los días de la fiesta, y no había ninguno, ni hombre ni mujer, que pudiera competir con ellos dos.

El día duodécimo, cuando la mujer que estaba casada con el pájaro blanco fue nuevamente a la fiesta, tenía por vecina a una anciana, la cual le preguntó cómo le había sido los demás días de la fiesta; y ella le respondió, diciendo:

—Entre todas las mujeres ninguna me ha superado; pero entre los hombres, no hay ninguno que se compare con el poderoso jinete del caballo gris moteado. ¡Si pudiera tener un hombre así como marido, no me quedaría nada que desear en todos los días de mi vida!

Entonces dijo la anciana:

—¿Y por qué no deberías tener un hombre así por marido?

Pero ella comenzó a llorar y dijo:

—Porque ya me prometí con un pájaro blanco.

—¡Eso es perfecto! —respondió la anciana. —He aquí, mañana es el día decimotercero de la asamblea; pero no vengas a la fiesta, sólo haz como si fueras a ir, y luego escóndete detrás de la puerta esmeralda. Cuando parezca que te has ido, el pájaro blanco abandonará su traje de pájaro y, asumiendo su forma de hombre, irá al establo, ensillará su moteado corcel gris y cabalgará hacia la fiesta como de costumbre. Entonces sal de tu escondite y quema su traje de pájaro, su jaula y sus plumas; así en adelante tendrá que vestir su forma natural.

Así instruyó la anciana a la esposa del pájaro blanco.

Al día siguiente la mujer hizo todo lo que le habían dicho la anciana, palabra por palabra. Pero como deseaba muchísimo ver regresar a su marido, se colocó detrás de un pilar desde donde podía verlo venir desde lejos. Por fin, cuando el sol empezaba a ponerse rojizo en el horizonte, lo vio acercarse montado en su caballo tordo.

—¿Cómo es esto? —exclamó al verla. —¿Entonces volviste antes que yo?

Y ella respondió:

—Sí, llegué primero a casa.

Luego preguntó:

—¿Dónde están mi traje de ave y mi jaula?

Y ella respondió:

—Lo he quemado en el fuego, para que en adelante aparezcas sólo en tu forma natural.

Y él exclamó:

—¿Sabes lo que has hecho? ¡En esa jaula había dejado no sólo mis plumas, sino también mi alma!

Y cuando ella escuchó esto, lloró mucho y le suplicó, diciendo:

—¿No hay forma de arreglarlo? ¿Qué puedo hacer para recuperar tu alma?

Y el hombre respondió:

—Sólo hay un remedio. Los dioses y demonios vendrán esta noche a buscarme, porque mi alma se ha alejado de mí; pero puedo mantenerlos en peleando entre ellos durante siete días y siete noches. Tú, mientras tanto, toma este palo y con él golpea y talla hasta romper la puerta de nácar, sin detenerte ni descansar ni de día ni de noche. Al final de la séptima noche habrás abierto la puerta y seré libre de los dioses y demonios; pero ten en cuenta que si dejas de tallar por un solo instante, o si te invade el cansancio por un momento, entonces los dioses y demonios me llevarán con ellos, lejos de ti. —Así habló.

Entonces la mujer fue a buscar pequeñas motas de hierba pluma y con ellas se abrió los párpados para que no la sorprendiera el sueño; y con el palo que le había dado su marido se puso a trabajar, al caer la noche, a tallar y tallar la puerta de nácar. Así siguió cortando, sin cansarse, siete días y siete noches: sólo la séptima noche, habiéndosele caído de uno de los ojos las motas de hierba, de modo que no pudo evitar que el párpado se cerrara, por un instante, los dioses y los demonios prevalecieron contra su marido y se lo llevaron.

Inconsolable, ella se puso a vagar tras él gritando:

—¡Ah! mi amado esposo. ¡Mi marido en forma de pájaro!

Y aunque no había dormido ni había descansado un momento durante siete días y siete noches, partió, sin detenerse a descansar, buscándolo por todas partes de la tierra y del cielo.

Por fin, mientras seguía caminando y llorando, escuchó su voz respondiéndole desde lo alto de una montaña. Y cuando hubo subido a la cima de la montaña, clamando a gritos tras él, oyó que él le respondía desde el fondo de un arroyo. Cuando bajó de nuevo a las orillas del arroyo, todavía llamándolo en voz alta, allí lo encontró junto a un Obö sagrado, elevado a los dioses al borde del camino. Estaba sentado con un gran fardo de botas viejas a la espalda, tantas como podía llevar.

Cuando se encontraron, él le dijo:

—Este encuentro contigo una vez más alegra mi corazón. Los dioses y demonios me han hecho su aguador; y al trabajar tantas veces subiendo y bajando desde el río hasta su montaña6, he gastado todos estos pares de botas.

Pero ella respondió:

—Dime, oh amado, ¿qué puedo hacer para librarte de esta esclavitud?

Y él respondió:

—Sólo existe este remedio, mi fiel esposa. Debes volver a casa, construir una nueva jaula como la que fue quemada, y una vez construida, corteja a mi alma para que vuelva a la jaula. Cuando lo hayas logrado, yo mismo regresaré allí, y los dioses o demonios no podrán retenerme.

Entonces ella regresó a su casa, construyó una jaula como la que fue quemada y cortejó el alma de su marido para que volviera a entrar en ella; y así su marido fue liberado del poder de los dioses y demonios, y volvió a la jaula para vivir con su amada para siempre.

Cuento popular mongol, editado por Rachel Harriette Busk en 1873, Sagas from the Far East; or, Kalmouk and Mongolian Traditionary Tales

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