the enchanted pig

El Cerdo Encantado

Hechicería
Hechicería
Amor
Amor
Miedo
Miedo
Criaturas fantásticas
Criaturas fantásticas

Había una vez un emperador que tenía tres hijas. Obligado a ir a la guerra, llamó a sus hijas y les dijo:

—Mis queridas hijas, me veo obligado a ir a la guerra, porque el enemigo ha descendido sobre nuestro territorio con un gran ejército. Me entristece profundamente dejaros, pero espero que durante mi ausencia seáis buenas y discretas y os ocupéis de vuestras habituales tareas domésticas. Tienes mi permiso para caminar por el jardín y por todas las habitaciones del palacio excepto la que está al final del ala derecha. Si entráis en esta cámara, sólo encontraréis tristeza.

—Tranquilo, querido padre—, respondieron las princesas. —Nunca hemos desobedecido sus órdenes y no lo haremos ahora. ¡Vayan en paz y que Dios los conduzca a la victoria!

Cuando todo estuvo listo para la partida, el emperador abrazó tiernamente a sus hijas, recordó sus consejos y entregó las llaves del palacio a la mayor. Cuando la cabalgata imperial desapareció de la vista detrás de una nube de polvo, las princesas se sumergieron en el dolor y la soledad.

Para distraerse, decidieron trabajar un tercio del día, leer otro tercio y caminar al aire libre el resto del día.

Así lo hicieron y todo salió bien. Pero al poco tiempo uno de esos duendes malvados, siempre celoso de la buena suerte de los niños obedientes, asomó la nariz y susurró al oído de la mayor y le inspiró descontento. Entonces ella dijo a los demás:

—Hermanas, no hacemos nada en todo el día excepto trabajar, hablar y leer. Ha pasado poco tiempo desde que nos dejaron solos, pero ya hemos visitado cada rincón del jardín, hemos recorrido todas las habitaciones del palacio excepto una, y hemos visto cuán bella y ricamente están amuebladas. Ahora bien, ¿por qué nos prohibieron entrar a la habitación al final del ala derecha? Seguramente no nos haría ningún daño echar un vistazo al interior.

—¡Oh, mi querida hermana!— exclamó el menor—, ¿Cómo puedes sugerir tal idea, cómo aconsejarnos desobedecer a nuestro padre? Si él nos prohibió entrar en esa sala, debe de ser por una buena razón.

—¿Pero qué daño puede sucedernos si entramos? —protestó la segunda hermana. —¿No hay dragones ni otros reptiles dentro para devorarnos? Y además, ¿Cómo sabrá nuestro padre que le hemos desobedecido?

Así hablando y discutiendo, llegaron ante la puerta del cuarto prohibido, la mayor, que guardaba las llaves, metió una en la cerradura y al girarla un poco, ¡crack! La puerta se abrió de golpe y entraron. ¿Y qué crees que vieron? Sólo una gran habitación vacía, desprovista de cualquier adorno, pero en medio de la cámara había una gran mesa redonda, cubierta con un hermoso mantel y en medio de la mesa había un gran libro abierto.

Las princesas se acercaron impacientes a la mesa, deseando conocer el contenido del libro. La mayor avanzó primero y esto fue lo que leyó:

«La hija mayor del emperador se casará con el hijo del Emperador de Oriente».

Luego, la segunda hija echó un vistazo al libro y leyó lo que sigue:

«La segunda hija del emperador se casará con el hijo del Emperador de Occidente».

Las hermanas se rieron alegremente y comenzaron a burlarse unas de otras acerca de estas profecías, pero la más joven se negó a mirar el libro. Entonces sus hermanas la empujaron hacia la mesa y la retuvieron allí, hasta que por fin, tímida y temerosa, pasó la página y leyó:

«La hija menor del emperador se casará con un cerdo».

La joven quedó tan abrumada por estas líneas como si hubiera recibido un golpe en la cabeza. Al principio estaba como paralizada, luego estalló en sollozos y lágrimas. Si sus hermanas no la hubieran apoyado se habría caído al suelo y lastimado. Poco a poco fue recuperando el control de sí misma y sus hermanas la consolaron lo mejor que pudieron.

