Altafulla, cuento de brujas catalán
Cuento popular catalán de Francisco Maspons y Labrós, recopilados en Lo Rondallayre, Quentos Populars Catalans en 1875


Había un pueblo donde todas eran brujas, feas y viejas, que tenían más poder que el diablo. Las pocas otras mujeres que vivían allí, cuando veían a alguna de ellas, escondían a sus criaturas e incluso ellas mismas huían por miedo a una mala mirada, ocultándolas sobre todo a los animales de sus casas, pues muchas veces sin saber cómo los encontraban todos muertos sólo por una mirada de aquellas.
Las brujas, por eso, aunque veían que todos huían de ellas, no les hacían caso, sino al contrario, procuraban convertir en brujas a otras cuando se les presentaba la ocasión y cada noche de sábado se juntaban en unas ruinas para hacer sus conciliábulos.
Sobre todo si había luna, mejor todavía, y entre los silbidos de las olivas y los cantos de los grillos sacaban de una cueva una gran caldera, arrancaban de las grietas de la pared raíces y hierbas secas, encendían una hoguera, cada una tiraba las hierbas e ingredientes que llevaba, lo mezclaban bien con una pata de cabra, se ponían a bailar haciendo sardanas vertiginosas a tanta velocidad, entre silbidos y gritos horribles, y después untándose, gritando “Altafulla”, quedaban convertidas en aves negras como malos espíritus y se ponían a volar sobre la tierra haciendo desgracias por donde pasaban, hasta ser al día siguiente por la mañana, cuando volviendo a ser mujeres cada una se iba por su lado, viejas y feas, con la mano al bolsillo, la espalda encorvada y el cabello despeinado, como si nada.
Todo eso se decía en el pueblo y más de cuatro apuestas hubo entre los jóvenes para ver quién iría a verlo y fuera suficientemente valiente para arriesgarse, pero nadie se atrevía. Un joven por fin, de cuerpo gentil y alma bien dispuesta, quiso probarlo: llegado el sábado, al oscurecer, se fue solo hacia el castillo de las brujas y se puso a esperar que la hora llegara.
El viento con impetuosa furia, pasando de un lado a otro, hacía estremecer las paredes y habitaciones, la noche era oscura, las hierbas y raíces rozando por todos lados producían ruidos extraños y feroces, si algo se abría, era sólo de vez en cuando los dos ojos encendidos de alguna oliva puesta en la cima de un capitel o ventana abierta, fijando su mirada como si escrutara algo, y el joven escondido allí en un rincón de una habitación, entre un montón de piedras, iba esperando la hora. Cuando fue cerca de la medianoche, vio llegar a un grupo de viejas, las cuales se besaban en la frente mientras se arañaban con las uñas, y cargada cada una con un manojo de hierbas, encendieron un gran fuego, pusieron una gran caldera, tiraron en ella mientras murmuraban cosas extrañas, ahora una, ahora otra de las hierbas que llevaban y tomando estos diferentes colores y visajes se pusieron a bailar una larga sardana. De vez en cuando se paraban y una nueva sustancia extraña iba dentro de la caldera; hasta que llegaron a tirar un brazo de criatura. Entonces el fuego tomó un color extraño y se levantó una fumarola tan caliginosa y hedionda que casi no se podía respirar, ni las brujas unas con otras casi se veían bien, y rezaban y murmuraban mientras la caldera se enfriaba y ellas se untaban hasta que en un reloj lejano se oyeron las doce, que diciendo todas a la vez “Altafulla” quedaron transformadas en aves negras y emprendieron ligera vuelo.
El joven que lo había estado viendo todo y que las había visto desaparecer, sin quedar satisfecha aún toda su curiosidad, quiso correr la aventura hasta el último extremo y saber adónde iban y qué hacían, quiso ser como las brujas, y así que las vio emprender su vuelo, corrió hacia la caldera, se untó bien con todos los ingredientes que en ella había y pensando que si decía “Altafulla” tendría que ir tan alto como las brujas y estas lo verían y lo matarían, él dice “Baixafulla” y sin saber cómo quedó convertido en burro.
No hubo remedio; la palabra estaba dicha y sintió crecer las orejas y alargársele los brazos, redondeársele pies y manos hasta ser patas, en la espalda le salió cola, no pudiendo hacer más que rebuznar y con una fuerza tan grande que lo impulsaba que no tuvo otro recurso que ponerse a correr siguiendo siempre el vuelo de las brujas. Así es que ellas volando en un momento estaban de un lado a otro y él yendo por tierra, saltando barrancos, todo lleno de espinas, chocando con casas y árboles, siempre siguiéndolas, no tenía ánimo ni sabía lo que le pasaba, ni cómo salir. Quería gritar pero sólo rebuznos salían de su boca y loco, sentía las imprecaciones de alguien que en los campos regaba o pasaba por los caminos a quien tocaba y hasta le parecía sentirse correr detrás, pero jamás podía detenerse. Quién sabe cuántas tierras llegó a atravesar hasta que por fin por su suerte vio clarear el alba y comprendió que se acercaba al castillo de las brujas. Entonces comenzó a respirar, pero llegó a ese lugar al mismo tiempo que las brujas y estas viendo al burro, estallaron en una burlona risa, lo agarraron, le ataron un rienda bien fuerte que sujetaron a una reja y cada una con su bastón le iba pegando golpes y más golpes por su espalda hasta quitarle la piel, que entonces poco a poco le fue saliendo la de hombre, hasta recuperar su forma primitiva, pero tan maltratado, todo espinado de piernas y hecho un cardenal su cuerpo, que cayó en tierra sin que nadie lo pudiera reconocer y pidiendo misericordia a las brujas, pero ya no vio ninguna; todas habían desaparecido. Como pudo se levantó, se volvió al pueblo, donde todos tuvieron gran lástima y nadie quiso volver a ser curioso ni a hacer ninguna otra prueba.
Y ahora:
Acabado, amén Jesús, detrás de la puerta hay un fusil.