
Un hombre, buen trabajador de la tierra, se quedó sin trabajo y se fue por el mundo a buscarlo. Con ese propósito, un día llegó a pedir trabajo al sabio Salomón, quien lo tomó como mozo; acordaron el precio y el sabio Salomón le señaló el trabajo que debía hacer.
El hombre se puso a trabajar, no se quejó en absoluto, de día, todo el tiempo, e incluso de noche si era necesario, con sol y lluvia, frío y calor, cuidó bien las tierras que produjeron mucho más que las vecinas. Al terminar el año, término del contrato, fue a ver al sabio Salomón, a quien le dijo si estaba contento con su trabajo y le pidió el pago acordado para poder irse a su casa.
El sabio Salomón examinó todo punto por punto y quedó tan satisfecho que le dijo que si quería quedarse otro año más, entonces le daría el salario de dos años. Al hombre no le parecía muy bien, pero al fin pensó que de ese modo podría llevar más dinero a su familia, ajustaron el precio y decidió quedarse.
Volvió a los campos, los cuidó tan o mejor que el año anterior, no se quejó nada y al final del año estaban todos tan felices que daban gusto solo de verlos. Contento, fue a ver al sabio Salomón, le contó cómo había terminado su contrato y le pidió el salario.
Pero el sabio Salomón, después de haber mirado bien sus tierras, le respondió que no tenía ganas de despedirlo y que por lo tanto debía quedarse un año más, y que entonces le pagaría todo lo que le debía.
El hombre no quedó contento: llevaba dos años trabajando y aún no había visto ni un poco de paga, además de que empezaba a extrañar a su esposa e hijos, y había esperado con mucho deseo ese día para ir a verlos. Por eso le dijo que no, que lo que deseaba era irse a su casa y llevar el dinero a su familia.
—Por ahora, vamos —le respondió el sabio Salomón—, no tengo muchas ganas, necesito demasiado de tus buenos servicios para que te vayas; si te conviene tanto, espera, pero te ruego que te quedes un año más.
El hombre no supo qué responder: por un lado quería irse, porque su familia lo atraía, pero por otro le costaba dejar aquella casa donde ganaba tan buen precio y era estimado por el amo: quería y dolía. El sabio Salomón no decía nada, quería que obrara con total libertad; por fin, después de mucho pensar, decidió quedarse. Ajustaron el precio y ambos contentos, cada uno se fue a sus labores.
Pasaron fríos fuertes y nieves, pasaron soleadas, noches cortas y noches largas y, al terminar el año, el hombre se presentó de nuevo ante el sabio Salomón y le pidió el salario de los tres años y permiso para irse a su casa.
—Si estás decidido a irte, no puedo privarte más —dijo Salomón—, y comprendo bien que deseas ir a tu casa; pero en cuanto al dinero, casi me atrevería a decirte que lo dejes, que seguramente puede ser causa de tu desgracia.
El hombre, al oír eso, se sorprendió mucho.
—¿Y entonces mis hijos y mi esposa? ¿Por qué habré trabajado tanto tiempo? —dijo.
—Mira, hombre, no te digo que si quieres no te los dé, solo creo y por eso te recomiendo que los dejes, que te irá mucho mejor sin el dinero que con la bolsa llena: tú no sabes los peligros que hay en el mundo y lo que puede sucederte si se sabe que vuelves rico a tu casa. Créeme, déjalos y a cambio te daré tres consejos que valdrán más que todo el oro que lleves.
El hombre no sabía qué hacer, pero tantas razones le dio el sabio Salomón y tan bien lo convenció, que al final decidió dejar todo su salario en poder de su amo a cambio de tres consejos que le daría.
Y le dice el sabio Salomón:
—Escúchalos bien porque pueden servirte mucho:
—No dejes el camino principal por el atajo;
Lo que no se cuece para ti, no se cuece para nadie;
Antes de hacer una cosa, duerme con ella.
El hombre los escuchó con toda atención, preparó su ropa, que era poca cosa, y se despidió del sabio Salomón, quien, en recompensa por su buen comportamiento y servicios, para que llevara algo para su esposa e hijos, le dio un pan como recuerdo, diciéndole que no se lo comiera hasta que estuvieran todos juntos.
El hombre metió el pan en el saco y se fue caminando; aunque lejos de su casa, procuró avanzar todo lo que pudo, pero por eso no se atrevía a salir del camino principal, aunque alguna vez sabía que iba más corto. Eso también lo sabía todo el mundo, y dos compañeros que seguían el mismo camino se extrañaron mucho de verlo tan rápido y que no usara los atajos, así que lo reprendieron, pensando que era porque no los conocía, y lo invitaron a ir con ellos y hacer tantos como encontraran, como ellos acostumbraban, pero el hombre no quiso convencerse. Bien le hicieron notar que la oscuridad empezaba a cubrir la tierra y que dejándolos a ellos tendría que ir solo, expuesto a que lo robaran y, sobre todo, a llegar muy tarde al hostal que más cerca había, le dieron muchas otras razones para convencerlo, pero el hombre recordó el primer consejo del sabio Salomón “no dejes el camino principal por el atajo”, se hizo el indiferente, les agradeció su buen deseo y se fue solo, camino arriba, mientras los otros tomaron un lado para seguir el atajo.
