
En un templo del norte vivía un sacerdote que sentía gran codicia por la nuez de betel. Un día, impulsado por su adicción, preguntó a un niño monje si nadie había muerto ese día, pero el niño monje que no había oído hablar de ninguna muerte.
Un hombre, mientras adoraba en el templo, escuchó las palabras del sacerdote y, al regresar a su casa, dijo:
—El sacerdote quiere que alguien muera para poder comer betel. Castiguémoslo, porque es adicto al betel.
—La mejor trampa sería la vida de un hombre. Prepárame para el sepulcro, luego lloraremos a viva voz y el sacerdote vendrá.
Cuando todo estuvo listo, se lamentaron a viva voz y el sacerdote, lleno de alegres pensamientos de saciar su apetito, acudió rápidamente.
Todos los implicados dijeron:
—Debemos apresurarnos a ir a la tumba con nuestro hermano muerto. Como ya es de noche, no haremos la ceremonia hasta que regresemos.
Todos se apresuraron al lugar de la quema, y al llegar a él, tomaron un extremo del lienzo que cubría el cuerpo y lo pusieron en manos del sacerdote, mientras que el otro extremo lo dejaron sobre el cuerpo del supuesto muerto.
—Mientras pides bendiciones para nuestro hermano fallecido, iremos a preparar leña para la quema—, dijo el pueblo, y dejando al sacerdote orando, regresaron como habían venido, cortaron espinas y zarzas y las colocaron en el camino y sus alrededores, por lo que el sacerdote no pudría salir ileso. Luego se escondieron.
Mientras la oscuridad lo envolvía, el sacerdote oró rápido y en voz alta. El hombre se agitó y gimió, y el sacerdote gritó:
—¡Oh, Dios mío, te pido bendiciones! ¿Por qué te mueves?
De nuevo el hombre se levantó y gimió aún más fuerte, y el sacerdote, aterrorizado, huyó hacia el templo. Atrapado por las zarzas, cayó de cabeza, se cortó y sangró. Con gran esfuerzo llegó finalmente al templo, y con mucho dolor el joven sacerdote le vendó las heridas. No fue hasta que hubo descansado que le preguntó al niño si la gente del difunto había traído algún betel al templo en su ausencia.
—No—, dijo el niño monje. —Ve a la casa del difunto y come con ellos.
Pero el sacerdote dijo con mucha vehemencia:
—Ya sea que mueran diez o veinte hombres, no volveré a ir. ¡Nunca volveré a ir!
Leyenda de Laos, recopilada por Katherine Neville Fleeson, editada en 1899, en el libro Laos Folk-Lore of Farther India.







