
Los últimos ocho años del reinado del Inca Huayna Capac fueron de verdaderos sobresaltos, agüeros y malos vaticinios en todo el vasto Imperio.
Ocurrió en una ocasión, mientras se celebraban las suntuosas fiestas al Dios Sol, que vieron venir por el aire a una gran águila real perseguida por halcones y otras aves rapaces, las cuales, cambiándose sucesivamente, confundían a picotazos a la gran águila, no dejándola volar. La reina de los aires, tan cruelmente perseguida, vino entonces a refugiarse en medio de las gentes que ocupaban la plaza mayor donde estaban los Incas, quienes la tomaron y, viendo que estaba enferma y despojada de casi todas las plumas menores, la llevaron al palacio con gran solicitud, tratando de alimentarla y proporcionarle cuanto pudiese necesitar, pues aquel accidente ocurrido en medio de la fiesta había sido tomado por mal agüero, y los Amantas, los adivinos y el pueblo todo se habían alarmado al ver bajar del cielo un águila en tan alarmante estado.
Huayna Capac, contrariado por aquel acontecimiento, reunió a los adivinos, que en consecuencia hicieron cantidad de vaticinios tendentes todos a anunciar la próxima destrucción del Imperio y la ruina de la familia real.
Cuando esto ocurría, se tuvo noticia de que unos barcos grandes andaban por la costa y que en ellos navegaban esforzados guerreros de piel blanca y grandes barbas.
El Inca llamó un día al capitán más viejo de su escolta, que se llamaba Pechutay, y estaba acreditado por su juicio y prudencia, y le preguntó, haciendo mérito de ello, cuál era su opinión a propósito de los augurios que ocurrían. Pechuta contestó:
«Gran señor, hijo del Sol y protector de pobres; un antiguo oráculo, tenido por verídico por nuestros antepasados, anunció que, pasados tantos Incas como los que en vos se cuentan, habrían de venir gentes extrañas, jamás vistas, las cuales dominarían el reino y destruirían nuestros dioses.»
Se afectó aún más el soberano de lo que hasta entonces estaba, y resolvió dejar a su heredero Huáscar en el reino del Cuzco, retirándose él acompañado de Atahualpa, su hijo habido en la princesa de Quitu, a aquella ciudad donde debía dejarlo gobernando ese reino después de su muerte. Pero allí tampoco lo abandonaron los malos augurios y grandes cataclismos: temblores, terremotos, cometas y símbolos extraños ocurrieron en los cuatro elementos, llenando a todos de asombro y temor.
Entre estos símbolos ocurrió que, en una noche clara, apareció la luna rodeada por tres círculos muy grandes; el primero era color de sangre, el segundo oscuro, tirando a verde, y el tercero parecía formado de humo.
Un adivino llamado Llayca fue el primero que vio aquello y, consultando con Pechuta sobre el extraño caso, resolvieron decir a Huayna Capac lo que aquello auguraba, y así, presentándose al Inca, le hablaron de esta manera:
«¡Solo señor! Sabrás que tu madre la luna, como madre piadosa, te avisa que Pachacamac, creador y sustentador del mundo, amenaza a tu sangre real y a tu imperio con grandes plagas que ha de enviar sobre los tuyos, porque aquel primer círculo de color sangre significa que, después que hayas ido a descansar con tu padre el Sol, habrá cruel guerra entre tus descendientes y mucho derramamiento de sangre real, de manera que en pocos años se acabará toda.
El segundo círculo negro nos dice que, después de las guerras y mortandad de los tuyos, se destruirá nuestra religión y república, y ocurrirá la enajenación de tu Imperio, convirtiéndose todo en humo, como lo demuestra el tercer círculo.»
El Inca oyó aquello impresionado, mas por no demostrar flaqueza, ordenó a los magos que se alejaran, diciéndoles que tal vez habían soñado aquella noche, que lo que decían era revelación de su madre la Luna, y agregó, para que los suyos no perdieran el ánimo con tan tristes pronósticos:
«Si no me lo dice el mismo Pachacamac, no pienso dar crédito a vuestros dichos, porque no es de imaginar que el Sol, mi padre, aborrezca tanto su propia sangre que permita la destrucción de sus hijos.»
Los oráculos, empero, consideraron que lo que habían vaticinado era lo que se esperaba desde una muy remota antigüedad, y que venían comprobando las novedades y prodigios que cada día ocurrían y que aumentaban con la noticia del navío cargado de gente nunca vista, que andaba por las costas. Los agoreros de todas las provincias consultaban también sobre estos puntos a sus ídolos favoritos, y el Inca no olvidó consultar por medio de enviados al Diablo Rimac, que era un ídolo de piedra tenido en gran veneración por los naturales, a causa de que contestaba a las preguntas que se le hacía.
Rimac, en este caso, usó de política y astucia, pues si bien no se animó a anunciar al Inca cosa buena, tampoco auguró los grandes males vaticinados por otros y por los Amantas.
Una tarde que Huayna Capac salía del baño, sintió que un frío extraño se apoderaba de todo su cuerpo, sobreviniéndole más tarde la fiebre y los temblores que caracterizan la enfermedad llamada Chucchu por los naturales.
El Inca comprendió que se llegaba el fin de su existencia y, reuniendo a sus parientes y a toda la corte, hizo su testamento, augurando la próxima llegada de gentes nuevas no conocidas en sus tierras y que ganarían y sujetarían no solamente su imperio, sino muchos otros.
«Nuestro padre el Sol —dijo el Inca al morir— nos ha anunciado que, después de doce reyes de nuestra familia, vendrán esos hombres que en todo os harán ventaja y se harán señores de nuestro Imperio. Yo os mando que les obedezcáis, pues su ley será mejor que la nuestra y sus armas poderosas, invencibles para vosotros.»
Pocos años hubo que esperar para que los Amantas que sobrevivieron a Atahualpa y a Huáscar viesen cumplidas todas aquellas profecías, y así, cuando veían un águila o un cóndor cernirse en las alturas, recordaban y repetían el caso que ocurrió a Huayna Capac cuando celebró en el Cuzco las últimas fiestas al Dios Sol.
Leyenda peruana recopilada por Filiberto de Oliveira Cézar y Diana en Leyendas de los indios quichuas, publicado en 1892







