
Érase una vez tres hermanos que los tres se habían enamorado de una prima suya de tierras lejanas. Como todos la querían, el padre de la muchacha, al ver que no sabía a cuál elegir por yerno, les dijo que se la daría a aquel que le trajera el objeto más bonito y útil.
Los tres hermanos se separaron, cada uno tomando su rumbo y confiando en la buena suerte. El mayor llegó a una ciudad en la que, por pregón público, se anunciaba la venta de un catalejo de gran alcance, de un precio tan elevado que nadie podía comprarlo. Pero él arriesgó toda su fortuna y se lo llevó.
El segundo hermano también hizo su camino y llegó a otra ciudad justo en el momento en que se subastaba una alfombra con una virtud tan especial que quien se sentara en ella podía transportarse de inmediato al lugar que deseara. Había muchos compradores, pero él también consiguió llevársela.
Y el más pequeño de todos, caminando y caminando, llegó a una ciudad en la que vendían al mejor postor una manzana que, con solo olerla, devolvía la salud a quien la hubiera perdido. Imagina cuántas pujas habría. Pero el hermano pequeño, reconociendo el gran valor que tenía —sobre todo para él—, la compró a toda costa.
Cada uno con su objeto esperó a que terminara el plazo que se habían dado para reunirse. Y una vez juntos, se mostraron mutuamente lo que habían conseguido. Al mirar con el catalejo, vieron que la muchacha por la que competían estaba enferma. De inmediato subieron todos a la alfombra y se presentaron en su casa; le hicieron oler la manzana y ella sanó por completo.
Entonces comenzaron las disputas:
—Si no fuera por el catalejo, no la habríamos visto.
—Si no fuera por la alfombra, no estaríamos aquí.
—Si no fuera por la manzana, no se habría curado.
Todos la querían, y el padre no sabía cómo resolverlo. Finalmente, les dijo:
—Si con vuestras riquezas ninguno ha conseguido ganar el corazón de mi hija, que se la quede quien muestre más ingenio. Aquel que dispare la flecha más alta, ése se casará con ella.
Los hermanos prepararon sus ballestas, que era un gusto verlas. El mayor disparó: la flecha subió tanto que apenas se la pudo seguir con la vista. El segundo disparó y su flecha atravesó las nubes. El menor preparó el arco, tensó la flecha… ¿y dónde la clavó? ¡Justo en el centro del sol! Por eso desde entonces tiene manchas.
Todo fueron vítores y aplausos, y el padre le dio la hija en matrimonio, lo que llenó de alegría a todos… salvo a los hermanos, que no lo llevaron del todo bien, porque también la querían mucho.
Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875







