

Había una vez un rey que tenía tres hijos: el mayor, que era muy malvado; el mediano, que no lo era tanto; y el más pequeño, que era una “malva”, es decir, muy bueno. El pobre hombre se fue haciendo viejo y pensó en elegir sucesor para el trono. Para ello, convocó a los próceres del reino y les propuso hacer heredero a su hijo mayor. Pero ellos, junto con el pueblo, se opusieron con tal fuerza —pues lo querían poco— que pidieron que nombrara al más pequeño.
Entonces el rey decidió dejar la sucesión en manos de la habilidad y destreza de sus hijos, y los llamó para decirles que daría el cetro a aquel que, en el plazo de un año, le trajera el caballo más hermoso y veloz de toda la tierra. A cada uno les dio una bolsa bien llena de dinero.
Los muchachos salieron de su casa y caminaron, caminaron, hasta que se encontraron con tres caminos distintos y cada uno tomó uno diferente. El más pequeño, al poco de ir solo, encontró a un anciano que le preguntó quién era y adónde iba. El muchacho le contó que era el hijo menor del rey y que iba en busca del caballo más hermoso, pues ese era el precio que su padre había puesto para heredar el reino y el cetro.
El anciano le dijo:
—Entonces sigue este camino y al final encontrarás un valle fresco y lleno de árboles y pastos. Allí hay una manada de yeguas bellísima, y de ellas podrás escoger el caballo que más te guste.
El muchacho, todo contento, siguió el camino. En el fondo de un prado vio la manada pastando. Se acercó poco a poco, eligió bien, y cuando tuvo segura su elección, salió de su escondite, se lanzó sobre un caballo y aunque le costó mucho dominarlo, al final lo consiguió. Muy feliz se fue hacia el palacio de su padre, al que llegó justo pocos momentos antes de cumplirse el año convenido.
Cumplido el plazo, el muchacho se presentó orgulloso ante la corte con su caballo. También llegaron sus hermanos con los suyos. Tras examinarlos y tras una larga discusión, fue declarado mejor el caballo del hermano mayor.
El rey, complacido, dijo:
—Ya lo veis, tengo que nombrar heredero a mi hijo mayor.
Pero el pueblo, que no lo quería por lo malvado que era, comenzó a protestar tanto que el rey finalmente dijo:
—Entonces haremos otra prueba. Será mi sucesor quien en el plazo de un año me traiga el perro más hermoso y hábil para cazar.
Y les dio otra bolsa de dinero a cada uno.
Los tres muchachos se pusieron en camino, y caminaron, caminaron, hasta llegar a un lugar donde el camino se dividía en tres, y cada uno eligió el que mejor le pareció.
El más pequeño, yendo solo, volvió a encontrarse con el mismo anciano, que le preguntó adónde iba.
El muchacho respondió:
—Voy en busca del mejor perro del mundo, porque mi padre nos ha dicho que quien le traiga el mejor será el que herede el trono.
—Muy bien —dijo el anciano—, ve por allí y encontrarás un perro que te dará la victoria.
Pero como el muchacho había sido engañado la vez anterior, le respondió:
—No quiero creerle. La otra vez, por hacerle caso, casi me quedo sin reino. No quiero que me engañe otra vez.
Y el viejo le dice:
—No te engañé. La otra vez fue porque no me diste nada. Dame un poco del dinero que llevas y te saldrás con la tuya.
El muchacho, confiado, le dio la mitad de lo que llevaba, y contento, se fue caminando. Al final encontró un pastor que tenía un perro hermosísimo y tan buen cazador que ninguna presa se le escapaba. El muchacho le preguntó cuánto quería por él, y el pastor le pidió un precio que el pobre chico no podía pagar, pues había dado parte de su dinero al anciano. Como puedes imaginar, se desesperó mucho, pero no tuvo más remedio que marcharse sin ese perro y comprar otro.
Al cabo del año volvió al palacio de su padre con su perro, lo mismo que sus hermanos, y reunida la corte, el perro del hermano mediano fue declarado el mejor. El rey cumplió su palabra, pero el pueblo protestó tanto que el rey, finalmente, dijo:
—Entonces va la última prueba: el que al cabo del año me traiga a la mujer más hermosa, será definitivamente quien herede la corona.
Y les dio a cada uno otra bolsa de dinero.
Los muchachos partieron, caminaron, caminaron, hasta llegar otra vez a un cruce, y cada uno eligió su camino.
El más pequeño, caminando solo, se volvió a encontrar con el mismo anciano de las veces anteriores, que le preguntó adónde iba. El muchacho, resentido, le dijo que no quería decirle nada, pues lo había engañado dos veces y que por su culpa no tendría el trono. Pero el anciano le respondió que no lo había hecho a propósito, que le dijera a dónde iba, que tal vez podría ayudarle. Y el muchacho, que era muy bueno, le explicó que iba en busca de una mujer tan hermosa como no había otra, pues esa era la condición para heredar el reino.
