
Había un padre que tenía dos hijos, los cuales eran muy ambiciosos, así que al ser unos muchachos grandes, encontraron pequeña la casa de su padre y estrecho el pueblo en que vivían y decidieron huir.
Y un día por la mañana, ambos con el morral a la espalda, se fueron de su casa: –Yo quiero ser obispo, dijo uno. –Entonces yo rey, respondió el otro; y fueron caminando hasta que el camino se dividía en dos, y cada uno tomó un lado, uno a la derecha y el otro a la izquierda.
El que quería ser obispo encontró una bolsa llena de dinero, él que la tomó, se fue a la ciudad, se puso a estudiar para capellán, se ordenó y como tenía tantos y tantos dineros, hacía grandes caridades, de manera que su fama de virtuoso se hizo pública y lo hicieron obispo cuando murió el que había. Aquel ya había logrado su objetivo.
El otro seguía su camino y en ningún lugar encontró nada, ni medios para pensar cómo podría satisfacer su ambición, sólo después de mucho tiempo encontró dos chicos que se peleaban.
–¿Qué hacéis aquí, cómo es que os peleáis?
–Es que tenemos una silla y una trompeta y los dos la queremos.
–¿Y por una silla y una trompeta os peleáis así?
–Es que la silla tiene la virtud de que sentado en ella te lleva adonde quieras, y la trompeta, que tocándola hace salir tantos soldados como se quiera.
El joven pensó, esto sí que es para mí: él les dice a los chicos:
–Ya os lo repartiré yo, apartaos y os lo haré a palos.
Los chicos de buena fe cayeron, le dieron la silla y la trompeta y él se sentó en la primera, dice:
–A la ciudad del rey.
Y la silla lo llevó a aquella ciudad. Cuando estuvo allí, alquiló una casa justo delante del palacio, y como vio a la princesa, empezó a enamorarla. La chica también se agradó de él, pues era muy guapo y poco a poco llegaron a enamorarse.
Un día que como buenos enamorados todo se contaban, el joven le dijo que tenía una silla que llevaba a donde uno quisiera y una trompeta que tocándola hacía salir soldados, y la chica, toda curiosa, le dijo que se la enseñara.
–Pues ya verás, siéntate en esta silla y ve con tu padre.
El rey tenía gran consejo y quedó todo admirado de ver llegar allí en medio a su hija.
Ésta le explicó lo de la silla y la trompeta, y el rey le dijo que hiciera lo posible para quedárselos, pues eran cosas que les podían servir mucho.
La chica volvió a su enamorado y le dijo que le dejara probar la trompeta, a lo cual este cayó de tal manera, que la chica se sentó en la silla y tocando la trompeta desapareció de su vista. Salieron enseguida los criados y echaron al joven fuera del palacio.
El joven se desanimó de tal manera que no hay para qué decirlo: el caso es que se encontró pobre y sin saber qué hacer emprendió camino fuera de la ciudad. Caminando, caminando, sin encontrar nada, al fin vio una higuera.
Él se acercó, comió un higo, después otro y iba a comer el tercero cuando se dio cuenta de que le habían salido dos cuernos en la cabeza. Dejó aquel sitio corriendo y bajó de la higuera con los dos cuernos que no sabía cómo quitárselos ni taparlos, emprendiendo otra vez el camino.
El hambre le confundía, pero no veía más que higueras y no se atrevía a subir ni a coger ningún higo. Caminó, caminó, llegó un momento en que no pudo más y con cuernos o sin cuernos decidió comer higos. Se fue a una higuera, comió un higo y le desapareció un cuerno, comió otro y le desapareció el otro cuerno.
–Ya estoy salvado.
Y cogiendo media docena, volvió sobre sus pasos, recogió seis de las otras higueras que hacían salir cuernos y se fue a la ciudad del rey donde las puso a la venta.
Como era pleno invierno, cuando todos las vieron fueron a comprarlas, pero él quería un precio tan alto que nadie tenía suficiente dinero. Los reyes, cuando lo supieron, mandaron a comprar y el joven les vendió la media docena que hacía salir cuernos.
Los reyes, como podéis contar, no lo sabían, y partiéndolas, comieron dos el rey, dos la reina y las otras dos la princesa, y he aquí que les salieron a todos enseguida unos cuernos que ni ellos mismos sabían cómo explicar.
–¡Esto es aquel hombre que ha vendido los higos, quizás estaban encantados!
Lo hicieron llamar y compareció en el palacio, y el joven les dice:
–Esto no es nada, yo prometo curarlos, pero tenéis que sufrir mucho.
Todos se consolaron.
–Empezaremos por el rey.
Y llevándoselo a un cuarto, le empezó a dar palos hasta cincuenta, que le hizo ver los ojos verdes, después le dio a comer dos higos de la otra higuera y los cuernos le desaparecieron.
–Ahora la reina.
Y encerró a la reina en el mismo cuarto; pero como la pobre mujer no tenía culpa, le dio sólo las otras dos higueras para comer, haciéndole gracia de los golpes, y quedó curada.
–Ahora la princesa.
Que era lo que él quería y se la llevó al mismo cuarto, donde se descubrió quién era y le empezó a dar tantos golpes, diciéndole que no pararía hasta que le devolviera la trompeta y la silla, que la chica no tuvo otro remedio que entregárselos. Entonces le dio los otros dos higos y quedó la chica sin cuernos.
Una vez que el joven volvió a estar en posesión de sus maravillosos objetos pensó cómo haría para ser rey y recordando a su hermano, quiso ir a verlo, se sentó en la silla y se encontró en un palacio grandísimo lleno de criados que le preguntaron quién era y qué buscaba.
El joven les dijo que buscaba al amo, pues no tenía ninguna duda de que este sería su hermano, lo hicieron entrar y lo vio sentado en una gran silla rodeado de pajes que uno le tenía el báculo y el otro la mitra.
–¿Entonces ya eres obispo?
–Sí; y tú ¿no eres rey?
El joven le explicó todo lo que había sucedido y su hermano le dio una bolsa llena de dinero y le dijo que volviera a la ciudad del rey a lograrlo. Se fue aquel y cuando llegó, construyó un palacio muy grande justo delante de donde habitaban los reyes.
–¿De quién será este hermoso palacio? –pensaban, pero cuando lo supieron, recordando las burlas que les había hecho, no quisieron saber nada, aunque la chica, aún amándolo, intercedió con sus padres para que le dejaran casarse.
El joven volvió a pedir consejo a su hermano quien le dijo que tocara la trompeta; y al hacerlo, por los cuatro lados del palacio apareció una multitud de soldados a sus órdenes. Se puso al frente de ellos; su hermano lo acompañó ya que entonces los obispos también iban a la guerra y los padres de la chica, cuando vieron aquel numeroso ejército en el que incluso había obispos, creyeron bien que el joven era un príncipe que debía haber estado encantado, le concedieron a la hija, casándolos, el hermano obispo, el rey les entregó el reino pues ya era muy viejo, y el joven y la chica fueron muy felices reinando muchos años en aquella tierra.
Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875







