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Märthöll

Leyenda
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Érase una vez un duque que tenía una joven esposa. Se amaban mucho, pero llevaban mucho tiempo sin tener hijos y estaban muy afligidos por ello. Una vez, la mujer fue con sus doncellas a pasear por un bosquecillo para solazarse.

Entonces le entró tanto sueño que no podía tenerse en pie. Cuando se durmió, soñó que se acercaban a ella tres mujeres con vestidos azules y le decían:

—Sabemos que eres desdichada porque no tienes hijos. Pues bien, hemos venido a aconsejarte lo que debes hacer cuando te despiertes. Ve a un arroyo que no está lejos de aquí. Verás que en él nada una trucha. Túmbate a la orilla del arroyo, bebe agua y procura que la trucha nade hasta tu boca. Si así sucede, te quedarás embarazada de tu marido enseguida. Te iremos a visitar cuando des a luz, pues queremos ponerle nosotras el nombre al niño.

A continuación, desaparecieron.

La mujer se despertó y se acordó del sueño; fue al arroyo, vio a la trucha, hizo todo tal como le habían indicado y regresó a casa. No había pasado mucho tiempo cuando se dio cuenta de que estaba embarazada. Se alegró muchísimo, y el duque, también.

No lejos de allí había una pequeña cabana en la que vivían un hombre viejo y su mujer con su hija Helga, una joven muy bella. Cuando la mujer del duque sintió que se estaba acercando el momento, envió un mensaje a la vieja sirvienta diciéndole que fuera a verla. La mujer así lo hizo y la duquesa le dijo:

—Me servirás y estarás a mi lado cuando me llegue la difícil hora. Espero a tres mujeres; tienes que recibirlas lo mejor que puedas. He preparado manjares y otras cosas para ellas.

Poco después dio a luz a una niña muy hermosa. Ese mismo día fueron a verla tres mujeres, y las tres se llamaban «Falda Azul». La vieja sirvienta las recibió, les rogó que se sentaran a la mesa e hizo que les llevaran a las dos primeras todo lo que la duquesa le había encargado; pero se quedó con lo que estaba destinado a la más joven de las tres. Cuando ésta vio que la discriminaban, se puso muy furiosa. Las mujeres pidieron que les dejaran ver a la niña y enseguida se les permitió. La mayor cogió en sus brazos a la niña y dijo:

—Te llamarás Märthöll, como mi madre, y quiero que destaques entre todas las mujeres por tu belleza y tu inteligencia. Quiero imponerte el don de que, cada vez que llores, todas tus lágrimas se conviertan en oro. En eso superarás a todas las mujeres que han existido jamás.

A continuación, le entregó la niña a su hermana, que estaba sentada a su lado; ésta dijo:

—Estoy de acuerdo en que te llames Märthöll, como mi madre; deseo que te sea dado todo el bien que mi hermana ha destinado para ti, que tengas todos los encantos que pueda tener una mujer, y te vaticino que tendrás por esposo a un distinguido príncipe, que os amaréis el uno al otro y que tendrás honra y fama mientras vivas. No puedo desearte nada mejor.

Dichas estas palabras, le entregó la niña a su hermana menor; ésta cogió a la niña y dijo:

—Te concederé que te llames Märthöll, como mi madre, y no quiero estropear los buenos deseos de mis hermanas, a pesar de que tu madre me ha ofendido sin motivo. Pero tendrás que pagar por ello de alguna manera, y por eso quiero imponerte lo siguiente: durante la noche de bodas con tu esposo, el príncipe, te transformarás en un gorrión y saldrás volando por la ventana. Jamás recuperarás tu forma humana a menos que consigas que alguien, durante la tercera noche, queme tu cuerpo de gorrión. Durante las tres primeras noches, te podrás quitar por poco tiempo esa envoltura, pero después jamás lo conseguirás.

Cuando las hermanas oyeron aquello, se escandalizaron enormemente de que pudieran caer tales males sobre la niña; se marcharon rápidamente de allí y nadie volvió a verlas jamás.

La niña creció junto a su padre y su madre. Como se cumplió lo de que cada vez que llorara sus lágrimas se convertirían en oro, el duque se hizo tan rico que pudo cubrir de oro todo el tejado de su castillo. Sentía tanto amor por su hija que mandó construir unos aposentos para ella sola y le dio por compañía a Helga, la hija de la sirvienta. Las dos muchachas se querían mucho.

Entretanto, se había extendido el rumor de que había una princesa que lloraba oro.

Llegó a oídos de un poderoso príncipe, que juró que se casaría con aquella muchacha o no se casaría con ninguna. Emprendió viaje enseguida. Navegó de país en país hasta que llegó al castillo del duque y vio que estaba todo recubierto de oro.

Entonces, desde su barco, envió un mensajero al duque para que le comunicara las intenciones con las que había viajado hasta allí. El duque recibió satisfecho el mensaje y le invitó a su casa con todo su séquito. Pero, a pesar de todo, le entristecía perder a su hija. Hizo llamar a su hija y a Helga y les dijo:

—Tenéis que cambiaros los vestidos; tú, Helga, irás delante cuando llegue el príncipe.

Prometieron hacer lo que el duque les había pedido. Cuando el príncipe llegó al castillo, pidió permiso para ver a Märthöll. El duque lo autorizó, así que Helga se presentó ante el príncipe. Éste observó durante mucho tiempo a las dos muchachas, ya que le parecía que la sirvienta era más guapa. Dijo:

—Quiero ver si es verdad lo que he oido decir de tu hija. —Y, dichas estas palabras, le dio una bofetada a cada una.