El anciano le dijo:
—Pues sigue ese camino, y al final la encontrarás.
El muchacho caminó mucho y llegó a un bosque tan espeso y oscuro que casi no entraba la luz del día. Le dio miedo pasar la noche allí, pero como no tenía otro remedio, subió a un árbol y se durmió.
A la mañana siguiente, al despertarse, ¡he aquí que apareció ante sus ojos una multitud de monos trepados por todas partes! Árboles, arbustos, rocas… Y de verdad le dio miedo. Más aún cuando apareció una mona grande y fea que ordenó a las otras que lo agarraran y lo llevaran donde ella iba. Medio muerto de miedo, lo llevaron a un palacio lleno de alfombras preciosas y muebles ricos, todo de cristal y oro. El susto le provocó una grave enfermedad.
Las monas lo pusieron en una cama con buenos cojines y telas suaves, le dijeron que no tuviera miedo, que no le harían daño, y lo cuidaron tan bien que el muchacho quedó maravillado. Sobre todo la mona grande, a quien todas obedecían, se esforzaba tanto en atenderlo que no se separaba de su lado y siempre estaba lista para cumplir con cualquier deseo suyo.
Gracias a tantos cuidados, el muchacho fue mejorando. Y cuando casi estaba del todo restablecido, le dijo a la mona que debía irse, pues se acercaba el año de plazo y aún no había encontrado a la mujer hermosa.
La mona se puso a llorar y le dijo que sería su muerte si se iba, que no lo hiciera, que no fuera desagradecido, sobre todo después de que ella había hecho tanto por él. Le rogó que se olvidara del reino y se casara con ella.
El muchacho se horrorizó al verla tan fea, pero le debía tanto, se había portado tan bien con él, que su gratitud y reconocimiento lo llevaron a renunciar al trono y aceptar casarse con la mona.
Pero, a pesar de todo, se acercaba el final del año, faltaban pocos días, y el muchacho tenía que presentarse ante su padre y el reino entero. No podía faltar. Esto lo hizo caer enfermo otra vez, y pidió a la mona que escribiera a su padre, explicándole que no podía ir a la cita, y que aunque fuera, no serviría de nada, pues se había casado con una mona.
Así lo hizo. Pero cuando faltaban dos días para cumplirse el año, la mona empezó a rogarle que, aunque hubiera mandado la carta, fuera igualmente a la cita, que ella lo cuidaría bien y que todas las otras monas lo ayudarían. Lo subieron a un carruaje y emprendieron el viaje hacia el reino de su padre.
Puedes imaginar con qué vergüenza iba él, pensando cómo se presentaría ante todos con una mona por esposa y con ese séquito tan feo y ridículo. Pobre chico, no sabía lo que le esperaba. Al llegar al pie de un árbol enorme, la mona mandó parar el carruaje, bajó, se puso derecha junto al tronco, las otras monas bajaron al chico, lo tomaron de las manos, lo pusieron junto a la mona y comenzaron a bailar una sardana alrededor del árbol, con tanta furia que parecía un torbellino.
Giraron y giraron, y como él estaba tan débil, no aguantó más y cayó desmayado. Mientras tanto, las otras seguían girando. Cuando volvió en sí, ¡se encontró con una joven hermosísima a su lado y rodeado de un grupo de doncellas, todas bellas, cada una con una piel de mona en la mano!
Le dijeron que aquella era una princesa que había sido encantada junto con sus damas, y que todas le agradecían haberlas liberado del encantamiento.
El muchacho quedó paralizado. Se dirigió cortésmente a la joven, se arrodilló y le besó la mano con tanto amor que ella, tomándolo de la mano, le besó la frente, lo subió a un carruaje magnífico y se dirigieron juntos al palacio del rey, donde todos quedaron asombrados de verlo con una esposa tan hermosa —sobre todo después de haber recibido aquella carta.
Sus hermanos llegaron también con sus respectivas esposas, y pusieron a las tres mujeres una al lado de la otra. Aunque las otras dos eran muy bellas, ninguna igualaba a la princesa desencantada. Por eso, todos dieron la victoria al menor de los hermanos.
Y como era la última prueba, fue declarado heredero del reino. Aunque sus hermanos refunfuñaban, diciendo que lo de la carta había sido un truco para engañarlos, tuvieron que convencerse de lo contrario cuando la princesa les contó su historia y les mostró, junto con sus camaristas, las pieles de mona que cada una conservaba.
Entonces, poco a poco, se acercó al muchacho el anciano y le dijo que si lo había engañado las dos primeras veces, lo había hecho a propósito, pues solo quien liberara a la princesa podía ser heredero del reino, y eso solo podía lograrlo el más bueno de los tres hermanos, después de haber superado las otras dos pruebas.
Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875