Ya era casi noche cuando nuestro hombre, después de haber caminado mucho, llegó al hostal de parada, donde preguntó por los dos compañeros que hacía tiempo debían estar allí, pero nadie pudo darle cuenta. Al cabo de un buen rato llamaron y eran ellos, pero los pobres venían tan golpeados y maltratados que casi no se reconocían. Les preguntaron qué les había pasado y ellos respondieron que, al dejar el camino principal para seguir el atajo, en medio de este, cerca de un bosque, les habían salido unos ladrones que no solo les robaron todo lo que llevaban sino que los maltrataron de aquella manera.
El hombre pensó en lo acertado que había sido seguir el consejo del sabio Salomón y el buen servicio que este le había hecho, y casi estuvo contento de haber dejado el dinero y no llevar nada a casa a cambio de tan buena máxima.
Se fue a dormir, después de haber dado todos los utensilios necesarios a los dos compañeros, y al día siguiente continuó su camino mucho más contento cuanto más se acercaba a su casa.
El camino, sin embargo, era muy largo y le sorprendió la noche cerca de una casa en la que fue a pedir posada. La dueña, con la franca hospitalidad de la montaña, lo hizo entrar y le dio un puesto en el rincón, cerca del hogar, para que se calentara. Poco después llegó el dueño y al ver a un hombre joven sentado en el rincón, cerca de su esposa, como era muy celoso, se enojó tanto que comenzó a recriminarla de todas formas.
El hombre quiso defenderla y explicar cómo había llegado por casualidad, y casi tenía la palabra en la boca, pero recordando el segundo consejo del sabio Salomón cerró los labios. A todo esto el dueño seguía gritando, exaltándose él mismo, hasta que la mujer quiso decir algo y explicar su inocencia, entonces se descontrolaron y no hubo remedio, de una cosa vino otra hasta llegar a agarrarla y maltratarla casi a golpes. El buen criado de Salomón no podía mirar eso impasible, así que se moría por ir en favor de la mujer, pero recordaba el segundo consejo que le habían dado y lo bien que le había ido con el primero, por lo que se puso un bocado en la boca y se quedó sin decir palabra y, por el contrario, se acostó allí mismo para dormir. Marido y mujer, cuando estuvieron cansados, también lo hicieron y pasó esa noche tranquila, sin que el joven dejara de oír de vez en cuando gritos y conversaciones.
A la mañana siguiente nuestro hombre casi no sabía qué hacer, si irse sin decir nada o despedirse del dueño, cuando bajando este lo abrazó y le dijo que podía darse por bien contento de no haber dicho nada la noche anterior, porque si no, habría seguido la suerte de los otros que lo habían hecho, a quienes había matado creyéndolos culpables y cómplices con su mujer por el interés que tenían en ella, pero que él con su silencio les había quitado la rabia de los ojos y devuelto la paz a la familia, pues estaba convencido de que no tenía ningún interés en ella.
Nuestro hombre se alegró mucho al ver que el segundo consejo le había salvado la vida y, despidiéndose del hombre, emprendió de nuevo el camino pensando en la alegría que tendrían su esposa y sus hijos al verlo otra vez, y caminando que caminando, al fin llegó a ver la campanita de su pueblo y más allá, rodeada de hermosos árboles, su blanca casita donde tenía todos los mejores recuerdos de su vida y lo que más amaba y que era su felicidad en esa tierra.
Contar la emoción que sintió no se puede explicar; parecía que todo él rejuvenecía y volvía a nueva vida. Con el corazón palpitante se dirigió y casi ya estaba muy cerca cuando el sol ya se había puesto, cuando por la puerta trasera vio salir a un cura que se abrazaba con su mujer. Una nube pasó por delante de sus ojos, ¡qué desengaño más terrible! Casi tuvo que apoyarse en un árbol para no caer al suelo. Se detuvo sin saber qué hacer; por fin la sangre le subió a la cabeza y, loco completamente, salió furioso, se fue a su casa. De repente le vino a la imaginación el tercer consejo “antes de hacer una cosa, duerme con ella” y pensando y pensando se fue a su casa a esperar.
Su esposa y sus hijos, en cuanto lo vieron, pueden contar qué alegría tuvieron, tanto más grande cuanto menos esperada, porque después de tanto tiempo, y promesas cada año de venir, nunca lo hacía. Pero faltaba un hijo: el hombre, receloso y agitado como estaba, no se había dado cuenta, y al fin preguntó por él y su esposa le contó que hacía poco había salido a hacer ejercicios toda la noche, porque se había hecho cura y al día siguiente cantaba la primera misa.
El hombre entonces entendió todo, abrazó a su esposa y le explicó la sospecha con que había llegado, pero que gracias a los consejos que había recibido se había librado de matarla y de perderse él y toda su familia. Como es natural, todos quisieron saber cuáles eran esos consejos y quién se los había dado; el hombre lo explicó todo, hasta los peligros de los que lo habían salvado durante el camino, y cuando pensaba que todos estarían contentos vio que su esposa ponía la cara más mala.
—¿Y bien, y entonces no traes nada de todos estos tres años, y con tres consejos te has consolado? Veamos si nos darán pan para vivir.
Y así comenzaron contra él un montón de recriminaciones que el hombre tuvo
Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875






