
Cuando Dios, con su voluntad omnipotente, creó el cielo y la tierra, esta, en señal de agradecimiento, le alzó un grito de alabanzas, y de todas partes mil voces le respondieron, pues cada una de las cosas creadas cantó con la suya la nueva vida. Y un himno de gloria se elevó hacia lo alto en medio de la belleza celestial.
Solo la abeja, al verse tan hermosa, sintió orgullo y pidió a Dios que con su aguijón pudiera matar a cada hombre que picara, y que su casa fuera de oro. Y el Señor, como castigo, la condenó a morir cada vez que picara, a que su casa fuese de suciedad, y a que siempre tuviera que trabajar para hacerle luz en su alabanza; y por eso de ella sale la cera que arde ante los altares. Y a la avispa, que siendo tan parecida se conformó con picar y huir, le concedió lo que pedía por su modestia.
La salamandra, orgullosa de verse con tanto poder, le pidió a Dios que con solo su mirada pudiera causar la muerte al hombre; pero Dios, como castigo, la condenó a ser ciega toda su vida. Y así a todas las bestias les dio lo que merecían.
Y un pez, que desde el principio no paraba de preguntar qué haría y qué nombre le pondrían, y todo lo decía sin reparar dónde estaba ni en la conversación en que se metía, Dios le dijo:
—No has podido callarte todo este tiempo, pues ahora callarás para siempre.
Y enmudeció para nunca más, y por eso se le dio el nombre de Bacalao (en catalán, “bacallà”).
Y cuando todas las cosas estuvieron en su lugar, y cada una tuvo su merecimiento o su castigo, la tierra se ofreció a Dios y le dijo:
—Señor, ¿qué queréis que haga yo?
Y Dios le respondió:
—Tú sustentarás todo lo que en el mundo se críe.
—¿Y cómo tendré tanta fuerza?
—La tendrás porque todo te lo comerás.
Y desde entonces, todo vuelve a la tierra, y esta todo lo devora, incluso el hombre, salvo el alma, que va allí donde le corresponde.
Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875