—¡Ahí ahí!— dijeron—, ¿Cómo os podéis preocupar por tal cosa? ¿Alguna vez has oído hablar de una princesa que se casa con un cerdo? No puedes creer algo así ¿No tiene nuestro padre ejércitos lo suficientemente poderosos como para salvarte de un cerdo si una bestia tan repugnante viniera a cortejarte?

La princesa más joven deseaba ser consolada, pero se sentía muy incómoda en el fondo de su corazón. No podía pensar en nada más que en el extraño libro que predecía destinos tan felices para sus hermanas y un destino tan cruel y ridículo para ella. Sobre todo, sentía un gran remordimiento por haber desobedecido a su querido padre. Comenzó a languidecer y a los pocos días estaba tan cambiada que apenas se podía reconocerla.

Ella, que siempre había sido tan fresca y alegre, ahora se puso pálida y malhumorada. Evitaba a sus hermanas y se negaba a pasear por el jardín o a recoger guirnaldas para atarse el pelo, o a cantar baladas mientras tejía o bordaba.

Por esta época el emperador regresó de las guerras. Había logrado una brillante victoria y había empujado al enemigo mucho más allá de las fronteras de su dominio, y como tenía tanas ganas de ver a sus hijas, había regresado lo más rápido posible.

Una gran multitud salió a su encuentro con trompetas, tambores y pífanos, regocijándose por el regreso de su gobernante. Tan pronto como llegó a la ciudad, incluso antes de entrar a su palacio, el emperador se dirigió a la iglesia para dar gracias a Dios por haberlo traído sano y salvo.

Luego, dirigiéndose a su casa, se encontró con sus hijas, que salieron a recibirlo con coronas y guirnaldas de flores.

Su alegría superó todos los límites cuando las vio sanas y salvas, y la princesa más joven hizo todo lo posible para parecer tan fresca y alegre como sus hermanas. Pero no pudo engañar a su padre por mucho tiempo. A pesar de todos sus esfuerzos, el emperador pronto notó el cambio que se había producido en ella durante su ausencia. Sospechaba que sus hijas le habían desobedecido y su corazón sangraba al pensarlo. Entonces los interrogó severamente y les ordenó que no dijeran más que la verdad. Temiendo mentirle a su padre, admitieron su culpa.

Al oír esto, el emperador se entristeció mucho y se llenó de ira. Pero se dominó y trató de consolar a la princesa más joven, quien, según pudo ver, sufría de dolor. Ahora que se había derramado la leche no serviría de nada regañar.

El tiempo pasó y estos acontecimientos quedaron casi en el olvido, cuando un buen día el hijo del Emperador de Oriente llegó a la corte y exigió en matrimonio a la princesa mayor. Su padre accedió con alegría a esta propuesta, y se celebró una boda espléndida, y después de tres días de banquete, la joven pareja fue conducida con gran pompa a la frontera.

Poco después, la segunda hermana se casó de la misma manera con el hijo del Emperador de Occidente.

Al ver que la profecía del libro se estaba cumpliendo, palabra por palabra, la hermana menor se inquietó cada vez más. Ya no deseaba comer, ni vestirse con sus ropas de seda, ni salir del palacio. Prefería morir antes que convertirse en el hazmerreír del mundo casándose con un cerdo. Pero su padre la vigiló de cerca para salvarla de la muerte por su propia mano y trató de consolarla con sus consejos.

Un buen día, poco después de la boda de la segunda hermana, quién, sino un cerdo llegaría al palacio y se presentaría ante el emperador.

Abriendo la boca, habló como un hombre:

—¡Te saludo, noble emperador! Que siempre seas tan brillante y alegre como el amanecer en un día despejado.

—Bienvenido, amigo—, respondió el emperador.

—¿Qué recado te trae aquí?

—He venido a pedir en matrimonio la mano de tu hija menor—, respondió el cerdo.

El emperador quedó asombrado al oír tales palabras de boca de un cerdo, y podéis estar seguros que no podía dar crédito de semejantes palabras. Pero cuando oyó que el patio del palacio y todas las calles de la ciudad estaban llenos de cerdos feroces que venían como escolta de su amo, tuvo que ceder, temiendo la hechicería. Entonces el cerdo les exigió la estricta promesa de que la boda se celebraría en una semana.

