
Vivía en tierras no muy lejanas un rico campesino con muchas propiedades y buenas posesiones, que tenía una hija gentil y bella, como no había otra en toda la región. Hermosa como una flor de lirio y vivaz como un azahar, era tal que, con sus ojos celestiales y cabellos dorados, ni siquiera los serafines del cielo podían comparársele. Y como a buen romero siempre van muchas abejas, era un enjambre de jóvenes el que, día y noche, la rodeaba revoloteando; uno la llamaba “clavelito de mis amores”, otro “sol de mi vida”, otro más “pensamiento de mi corazón”, así todos le lanzaban piropos amorosos. Ella, al principio, se mostraba muy avergonzada; si un color se le iba del rostro, otro volvía pronto, pero como las palabras dulces siempre entran bien por el oído, empezó a disfrutarlas, y al final dio al orgullo alojamiento en su corazón, hasta tal punto que se imaginó que sólo se casaría con quien llevase barba de oro en su cara.
Y he aquí que tal era la fama de su hermosura, que de todas las tierras venían jóvenes a cortejarla; incluso barones y condes se le acercaban, pero por más que lo intentaban, nada lograban: de valientes y audaces caballeros, ni hablemos; se dice incluso que un príncipe le ofreció corona y joyas, y ni siquiera quiso escucharlo. Como ninguno llevaba barba de oro, ninguno era digno de ella. Por eso, todos —jóvenes, condes, barones y caballeros— se volvían con el alma dolida, pues era gran pena y dolor no poder alcanzar la flor más escogida del jardín de la tierra.
Pero sucedió que un día llegó a las puertas de su casa un jovencito tan lleno de tesoros y joyas que daba gusto sólo con verlo. Era de cuerpo gentil y rostro hermoso, tan claro en el entendimiento como agradable en la palabra, y de tal porte y presencia que nadie podría contar todas las gracias que en él estaban puestas. Pero lo más valioso era su barba, toda de oro. En verdad que era todo él una maravilla. Y así fue que, tan pronto lo vio la muchacha, de inmediato le gustó y le mostró mucho afecto. El joven le agradeció como debía y empezó a cortejarla; parecía que jugaban los dos a lanzarse piropos el uno al otro, y era un placer oírlos hablarse así. El joven fue al padre y le pidió la mano de su hija, pues mucho se querían ya. Y el padre estuvo contento. Por ello se trataron las bodas, y se celebraron. Y una vez casados, se despidieron del padre y ambos partieron hacia el palacio del joven, que no era otro que uno de los príncipes más poderosos del reino.
Y al acercarse, salió a recibirlos una gentil música, y con ella muchos pajes y doncellas, todos con ricas vestimentas, que mostraron gran alegría por tener por señora y princesa a tan gentil dama. El palacio era todo de cristal, donde noche y día se reflejaban luces y estrellas, y todo en él estaba en su punto, no faltaba nada, especialmente en la cámara nupcial, donde, como presente más querido, encontró la joven una rueca toda de oro, con su huso de plata. A la doncella le agradó mucho, y tan pronto estuvo sola, se puso a hilar hebras de oro y seda, y a hilar y hilar, hasta que, distraída, se le cayó el huso al suelo. Y como el palacio era de cristal y de una sola pieza, de repente se resquebrajó en mil fragmentos y pedazos, y por la grieta que se abrió en el suelo, la muchacha vio a su esposo entre llamas rojas, que con sus caballeros, desde el infierno, la llamaban con grandes gritos de burla y rabia.
Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875







