
Había un hombre a quien Dios había dado la desgracia de ser jorobado, pero era tan bueno, tan trabajador, tan buen padre de familia, caritativo y amante de su prójimo, que todo el mundo lo quería y estimaba, porque realmente se lo merecía.
Resulta que era un buen chico pobre y muchas veces pasaba grandes dificultades para mantener a su familia, así que muy a menudo, cuando le faltaba trabajo en su pueblo, se iba a buscarlo a otros lugares, y aunque no muy seguido, alguna que otra vez le tocaba dormir fuera de casa.
Un día que se había alejado demasiado, le sorprendió la noche sin darse cuenta, y no tuvo otro recurso que quedarse en un bosque que, por su gran espesura, le oscurecía por completo la salida; precisamente aquella era la noche del sábado en la que duendes y brujas tienen sus reuniones y juntas. Por todas partes comenzaron a escucharse rumores feroces y un ruido tan extraño y aterrador que el pobre jorobado se llenó de miedo y más miedo, sin saber qué le pasaba: quería huir de allí donde oía el ruido, pero enseguida aparecía otro frente a él; o se giraba hacia donde veía moverse alguna mata o escuchaba el ruido, pero no veía nada; entonces empezó a pensar mal y no queriéndose fiar, como único y más salvador recurso, se subió al árbol que más cerca tenía.
Una vez allí, el movimiento abajo fue espantoso, los rumores más fuertes y extraños y estallidos como si brotaran hongos de la tierra y de todos lados, comenzaron a salir hombres pequeños y deformes, de ojos vivos y barba que les arrastraba, duendecillos tan pequeños, casi invisibles, que se dice que se meten por la cerradura de la puerta y cuando las criadas se van a la cama sin lavar bien los platos o dejando la tinaja sucia las desmontan y dan mala suerte hasta que lo limpian, y a las muchachas mal portadas les enredan bien el trabajo para que al día siguiente las riñan, niños de cabeza grande y uñas afiladas, otros barbudos y con piernas torcidas, brujos todos mal encarados y toda una ley de duendes y brujas que solo con verlos daban miedo.
El jorobado en lo alto del árbol, todo aturdido, pensaba en cuándo terminaría todo aquello, cuando vio que se acercaban cerca de su árbol, en un claro, grandes haces de ramitas y leña seca y encendieron una gran hoguera. Entonces empezó la alegría. ¡Qué gritos, chillidos y palabras que nadie podía entender! Todos saltaban y bailaban y andaban alrededor del fuego avivándolo y jugando como si fueran a saltar sobre él; era una gran algarabía. Por fin pareció que todos se juntaron, se tomaron de las manos haciendo un círculo alrededor del fuego y comenzaron a hacer la sardana al compás de la que pausadamente cantaban:
—Lunes, martes, miércoles, tres… Lunes, martes, miércoles, tres.
Pero nunca terminaban ni salían de eso, siempre lo mismo y con la misma canción. El jorobado, tanto y tanto, llegó a cansarse y de repente cuando terminaban y estaban en “miércoles, tres”, él dijo:
—Jueves, viernes, sábado, seis.
Al oír eso, los brujos y duendes quedaron parados, fue algo sorprendente; pero parece que les hizo tanta gracia que les terminaran la canción, que empezaron a dar saltos y gritos de alegría y a repetirla cincuenta mil veces, hasta que quisieron saber quién se la había enseñado. Vieron al jorobado, lo ayudaron a bajar del árbol, lo rodearon todos con grandes fiestas y acordaron hacerle un buen regalo para que se acordara de ellos toda la vida: discutieron largamente y por fin, viendo que era jorobado, que era lo que tanto lo afea, decidieron liberarlo, hacerlo derecho e igual que cualquiera de nosotros, y por arte de encantamiento, poniéndolo en medio de ellos, le sacaron la joroba con tal destreza que ni tiempo tuvo de darse cuenta.
Podéis imaginar la alegría que tuvo el pobre hombre: no se lo podía creer, se tocaba y ni bien sabía cómo pasar las manos. Cuando volvió en sí del gozo que tenía, miró a todos lados para dar las gracias a sus benefactores y se encontró solo, pues todos habían desaparecido.