Abrumado por estos acontecimientos, el emperador sólo pudo aconsejar a su hija que se sometiera a este matrimonio con la mayor gracia posible; porque, dijo él:

—Las palabras de este pretendiente no son las de un cerdo, ni sus modales son los de un cerdo. No creo que sea, en realidad, una bestia inmunda. Él seguramente es víctima de un encantamiento, así que lo mejor es ir con él y Dios no te dejará sufrir por mucho tiempo.

—Si piensas así, querido padre, te obedeceré—, respondió la joven. —Pondré toda mi confianza en Dios, venga lo que venga, porque es mi destino y debo someterme.

Y llegó el día de la boda y se celebró la ceremonia en secreto. Entonces el cerdo tomó a su novia y partió con ella a uno de los carruajes imperiales.

Pronto, los carruajes toparon con un charco en el camino, el cerdo bajo del carruaje y rodó en el barro hasta quedar completamente cubierto. Luego montó nuevamente al lado de su novia y le rogó que lo besara.

¡Pobre pequeño! ¿Qué podría hacer ella? Recordando la promesa que había hecho a su padre, tomó su pañuelo, le limpió el hocico y lo besó.

Llegaron a la casa del cerdo al caer la noche. Estaba situada en medio de un denso bosque, cuyos árboles se alzaban sobre ellos como centinelas.

Descansaron un poco, luego cenaron juntos y finalmente se acostaron a dormir. Durante la noche la princesa percibió que era un joven que yacía a su lado y no un cerdo. Al recordar la predicción de su padre, se llenó de esperanza y dio gracias a Dios.

Su marido le había quitado la piel del cerdo durante la noche sin que ella lo viera y antes del amanecer se la volvió a poner. Así transcurrieron varias noches, y la princesa no podía entender por qué su marido tenía que ser cerdo durante el día y hombre durante la noche. En efecto, debe ser víctima del encantamiento.

Poco a poco ella llegó a amarlo, sobre todo porque sabía que pronto sería madre de un pequeño y que él sería su padre. Sin embargo, lamentaba mucho la idea de que su bebé también pudiera adoptar alguna forma extraña y repugnante.

Estaba pensando con tristeza en todas estas cosas, un día, cuando una vieja hechicera pasó ante su puerta. Llevaba tanto tiempo privada de toda compañía humana que llamó a la anciana para que se detuviera y hablara un poco con ella. La hechicera cumplió con su pedido y se ofreció a adivinarle la fortuna y conseguir así algunas monedas. La pobre princesa, para probar los poderes mágicos de la dama, le exigió que le dijera por qué su marido debía ser hombre durante la noche y cerdo durante el día.

—Puedo explicarte lo que te desconcierta, mi bella dama—, respondió la hechicera, —y entonces creerás en mi poder mágico. También te daré un remedio que libere a tu marido de su hechizo.

—Dámelo, mi buena mujer, y te pagaré todo lo que me pidas a cambio, que es más de lo que puedo soportar tener un marido en tal situación.

—Muy bien, mi bella dama, toma este hilo, levántate temprano en la mañana mientras él todavía duerme, átalo suavemente alrededor de su pierna, apriétalo, y ten la seguridad, querida mía, de que nunca más tu marido será un cerdo. No pido dinero. Seré recompensada en el momento en que te vea libre de problemas, porque mi corazón sufre por ti, y lamento no haber acudido antes en tu ayuda.

Entonces la hechicera se fue, y la hija del emperador escondió cuidadosamente el hilo, y antes del amanecer se levantó, con el corazón latiéndole dolorosamente por miedo a despertar a su marido, y suavemente ató el cordón a su pierna. Pero cuando hizo el nudo, ¡crack! El hilo se rompió porque estaba podrido. Su marido se despertó sobresaltado y gritó:

—¿Qué has hecho, desafortunada mujer? Sólo tres días más y debería haberme liberado de mi vil encantamiento. Ahora, ¿Quién sabe cuánto tiempo más tendré que esconder mi verdadero yo bajo la sucia piel de un cerdo? ¡Ten por seguro que no volverás a verme hasta que hayas gastado tres pares de zapatos de hierro y un bastón de acero al buscarme, porque debo irme! —, Y así desapareció de la vista de su esposa.

