
Había una vez un rey que tenía cinco hijas y ningún hijo. Cuando crecieron quiso que se casaran, pero ellas no querían a ninguno de los jóvenes de la ciudad.
Un día, de un país lejano llegó un joven y se detuvo bajo el castillo, justo debajo de la ventana de la hija menor. Ella lo vio y le dijo a su padre que se casaría con él.
—Tráelo ante mi—, dijo el Rey.
—Él vendrá mañana.
—Alabado sea Dios—, dijo el Rey, —porque nos está bendiciendo.
Al día siguiente llegó el joven y le dijo al rey:
—Deseo a tu hija por esposa.
—Si es así, aconséjame ¿Cómo puedo casar a mis otras hijas?—, dijo el Rey.
El extraño dijo:
—Ve y espera hasta mañana. Mañana nos reuniremos y te daré una solución.
Al día siguiente, se volvieron a encontrar y el joven dijo al rey:
—Haz salir a todos los habitantes de la ciudad. Tú estarás con los escribanos a la entrada de las puertas del palacio. Viste a tus hijas y deja que ellas mismas elijan a sus maridos.
La gente empezó a salir. La hija mayor golpeó a uno de ellos en el pecho con una manzana, y ellos dijeron:
—Esa hija ha elegido marido. ¡Bravo!.
Cada una de las hijas eligió así un marido, y la menor se quedó con el suyo.
Poco después, el Rey recibió la visita de uno de sus yernos, quien le dijo:
—¿Qué quieres que te demos para casarnos con tus hijas?
—Veré qué quieren mis hijas—, respondió. —Vuelve en seis días.
Cuando fueron a ver a sus esposas, el rey les dijo:
—Os pediré algo de lo que me han hablado.
—¿Qué es? Estamos ansiosos por saberlo.
—Es una manzana, cuyo olor da juventud a quien la respira, sin importar la edad que tenga.
—Es una labor muy difícil, majestad—, respondieron.— No sabemos dónde se puede encontrar un objeto así.
—Si no me lo traéis, no podréis casaros con mis hijas.
Guardaron silencio y luego hablaron entre ellos. El menor les dijo:
—Tenemos que buscar los medios para satisfacer al Rey.
Todos estuvieron de acuerdo, se dirigieron al Rey y dijeron:
—Suegro, mañana te traeremos la manzana.
Los cuatro cuñados añadieron al primero:
—Sal tú primero. Mañana nos encontraremos contigo fuera de la ciudad.
Al día siguiente se reunieron los cinco. Cuatro de ellos le dijeron al extranjero:
—Avísanos cómo encontrar esa manzana, o te mataremos.
—Córtaos los dedos y os conseguiré la manzana—, dijo.
El primero empezó y los otros tres hicieron lo mismo. El más joven tomó los dedos y los metió en su bolsa de caza, y luego añadió:
—Ahora esperad cerca de la ciudad hasta que yo regrese.
Salió al desierto y llegó a la ciudad de la ogresa. Entró y la encontró lista para moler un poco de trigo. Le dijo a la ogresa:
—Muéstrame la manzana cuyo color da la eterna juventud al anciano que la huele.
—Estás en la familia de los ogros—, dijo. —Corta un pelo del caballo de su Rey. Cuando entres en el jardín, echa este pelo al fuego. Encontrarás un árbol, del cual deberás coger cinco frutos. Al arrancarlos, no digas una palabra y guarda silencio a tu regreso. Es la fruta más pequeña que posee el poder mágico.
Tomó la manzana y regresó a la ciudad, donde encontró a sus compañeros. Escondió en su pecho el fruto maravilloso y dio las demás a sus cuñados, una para cada uno. Entraron en el palacio del rey, quien se alegró mucho de verlos, les dio asientos y les preguntó:
—¿La habéis traído o no?.
—La hemos traído—, respondieron.
Le dijo al mayor:
—Dame tu manzana primero.
Tomó un espejo en su mano izquierda y la fruta en la derecha, se inclinó y aspiró el olor de la manzana, pero sin resultados. La arrojó al suelo. Los demás le dieron sus manzanas, pero tampoco hubo éxito.
—Me habéis engañado—, les dijo. —Las manzanas no producen el efecto que buscaba.
Entonces, dirigiéndose al extraño, le dijo:
—Dame tu manzana.
El otro yerno respondió:
—Yo no soy de este país. No te daré mi fruta.
—Dámela para que la mire—, dijo el Rey.
El joven se la dio, diciéndole:
—Toma un espejo en tu mano derecha y la manzana en tu mano izquierda.
El rey se llevó la manzana a la nariz y, mirando su barba, vio que se volvía negra. Sus dientes se pusieron blancos. Volvió a ser joven.
—Tú eres mi hijo—, le dijo al joven. Y proclamó a sus súbditos: —Cuando yo muera, él me sucederá en el trono.
Su yerno permaneció algún tiempo con él, y después de la muerte del Rey reinó en su lugar y no casó a las otras hijas del Rey con sus compañeros.
Cuento anónimo popular berebere editado en 1901 René Basset en Moorish Literature







