Mitología
Mitología

Esta es una historia del Valle de Waipi‘o, el más hermoso de todos los valles de las islas hawaianas y también uno de los más aislados. Aún hoy es de difícil acceso. Sus paredes caen a pico desde más de 300 metros de altura. En tiempos antiguos, un estrecho sendero serpenteaba por las laderas, aprovechando cualquier saliente para apoyar los pies. Hoy en día, ese camino ha sido ampliado, y tanto jinete como caballo pueden descender a las profundidades del valle.

En el extremo superior del valle, una larga cinta plateada de agua cae desde 450 metros de altura por un acantilado, donde una corriente de montaña se precipita hacia el fértil valle. Otras cascadas muestran la convergencia de varios arroyos que desembocan en el amplio litoral de Waipi‘o.

En tiempos antiguos, los altos jefes vivían aquí, y se construyeron templos sagrados. Desde este valle partieron Moikeha y Laa-Mai-Kahiki en sus legendarios viajes a tierras lejanas. En este mismo valle vivió un sacerdote que, según se cuenta en los tiempos de Maui, tenía los vientos del cielo guardados en su calabaza. Levantando apenas la tapa, podía liberar brisas suaves; si la abría por completo, dejaba escapar tormentas furiosas y caóticas.

Entre los incontables relatos de aves y peces mágicos, y de hombres con poderes extraordinarios, destaca la historia de Nanaue, el hombre-tiburón, uno de los caníbales de la antigüedad.

Ka-moho-ali‘i era el rey de todos los tiburones que frecuentaban las aguas hawaianas. Cuando decidía aparecer como humano, adoptaba la figura de un jefe imponente y majestuoso. Un día, mientras nadaba cerca de la boca del valle, vio a una mujer de extraordinaria belleza que se bañaba en la espuma blanca del mar.

Esa noche, Ka-moho-ali‘i salió del mar, cubierto de arena negra volcánica, y adoptó forma humana. Caminó por el valle como un poderoso jefe, compartiendo con la gente sus festividades y banquetes, siempre en busca de la hermosa mujer que había visto. Al encontrarla, la cortejó y la tomó como esposa.

La mujer se llamaba Kalei. Cuando llegó el momento de dar a luz, Ka-moho-ali‘i le advirtió que debía proteger cuidadosamente al niño y nunca permitir que nadie viera su cuerpo, ni dejar que comiera carne de ningún animal. Luego, desapareció para siempre, sin que Kalei sospechara que había sido esposa del rey de los tiburones.

Cuando nació el niño, Kalei lo llamó Nanaue. Se sorprendió al encontrar una abertura en su espalda. A medida que crecía, esa abertura se convirtió en una gran boca de tiburón, con hileras de afilados dientes. Kalei mantuvo el secreto, escondiendo siempre esa marca bajo un manto de kapa (tela de corteza).

Desde pequeño, Nanaue mostró inclinación por el agua. Se zambullía en el estanque formado por la cascada de Waipi‘o, y allí se transformaba en tiburón, atrapando a los peces que nadaban cerca. Su madre siempre lo vigilaba, por si alguien se acercaba y descubría su secreto. También preparaba todos sus alimentos, evitando cuidadosamente darle carne.

Pero cuando se convirtió en hombre, su abuelo lo llevó a la casa de los hombres, donde su madre ya no podía protegerlo. Allí, Nanaue comió carne por primera vez. Su apetito fue insaciable; siempre quería más.

Pronto empezó a nadar solo, lejos de los demás. Cuando la gente se bañaba o pescaba en alta mar, un feroz tiburón aparecía de repente, mordiendo, desgarrando y arrastrando a las personas al fondo. Muchos desaparecieron, y el temor se apoderó de los hogares del valle. Kalei sabía que su hijo era el responsable.