Cuando la pobre princesa se encontró sola, comenzó a llorar y a lamentarse de tal manera que le rompía el corazón a cualquiera. Pero cuando vio que su llanto era inútil, abandonó su casa y se dirigió hacia la dirección que la piedad del Señor y el amor de su marido le indicaban.

Cuando llegó a un pueblo, se había hecho tres pares de sandalias de hierro y un bastón de acero. Así preparada para su viaje, partió en busca de su marido.

Caminó un largo, largo camino, pasando por nueve reinos y nueve mares. Atravesó bosques llenos de tocones del tamaño de barriles, y muchas veces tropezaba con ellos y caía, pero cada vez se levantaba y seguía su camino. Las ramas de los árboles la golpearon en la cara y los arbustos le arañaron las manos, pero aun así siguió adelante, sin mirar atrás. Agotada por su viaje y destrozada por la pena, pero con esperanza siempre en su corazón, llegó por fin ante una casita.

Fue la casa de San Lunes. Llamó a la puerta y cuando la abrieron suplicó que la dejaran entrar para poder acostarse y descansar, porque no podía ir más lejos. La madre de San Lunes se apiadó de ella, la recibió y la cuidó con toda la ternura que pudo, y fue aquí donde nació su bebé.

Entonces la buena madre del santo le preguntó cómo era posible que ella, un ser del otro mundo, hubiera podido penetrar tan lejos en estas regiones. Y la desgraciada princesa le contó todos sus problemas y dijo:

—Sobre todo doy gracias a Dios por haberme traído hasta aquí, a tu casa, y te doy gracias, bondadosa santa, por haber tenido piedad de mí en el momento más doloroso de mi vida. Sólo tengo una petición que hacerte, y es que le pidas a tu hijo, San Lunes, que me muestre el camino para encontrar a mi marido.

—Él no lo sabe, pobre niña—, respondió la buena santa, —pero sigue hacia el este y llegarás a la morada del Sol y tal vez él pueda decirte algo.

Luego le dio a comer a la princesa una gallina asada y le dijo que guardara cuidadosamente todos sus huesos, porque los necesitaría. Y la pobre princesa, después de agradecer una vez más a la bondadosa santa su hospitalidad y sus buenos consejos, ató los huesos en su pañuelo, se calzó un par de sandalias de hierro limpias, cogió su bastón de acero, puso a su bebé sobre su hombro y continuó con su doloroso peregrinaje.

Anduvo un largo, largo camino, sobre llanuras de arena, y el camino era tan pesado que avanzaba muy lentamente, pero por su espíritu insaciable finalmente salió del desierto y llegó al pie de altas montañas llenas de precipicios y barrancos. Subió de roca en roca, descansando de vez en cuando en alguna repisa, y las piedras eran tan afiladas que sus manos y pies pronto quedaron cubiertos de cortes y magulladuras.
Pronto había trepado tan alto que estaba por encima de las nubes.

Finalmente, medio muerta de cansancio, llegó ante un magnífico palacio, residencia del Sol. Llamó a la puerta y pidió refugio.

La madre del Sol quedó, efectivamente, asombrada al ver a una mortal en sus dominios. Lloró de lástima al oír la triste historia de la princesa, y después prometió interrogar a su hijo sobre el camino por el que podría encontrar a su marido.

Luego escondió a la princesa en el sótano para que el Sol no la viera a su regreso, porque por las noches siempre estaba de mal humor.

Al día siguiente la pobre princesa corría peligro de ser descubierta porque el Sol podía oler la presencia de un ser del otro mundo. Pero su madre lo tranquilizó asegurándole que era sólo su imaginación.

Después de la partida del Sol, la princesa salió de su escondite, y viendo la bondad con que la había tratado la madre del Sol, se armó de valor y preguntó:

—¿Por qué siempre está de mal humor vuestro hijo, que es tan resplandeciente y que tanto bien hace a los mortales?

—Te diré el motivo—, respondió su madre. —A primera hora de la mañana, se encuentra en el umbral del paraíso y, radiante durante una hora, sonríe a toda la tierra. Pero durante el día su humor se nubla al ver las villanías de los hombres, y por la noche está sombrío y triste porque llega a las puertas del infierno, porque este es el camino que recorre todos los días, y es desde allí que regresa a su casa.