La suave claridad del alba, con su gentil pureza por todas partes, comenzaba a extenderse y él, con la alegría en el corazón, se fue a su casa, en la cual, al verlo regresar con tan bella forma, sin joroba que lo afeara, hubo tal alegría, que mujer e hijos no sabían lo que les pasaba y corrieron a contarlo a todo el mundo, porque realmente la cosa se lo merecía.
Pero resulta que en el mismo pueblo vivía otro hombre, también jorobado, malo y lleno de rencor, quien, apenas lo supo, todo envidioso se fue a la casa de aquel para convencerse con sus propios ojos y, en caso de que fuera cierto, preguntarle cómo había podido lograrlo.
Y el primero, con toda sencillez, se lo explicó, y él, diciendo y murmurando que no era algo tan sorprendente ni maravilloso y que le parecía como si no le hubieran quitado bien la joroba sino que todavía se le notaba un poco, cosa que no era cierta, se fue a esperar el siguiente sábado que a media tarde ya emprendió camino hacia la oscuridad señalada.
Así que entró allí, entre aquellos corpulentos árboles y grandes matas creía ver un brujo o duende, de tanto miedo que tenía; los barrancos y torrentes ni siquiera se atrevía a bajarlos para pasar al otro lado, el follaje seco le parecía que lanzaba voces extrañas al pisarlo y, era tan su espanto que, al ver el árbol donde debía subir, lo hizo tan rápido que casi se cae y se lastima.
Allí tuvo que esperarse un buen rato, pero tan pronto fue bella noche, se oyeron sonidos extraños y feroces: por todas partes comenzaron a moverse los arbustos y matas, los chillidos y risitas llenaron todo el bosque, y era tan extraño lo que pasaba que el jorobado, de miedo, temblaba como hoja en el árbol. Salieron de inmediato, como si brotaran de la tierra, con un gran movimiento, toda una ley de duendes y niños, unos de cabeza grande y uñas afiladas, otros barbudos y con piernas torcidas, brujos todos mal encarados y con cuernos, y llenaron todo el llano del bosque de tal manera, que no se veía nada más que alrededor del árbol.
Encendieron un gran fuego como la otra vez, se tomaron de las manos haciendo un círculo junto al fuego y comenzaron a hacer la sardana al compás, cantando:
—Lunes, martes, miércoles, tres; jueves, viernes, sábado, seis… Lunes, martes, miércoles, tres; jueves, viernes, sábado, seis.
Y el que estaba arriba del árbol, con la impaciencia que tenía por miedo a que se le escapara el remedio que debía hacerlo derecho e igual que otro hombre, cuando oyó “sábado, seis”, él dijo de repente, justo terminando la canción:
—Domingo siete.
Cuando los brujos oyeron eso, como son tan enemigos del domingo, podéis imaginar cómo se pusieron de rabia; se lanzaron al árbol de donde había salido la voz, subieron, tiraron abajo al pobre jorobado y una vez en tierra, por burla, decidieron ponerle la joroba que le habían quitado al otro. Cuando él lo escuchó, se le cambió el color por angustia y pidió por favor que lo liberaran de aquel tormento, pero los brujos y niños, con grandes risotadas y burlas, lo agarraron, lo sujetaron bien y, poniendo la joroba del otro al fuego, cuando estuvo bien quemada, la pegaron en frente del pobre hombre, que os digo que le hicieron una figura extraña.
Una vez hecho, como la claridad del alba comenzaba a asomar, todos desaparecieron y el jorobado, con peligro a cada paso de resbalar, apuró a huir hacia el pueblo donde, como casi nadie lo quería por su gran maldad y envidia, ni siquiera tuvieron mucha lástima.
El caso es que desde entonces tuvo que andar con las dos jorobas, siempre menos querido por todos por su rencor y mal genio, mientras que el otro, derecho y bien hecho, acabó sus días siendo apreciado por todos.
Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875