Entonces, la muchacha que estaba delante lloró como cualquier otra mujer, pero la que estaba detrás lloró oro. El príncipe dijo:

—Ya veo que el duque me quería engañar y que la que estaba detrás es Märthöll.

El príncipe dijo que la muchacha no debía seguir escondiéndose de él, así que ésta volvió a cambiar su vestido con Helga. La colocó sobre sus rodillas y, al poco tiempo, se hizo a la mar con ella. La muchacha recibió como dote casi todo el oro que había en el castillo, y Helga, la hija del viejo, se fue con ella.

Tuvieron viento favorable hasta que llegaron al reino del padre del príncipe. Este los recibió con los brazos abiertos e hizo preparar inmediatamente una magnífica fiesta de bodas. Fue una fiesta espléndida. Pero cuando el príncipe conducía a la novia a la cama, ésta le rogó que la dejara salir a dar un paseo con Helga. Él se lo permitió. En cuanto estuvieron a solas, la muchacha dijo a Helga:

—Me has sido fiel durante mucho tiempo; ahora te ruego que lo sigas siendo y que duermas tres noches en los brazos del príncipe, pues mi destino se ha de cumplir.

Cambiemos nuestra apariencia y nuestros vestidos.

Helga contestó:

—Haré todo lo que esté en mi mano para cumplir tu voluntad, pero hay una cosa que temo más que a nada: tú sabes que el príncipe te da todas las noches un pañuelo para que lo llenes con tus lágrimas de oro y, por la mañana, tú se lo devuelves. Sé que me juego la vida si no le puedo dar oro.

Ella respondió:

—Cuando os retiréis a descansar, pínchale con una espina untada con narcótico para que se duerma inmediatamente. Luego, márchate de su lado a escondidas, dirígete a la colina que hay no lejos de aquí y llámame de forma que te pueda oír.

Estoy predestinada a convertirme en un gorrión durante la noche de bodas, pero podré desprenderme de mi envoltura de gorrión durante las tres primeras noches.

Entonces podré llorar para ti, y hablaremos.

Helga prometió que haría de buen grado todo lo que pudiera para ayudarla. Se cambiaron los vestidos con gran preocupación y consternación. Helga se acostó con el príncipe y Märthöll extendió la manta sobre ambos. Al instante, se convirtió en un gorrión y salió de allí volando.

El príncipe estaba convencido de que la que dormía con él era Märthöll, así que le dio un pañuelo para que llorara en él. Helga le clavó una espina untada en narcótico e inmediatamente se marchó de allí a escondidas. Se dirigió a la colina de la que habían hablado y gritó:

¡Ven, Märthöll, ven! ¡Ven aquí, amiga mía! ¡Ven aquí, pura doncella! ¡Ven al camino del prado! ¡Que tengo que darle oro y yo no puedo llorarlo!

Entonces llegó volando un gorrión y se posó junto a ella. Märthöll se desprendió de su envoltura de gorrión y llenó el pañuelo de lágrimas. A continuación, se volvió a transformar en pájaro. Helga se acostó con el príncipe y a la mañana siguiente le entregó el oro.

Lo mismo sucedió también la segunda noche. La tercera noche, Helga pinchó al príncipe con la espina untada con narcótico procurando hacerlo con más tiento que las veces anteriores. Luego se levantó, se dirigió a la colina y gritó como en las anteriores ocasiones. Entonces llegó de nuevo el gorrión. Märthöll dijo a Helga:

—Ya no volveremos a vernos jamás, pues no tengo ninguna esperanza de que me liberen de este maleficio. Te agradezco la fidelidad que me has demostrado. Ojalá te vaya siempre bien. Si yo pudiera decidir, lo que más me gustaría es que pudieras quedarte con el príncipe.

Estuvieron mucho tiempo abrazadas, pues la despedida se les hacía muy dura.

Entretanto, sin embargo, el príncipe se había despertado, pues la espina untada con narcótico se le había escurrido de la cabeza. Se quedó completamente asombrado cuando vio que su mujer había desaparecido, así que se levantó y salió corriendo de la casa. Miró en todas direcciones y divisó a dos mujeres en la colina. Se acercó hasta allí a escondidas y escuchó lo que decían; inmediatamente vio en el suelo la envoltura de gorrión y la cogió. Las dos amigas estaban tan asustadas que se desmayaron. El príncipe, sin embargo, salió corriendo de allí con la envoltura de gorrión y la quemó lo más deprisa que pudo. Luego regresó al lugar en que estaban las muchachas, les hizo beber vino y se las llevó a casa.

Marthóll contó entonces la historia de su vida. Todos opinaron que había sido una suerte que hubiera obtenido por esposo a aquel príncipe que había cogido la envoltura de gorrión. Celebraron de nuevo la boda y todo transcurrió felizmente. El príncipe estaba muy enamorado de Märthöll, tuvieron hijos y vivieron muy felices juntos. Helga se casó con el primer ministro del reino y fue siempre muy estimada por su fidelidad a Märthöll. Y así se acaba la historia de Märthöll.

Cuento popular islandes, recopilado por Ulf Diederichs

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Ulf Diederichs

Ulf Diederichs (1937-2014) . Fue un editor y autor alemán.

De familia de editores, tubo gran interés en cuentos de hadas, leyendas de fantasía y mitología oriental.

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