Entonces la buena dama le dijo a la princesa que el Sol no sabía nada del paradero de su marido, pues si vivía en un espeso bosque, los rayos del sol no podrían penetrar en él. Pero ella le aconsejó que buscara al Viento, porque él, seguramente, podría señalarle el camino donde encontrar a su marido. Luego ella también le dio de comer gallina asada y le dijo que guardara cuidadosamente cada hueso, porque los necesitaría.

Después de eso, la pobre esposa partió, se puso su tercer par de sandalias de hierro, cogió su bastón de acero, puso los huesos en su pañuelo y colocó a su bebé sobre los hombros.

De esta manera buscó la morada del Viento, y en el camino encontró muchas y terribles dificultades. Montañas de las que brotaban lava y llamas se interponían en su camino; llanuras heladas cubiertas de nieve bloquearon su paso.

Los hombres de la muerte la acecharon por todos lados, y sólo su voluntad, sostenida por la misericordia de Dios, le permitió superar estos obstáculos.

Al final llegó a un barranco en cuyo interior se podrían haber construido siete ciudades, y era aquí donde vivía el Viento.

El muro que rodeaba su vivienda tenía un portón al que llamó la jovén, pidiendo permiso para entrar.

La madre del Viento se apiadó de ella y le permitió entrar y descansar un rato. Ella también la escondió antes del regreso de su hijo.

Al día siguiente, la amable dama le dijo que su marido vivía en un espeso bosque que el hacha nunca había tocado. Allí había construido una pequeña cabaña con tocones superpuestos y atados con mimbres de sauce. Y vivió allí solo, temiendo la maldad del hombre.

Ella también le dio a comer a la pobre esposa una gallina asada y le aconsejó que guardara todos los huesos, porque los necesitaría. Luego le indicó que observara el cielo y siguiera la Vía Láctea por la noche hasta llegar a su objetivo.

Con lágrimas en los ojos y nueva esperanza en el corazón, la princesa agradeció a la madre del Viento su amable acogida y sus buenos consejos, y emprendió nuevamente su doloroso viaje, caminando de noche y de día.

No se detuvo ni para comer ni para dormir, porque la consumía el ardiente deseo de reunirse con el marido que el destino le había dado.

Caminó y caminó hasta que se le gastaron el último par de sandalias. Luego las arrojó al camino y comenzó a caminar descalza entre los terrones de barro seco, sin prestar atención a las espinas y piedras que lastimaban sus pies.

Finalmente llegó a un hermoso claro verde al borde de un bosque. Su corazón se alegró al ver las flores y la hierba que se extendían como una alfombra ante ella. Se detuvo un poco para descansar, y cuando escuchó el canto de los pájaros su alma se desbordó de añoranza por su marido. Entonces tomó a su bebé, se echó el pañuelo de huesos al brazo y se apresuró a emprender el viaje.

El bosque se hizo más y más espeso, y ella sintió en su corazón que era el mismo bosque del que había hablado la madre del Viento. Vagó por allí durante tres días y tres noches, hasta que la angustia la hizo tan destrozada que cayó al suelo y permaneció inmóvil durante toda una noche. Luego, reuniendo todas sus fuerzas y apoyándose en su bastón de acero, casi gastado, avanzó dolorosamente, con el corazón lleno de piedad por su bebé que lloraba de hambre.

No había dado diez pasos cuando vio una pequeña choza que estaba segura que pertenecía a su marido, y se acercó con gran esfuerzo.

La cabaña no tenía ni puerta ni ventana. Había una abertura en el techo, pero buscó en vano una escalera. ¿Qué podría hacer ella para poder entrar?

Pensó y pensó, pero no encontró solución a su dificultad y se desanimó ante este nuevo obstáculo. Entonces, de repente, recordó los huesos que había llevado durante todo el camino, tal vez ahora le serían útiles. Tomó dos de ellos en sus manos y los giró una y otra vez, sin saber qué hacer con ellos, cuando por alguna extraña casualidad se pegaron, de punta a punta. Tomó más y también se clavaron, hasta que por fin tuvo dos barras fuertes que apoyó contra la cabaña.

