diablo
Cuentos con Magia
Cuentos con Magia

Había una mujer que no tenía ningún hijo; apenada por ello como estaba, no tenía ni descanso ni alegría; no se hallaba bien en ningún lugar, ni nadie podía estar cerca de ella; la impaciencia la consumía y, en su delirio, de pronto un día, perdiendo el santo temor de Dios, exclamó:

–¡Ojalá tuviera uno, aunque fuera hijo del demonio!

Suavemente y sin saber cómo, vio entrar en su habitación a un caballero de aspecto siniestro y figura extraña, quien le dijo:

–Yo soy quien te trae el hijo.

Y en el regazo de la mujer apareció un niño. Imaginad la sorpresa que se llevó; miraba al caballero, y completamente espantada no sabía qué le ocurría, pero el niño era tan hermoso y guapo, como una rosa de oro, que no pudo evitar darle un beso y abrazarlo; y el caballero desapareció.

La mujer no tuvo más remedio que criar al hijo que tan extrañamente había recibido, pero cuando recordaba su origen y lo veía como hijo del demonio, la invadía una tristeza tal que adornó una pequeña capilla con la Virgen María dentro, y a sus pies, un niño con la verdadera efigie de su hijo, a quien rezaba, y enseñó al niño a orar siempre a la Santísima Virgen.

Pero el niño era, por así decirlo, de la piel del diablo, tan travieso y malo que todos huían de él. Su madre lo llevó a estudiar, pero al día siguiente el maestro, asustado y asombrado, le devolvió al niño diciéndole que ya sabía más que él y que no tenía nada que enseñarle, lo cual espantó tanto a la mujer que fue a ofrecerlo a la Virgen. Pero el demonio se enfureció tanto que de repente apareció y, de un golpe, se llevó a su hijo a sus terribles dominios.

La mujer se desesperó, pero no encontró ni rastro de su hijo. Este, llevado hacia abajo con el furioso vuelo de su padre, no se dio cuenta de nada hasta que se encontró en medio de grandes calderas donde las almas de los condenados gritaban horriblemente por los tormentos que sufrían. Y su padre, girándose hacia él, le dijo:

–Aquí te dejo; tu trabajo es mantener el fuego de estas almas.

Y se fue. El niño, cuando se vio solo y al ver el sufrimiento de aquellas almas, sintió compasión y deseó salvarlas. Así que fue corriendo a cerrar la puerta de aquella profunda mazmorra y, justo al pie de la misma, cavó un valle tan profundo que pudieran caber allí todos los demonios.

Al cabo de un rato, llegó uno cargado de leña y, al encontrar la puerta cerrada, llamó, pero el niño se hizo el sordo; llegó otro y el niño tampoco abrió, hasta que estuvieron todos allí. Entonces, el niño abrió de repente la puerta, y aquellos se lanzaron con gran ímpetu hacia dentro y cayeron al profundo valle, del que ya no pudieron salir. El niño echó tierra encima y las almas, al salir, huyeron todas y se salvaron de aquellos horribles tormentos, y fueron a gozar de la gloria eterna.

El niño también huyó; sin aliento llegó al pueblo y, al presentarse ante su madre, ni ella podía creerlo de tanta alegría, ni él sabía qué le pasaba; casi no llegaron a reconocerse.

El caso es que, desde aquella hora en adelante, todos empezaron a ver con buenos ojos al niño, y éste hacía tanto bien y tantos milagros, que un día, habiendo un pobre anciano enfermo, fue a verlo y, extendiendo sobre su cama el bastón que llevaba, el hombre quedó completamente curado, para asombro de todos. Y más aún, cuando vieron que el niño ascendía al cielo y salía a recibirlo la Santísima Virgen, proclamándolo santo en su gloriosa esplendor.

Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875

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