Nanaue se volvió cada vez más atrevido. A veces preguntaba cuándo sus amigos saldrían al mar. Entonces se adelantaba, se sumergía en otro punto y, convertido en tiburón, los emboscaba al regresar. Incluso desafiaba a otros a carreras de natación, y al bucear se transformaba, atacando sin piedad.

La gente sospechaba que tenía poderes sobrenaturales. Un día, el alto jefe del valle reunió a todos los hombres para trabajar en los campos de taro. Mientras trabajaban, uno de ellos le arrancó el manto a Nanaue. Todos quedaron horrorizados al ver la gran boca de tiburón en su espalda.

El grito se extendió: “¡Un hombre-tiburón!” Nanaue, enfurecido, mostró sus dientes y atacó a quienes lo rodeaban. Mordió el brazo de uno hasta arrancárselo, destrozó la carne de otro. Avanzó con furia hacia el mar, pero la multitud lo rodeó, lo derribó y lo ató. El misterio del valle había sido revelado.

El alto jefe ordenó preparar el horno más grande del pueblo para quemar vivo a Nanaue. Se limpió la fosa profunda, se encendió fuego y se colocaron piedras encima para calentarlas. Con júbilo, la gente exclamaba: “¡Estamos listos para el hombre-tiburón!”

Durante el alboroto, Nanaue planeó en silencio su escape. De repente, se transformó en tiburón. Las cuerdas que lo ataban se soltaron y rodó rápidamente hacia uno de los ríos que descendían de las cascadas en la parte alta del valle.

Ninguno de los presentes se atrevió a lanzarse al agua para enfrentarse cuerpo a cuerpo con el monstruo. Corrieron por la orilla lanzándole piedras y causándole heridas. Gritaban pidiendo lanzas para matarlo, pero Nanaue se lanzó veloz hacia el mar y nadó lejos, sin volver jamás al Valle de Waipi‘o.

Al parecer, Nanaue no podía vivir mucho tiempo en mar abierto. La leyenda cuenta que nadó hasta la isla de Maui y desembarcó cerca del pueblo de Hāna. Allí vivió un tiempo y se casó con una mujer de sangre noble. Sin embargo, en secreto comenzó a matar y devorar a algunas personas. Con el tiempo, su apetito por la carne humana se volvió tan desmedido que secuestró a una joven hermosa y la arrastró mar adentro. Allí se transformó en tiburón y devoró su cuerpo ante los ojos de todos.

Los hawaianos se enfurecieron. Lanzaron sus canoas al mar, cargadas con todo tipo de armas, decididos a eliminar al enemigo. Pero Nanaue escapó nadando con rapidez, rodeando la isla hasta que finalmente desembarcó en Moloka‘i.

Una vez más se mezcló con el pueblo, y una vez más comenzaron a desaparecer, uno a uno, los que iban a pescar o a bañarse. Los kahuna (sacerdotes) de Moloka‘i recibieron un mensaje de advertencia de sus homólogos en Maui: un hombre-tiburón muy peligroso estaba vagando entre las islas. Instaron a los pescadores más confiables a mantenerse en alerta.

Finalmente, lograron verlo transformarse en un gran pez. Los pescadores lucharon con fiereza contra él. Lo atraparon en sus redes, lo hirieron con lanzas, lo golpearon con garrotes, hasta teñir el agua de rojo con su sangre. Invocaron a los dioses del mar, pronunciaron plegarias e hicieron encantamientos. Nanaue perdió fuerzas; no pudo librarse de las cuerdas ni romper las redes que lo aprisionaban.

Los pescadores lo arrastraron hasta la orilla, y el pueblo llevó su enorme cuerpo de tiburón hasta la colina de Puu-mano. Allí lo cortaron en pedazos y lo quemaron en un gran horno.

Así murió Nanaue, cuya vida caníbal quedó explicada en la mitología hawaiana como el resultado del apetito insaciable de un tiburón devorador de hombres.

Leyenda hawaiana recopilada por William Drake Westervelt  en Hawaiian Legends of Volcanoes (Mythology) publicado en 1916

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