Luego tomó los huesitos y los juntó y también se pegaron, y con estos hizo las vueltas a la escalera por medio de la cual subió, paso a paso, hasta llegar a un paso del techo. Allí terminó la escalera y ya no le quedaron huesos, así que se cortó el dedo meñique y por medio de él hizo la última ronda.

Luego, con su bebé bajo el brazo, trepó al techo y entró en la casa.

Todo estaba en buen orden y en un rincón había una pequeña cuna hecha de sauce. Allí colocó al bebé y luego se sentó en la cama a esperar.

Pronto llegó su marido y quedó muy asombrado al ver la escalera junto a su cabaña: una escalera hecha de huesos con un dedo meñique en el extremo.

Temiendo nuevos hechizos, comenzó a salir de la cabaña, pero Dios le inspiró valor para entrar.

Entonces se transformó en paloma y, sin tocar la escalera, subió volando y entró en la casa.

Allí vio a su esposa amamantando a su bebé y recordó que ella estaba esperando a este pequeño cuando él la dejó. Por eso una piedad inexpresable inundó su corazón y de inmediato lo transformó en un hombre.

¡Pobre mujercita! ¡Qué terribles pruebas debió sufrir antes de llegar a su morada! Apenas era reconocible a causa de sus sufrimientos y tristezas.

Al ver a este hombre extraño, la hija del emperador se levantó de la cama, temblando de miedo, porque nunca antes había visto a su marido cara a cara a la luz del día, y no estaba segura de que fuera él. Pero él se le dio a conocer y ella inmediatamente se olvidó de todos sus problemas, porque era tan alto y hermoso como un pino de montaña.

Comenzaron a hablar, su hijo entre ellos, y ella le contó todas sus aventuras. Él lloró y quedó muy conmovido por la historia de sus pruebas. A su vez, contó su historia:

—Soy hijo de un emperador. Durante una guerra que mi padre libró contra sus vecinos, los dragones, que eran muy malvados y que codiciaba su reino, yo era el medio para matar al más joven de ellos. Parece que estabas destinada a ser mi esposa, y sabiendo esto, la madre de los dragones, que era una hechicera tan astuta que podía convertir el mar en tierra con su magia, me condenó a vestir la piel de un cerdo, pensando así privarme de ti. Pero con la ayuda de Dios te encontré y te llevé conmigo. La vieja que te dio el hilo para que lo ataras a mi pierna era la hechicera. Excepto por eso, si hubieran pasado tres días, el poder del hechizo habría desaparecido, pero tu acción me obligó a llevar la piel de cerdo durante tres años más. Y ahora que hemos sufrido tanto el uno por el otro, demos gracias a Dios y regresemos al hogar de nuestros parientes. Sin ti, habría vivido la vida de un ermitaño, y por eso elegí este lugar solitario que nunca antes había sido pisado por el pie del hombre.

Entonces se besaron felizmente y se prometieron olvidar todos sus problemas pasados.

Al día siguiente se levantaron al amanecer y partieron hacia la casa del joven.

Sus padres lloraron de alegría a su llegada, los abrazaron afectuosamente y ordenaron una fiesta que duró tres días.

Después de lo cual partieron hacia los dominios del padre de la princesa, quien casi pierde la cabeza de alegría al verlos. Él escuchó con interés su historia y luego le dijo a su hija:

—¿No te dije que no creía que fuera un cerdo el que te pedía mano en matrimonio? Hiciste bien, hija mía, en obedecerme.

Y siendo viejo y sin hijos, renunció a su trono y puso a sus dos hijos a la cabeza del imperio.

Reinaron como se reina cuando se es humano, ¡pues incluso los emperadores tienen sus tentaciones y sus engaños!

¡Y si no están muertos, siguen vivos, reinando en paz!

Cuento popular rumano, recopilado por Petre Ispirescu

the enchanted pig
the enchanted pig
Petre Ispirescu

Petre Ispirescu (1830 – 1887) fue un editor, folclorista y escritor rumano.

Recopiló una gran colección de cuentos populares rumanos.

Utilizamos cookies para mejorar su experiencia de navegación, ofrecer anuncios o contenido personalizados y analizar nuestro tráfico. Al hacer clic en "Aceptar", acepta nuestro uso de cookies. Pinche el enlace para mayor información.política de cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
Scroll al inicio